FICHA TÉCNICA



Título obra Los reyes del mundo

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Fernando Wagner

Elenco Ofelia Guilmain, Emma Fink, Magda Guzmán, Lucha Núñez, Malena Doria, Gloria Silva, Lupe Carriles, Alicia Gutiérrez, Fernando Mendoza, Héctor López Portillo, Hécto Gómez, Mena, Julio Monterde

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los reyes del mundo de Luis G. Basurto (continuación)]”, en Siempre!, 9 septiembre 1959.




Título obra Camino a Roma

Autoría Robert Sherwood

Notas de autoría Salvador Novo / traducción

Dirección Romney Brent

Elenco Dolores del Río, Wolf Ruvinskis, Héctor Godoy, Rosenda Monteros, Amparo Villegas, Miguel Ángel Ferriz, Raúl Ramírez, Jorge del Campo

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los reyes del mundo de Luis G. Basurto (continuación)]”, en Siempre!, 9 septiembre 1959.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de septiembre de 1959

Columna Teatro

Los reyes del mundo de Luis G. Basurto (continuación)

Rafael Solana

David Antón, que ha resuelto palacios como el del conde Karenin o el de Lord Windermere, que ha levantado plazas florentinas o puentes neoyorquinos, y que por su imaginación, su cultura y su buen gusto se ha hecho premiar por los críticos ya varias veces, tuvo con Los reyes del mundo un problema muy serio; el autor pide un mesón sombrío e infecto (Carlos León lo llama "pulgoso"); no hay un solo mueble; sólo petates y ladrillos para hacer las veces de almohadas; en las paredes mugre y podre; en el suelo porquería; ni luz, ni un cuadro, ni siquiera la Virgen de Guadalupe en una estampita. Y el vestuario, el de una corte de los milagros.

Pero a pesar de tan rigurosas condiciones, David Antón ha hecho una escenografía muy atinada; sólo le faltó, tal vez, renunciar a la altura del escenario; si hubiera hecho un techo bajo, el mesón aquel habría resultado más irrespirable, más asfixiante y angustioso. ¿Por qué no lo hizo? Así no es un sótano, sino una nave, un recinto espacioso y aireado, menos opresor y fétido que como habría sido en forma de catacumba y aun de alcantarilla; en cuanto al vestuario, atinó en todo el pintor; y en los trajes de dos o tres actrices hay hasta fantasía creadora; el de Violeta, con estar copiado de un conocido original, es una fantasmagoría alucinante; una reina de Velázquez retratada por Goya en una de sus noches más negras, y retocada por Daumier; el de Adelaida es un scherzo, una chanza poética dejada caer en medio del aquelarre; gracioso, alegre y refrescante.

El director abusó de los cambios de luz; algunos son francamente arteros, y casi todos ilegítimos; pero en el movimiento acertó Wagner; lo hace aparecer mucho menos pobre de lo que el libro (una sucesión de monólogos, o diálogos) pide, y con la ayuda de unos cuantos peones silentes llega a haber composición, en no pocas escenas; en cuanto a tonos... no hubo necesidad de concertar, pues se trata de números aislados, de recital, en que cada artista entra, hace su parte, termina y se va. De tal manera que cada quien toma el tono que prefiere, sin tener que ponerse de acuerdo con nadie, Basurto pudo llamar a su obra "suite para actores", como las hay para orquesta; o poner el subtítulo, de sabor tan basurtiano, que ya antes le hemos sugerido, y que tan bien convendría a la pieza: "cada quien su escena".

Hablemos ahora de los actores:

Ofelia Guilmain está perfecta de caracterización, salvo que se resistió a envejecer, y aun debajo de su horrendo atuendo luce como la mujer joven y guapa que es, más que como el monstruo al que por su ropa imita (un personaje real de la vida mexicana, a quien ya antes copió doña Prudencia Grifell en otra obra teatral mexicana, El cuadrante de la soledad, de Pepe Revueltas). Majestuosa como si todavía estuviera haciendo María Tudor, Ofelia impone con su presencia, aunque no emplea a fondo su bella voz, y hace que se pierdan para el público los finales de algunas de su frases, por pronunciarlos a la manera rambalesca, que es muy española, pero muy poco teatral, y en esta profesión llega un momento en que hay que escoger entre ser español o ser actor (o actriz). Lecciones de enunciación clara de audibilidad perfecta sí daban la señorita Ducaux y las otras actrices de la Comedia Francesa a quienes escuchamos hace poco. Ofelia habría hecho bien en tomar esas lecciones.

Emma Fink se da vuelo en un personaje escrito especialmente para su solaz; lo disfruta, se complace en él, y lo borda. Magda Guzmán tiene un solo parlamento, que dice con gran autoridad y con aplomo; además, se ve muy guapa y (salvo los guantes inexplicables) muy bien vestida; pero no se llega a barruntar siquiera la psicología de su personaje. Lucha Núñez, esta vez en un papel de ángel, o de hada, cumple muy bien, aunque dice un poco blancamente; ella estaba empeñada en demostrar que no nada más para hacer pirujas sirve; bueno, ya demostró, ya estará tranquila.

Muy mona, fresca, espontánea, grata, Malena Doria, en otro angelito; satisfactoria en su escena Gloria Silva; correcta, Lupe Carriles, Alicia Gutiérrez, oportuna, discreta.

Basurto pensó escribir una obra en que no hubiera papel estelar, sino todos fueran iguales; pero no le resultó así; sí hay un papel más importante que los otros, central, y que sirve como hilo que une las cuentas de rosario que son todos los demás papeles; es el del poeta (imaginó el autor en principio, una especie de Porfirio Barba-Jacob... pero de allí fue cambiando mucho) y lo interpreta Fernando Mendoza que, para bien o para mal, según se sea admirador de él o no, se come la obra; es el portavoz del autor, y sus líneas tienen las palabras más interesantes del texto, las que constituyen su meollo y lleva su mensaje; Fernando las dice con brillantez, con la pronunciación perfectamente clara que es uno de sus atributos.

Héctor López Portillo hace un tipo, y en él cumple con su habitual maestría, con su experiencia, con su profesionalismo; pero nos gustaría que suprimiera algunos de los demasiados apoyos en que incurre; Héctor Gómez hace un angelito del cielo caído en el fango (como el que hizo en Cada quien) y lo hace bien, pues es un papel que ya se sabe y que le queda; Mena ya se arrancaba con otro borracho como el de la vez pasada, pero le faltaron líneas; Julio Monterde creemos que se equivocó de medio a medio; en lugar del encargado de un mesón en San Camilito, o en la Vaquita, o los alrededores, nos ha hecho un oficial nazi; gerente de un campo de concentración, algo que ni en el Diario de Ana Frank habría cabido; nos estuvo prometiendo en toda la obra una sorpresa que no nos dio; pero eso no es culpa suya; convendría que recapitulara su personaje, y que volviera a componerlo, diferente; pero esta vez, que no se lo dirigiera ningún director alemán.

Hay un mudo, que tiene que decir una sola palabra... y la dijo mal; sin duda porque se le había entumido la garganta, con tanta mudez; que le hagan conversación sus compañeros en los intermedios, para que eso no le vuelva a pasar; o que vocalice, como los tenores, en los pasillos del foro, en el entreacto.

Actuación de Dolores del Río en Camino a Roma de Robert Sherwood

Camino al Insurgentes, íbamos pensando en que sin duda iba a ser Dolores del Río la actriz mejor vestida de la semana (en competencia con Blanca de Castejón y con Ofelia Guilmain, y con Emma Fink) y en que también sería indudablemente la más guapa; pero... no nos atrevíamos a sentirnos seguros de que fuese a ser también la mejor actriz. Creemos sinceramente que aun para los más ardientes admiradores de la gran artista, y nos enorgullece contarnos en el número de los de mayor entusiasmo, la sorpresa que nos dio la señora del Río fue de las que tiran de espaldas. Está preciosa, sí, como siempre y, como siempre elegantísima; pero como actriz está como nunca.

Cuando se levantó el telón(1), ante una sala repleta de personalidades (el ministro de Educación, el rector de la Universidad, algún gobernador, en fin, la flor y nata de México) confesamos que nos distrajo un poco la preocupación de contar escalones, en la bella escenografía de Toño López Mancera, para tratar de adivinar por cuál escalera surgiría Dolores, tan afecta a llegar a las casas en helicóptero, pues siempre entra en ellas de bajada; pero pronto nos ganó la acción, briosamente iniciada por Héctor Godoy y Rosenda Monteros, que por lo menos componían un bonito cuadro; más tarde entró Amparo Villegas, que dijo con gran autoridad sus parlamentos, y luego Miguel Ángel Ferriz, que está afortunadísimo en su ponderada caricatura de lo que los escritores norteamericanos consideran como el non plus ultra de la estulticia y de la obtusidad (¿ostusez, obtusión obsuseza, obtusicia? nada de esto dice el diccionario): un senador. En el intermedio nos contó Conchita Sada que hace 15 o 16 años se intentó poner esta obra, y que Xavier Villaurrutia la desaconsejó porque no se encontraron en todo el país actores que pudieran enseñar las piernas; todos estaban descriados, enclenques y quebradizos; tres lustros de deportes, o de alimentación sana, por cuenta del cine y la televisión, han hecho el milagro de que hoy puedan ponerse en escena no solamente actores robustos, como los que el maestro Novo escogió para su Hipólito sino hasta rozagantes y frondosos, como los que don Celestino prefirió para su La leña está verde. En efecto, Godoy, y los tres soldados y el sargento del acto segundo, y los capitanes del ejército cartaginés, y Aníbal mismo, sí pueden enseñar las piernas, sin dar lástima. ¿Pondremos esto, también a cuenta de los progresos del teatro mexicano en los últimos tiempos?

Pero volvamos al primer acto de Camino a Roma; después de que Miguel Ángel estuvo feliz en sus suavemente caricaturescos parlamentos, al fin apareció Dolores por la escalera por la que menos la esperábamos, la de menos escalones; venía cubierta con una salida de teatro del más puro estilo azteca y, en su belleza confiada, de amarillo vestida; la saludó una ovación amistosa; poco iba a tardar en arrancar otras que no serían ya de cortesía, sino de admiración muy rendida.

¡Cómo dice su papel Dolores del Río en esta obra! Nadie podría hacerlo mejor, ni aquí, ni en parte alguna, en inglés, francés u otro idioma conocido. Con qué elegancia, con qué gracia, con qué finura, con qué femineidad exquisita, con cuánta intención, con qué brillo de inteligencia en cada mirada, con cuánta ironía y qué penetrante agudeza en cada frase. Se mueve como lo que ha sido siempre, como una reina, se desplaza alada, y ocupa siempre el lugar justo y conveniente en el escenario. Ya en otra ocasión le dijeron que daba cátedra de sentarse, y de mover el abanico; ahora no se trata de eso; ahora da lecciones de actuación, de bien decir, de bien encarnar un personaje, al que da ligereza y finura, al que presta su propio talento; además (por si todo lo anterior fuese poco) está encantadora, como nunca lo estuvo en obra teatral ni en película alguna; deliciosa, adorable, burbujeante, chispeante (si esos adjetivos corresponden a los que se le harían en otros idiomas "sparkling" y "étincelante"), otras veces ha sido aplaudida con reservas; hoy, con una entrega total; en esta obra ya no tendrá adversarios; todos tendrán que adorarla y que incensarla.

Convengamos en que hay papel y hay obra; la de Robert Sherwood, aunque no parezca ya algo anticuada, es una comedia amable, grata; no muy original, si reconocemos como base de su estilo La vida privada de Helena de Troya, de John Erskine, y de su anécdota, un poco modificada, la Judith, de Hebbel, nada menos; siguiendo esta pauta, y aquellas ideas (que ya tenían a su vez antecedente en César y Cleopatra, de Bernard Shaw) Sherwood hizo una comedia simpática, llena de alusiones modernas, que el traductor, el maestro Novo, puso al día, retocando lo que conoció Conchita hace muchos años; las alusiones políticas son de última hora, y el léxico de la soldadesca, en las dos divertidas escenas iniciales del segundo acto, es moderno, Y ya que hemos mencionado al traductor diremos que nos parece que ha hecho una valiosísima labor personal, al conservar (o tal vez acrecentar, no lo conocemos) el ingenio del original, y al poner, principalmente en boca de Dolores y de Ferriz, frases lapidarias, bien cortadas, epigramáticas, bellas.

Pero volvamos a Dolores y digamos una cosa más en su elogio: se come, completamente, crudos no a unos cuantos actores bisoños o mediocres, sino a buenos actores que están muy bien; porque Ferriz está excelente, y la Villegas soberbia, y Raúl Ramírez, además de muy apuesto y plástico, muy exacto en su papel de Escipión, y Jorge del Campo muy simpático en el suyo, y Barrón y Rivera perfectos en lo de ellos; y dentro de ese cuadro impecable y al que no sabríamos poner un pero, Dolores resplandece como una luminaria.

Su pareja es Wolf Ruvinskis; pensamos que no pudo haber hecho una elección mejor, y nos asombra el que no haya sido la primera que hiciese; nadie podría estar ni más en tipo ni más acertado que este actor a quien juzgamos como uno de los más grandes y de los más inteligentes de México; su figura es insuperable, para el personaje; su dicción es muy clara y exacta; le notamos ligeramente rebajado, un poquitín modesto, tantito por debajo de lo que el papel pide; ello pudo tener dos causas; rebajamiento estratégico, dirigido por el director, con cuidado, para que Dolores destacara más sobre todos, o bien inseguridad del primer día, pues tomó el papel tarde y no lo sabía tan bien como los otros; en el segundo acto pisó muchas frases a Dolores, y en el tercer con aplomo admirable, pronunció el camelo del siglo, la noche de la prensa; pensamos que si fue el primero el caso, director y actor deben rectificar; Ruvinskis puede estar todo lo brillante que quiera y que pueda, que no hay peligro de que achiquen a Dolores; como está ella, no le puede hacer sombra nadie; ni el mejor actor de aquí ni el mejor del mundo; que disipe sus temores.

Gran aplauso merece, a nuestro juicio, el director, Romney Brent, que supo mantener a la comedia en el plano de fina ligereza que el autor pide; no hay un solo momento de chacota; toda la comicidad es fina, ingeniosa, sin insistencia ni pesadez; algunos gags como el casco del cuidador de elefantes, pasan con ligereza, sin un subrayado innecesario; las escenas cómicas de los soldados están contenidas dentro de los límites de un exigente buen gusto; y Dolores no incurre en el menor detalle grueso para mantener a lo largo de toda su actuación la sonrisa en los labios de los espectadores, ni tiene Ferriz que caer en ningún toque burdo o grotesco para sostener su personaje en el terreno de la ingeniosa caricatura.

Un encanto, una verdadera delicia, es ese Camino a Roma con el que Dolores del Río inicia, verdaderamente, su gran carrera de actriz teatral, de la que Anastasia, que no conocimos, y El abanico, que sí, no habían sido sino los primeros balbuceos; entre la obra de Wilder y la de Sherwood media, en favor de Dolores, un abismo; entonces estaba majestuosa, elegante y respetable por su historia y su categoría; ahora está seductora, arrebatadora y maravillosa. Es la revelación teatral del año. La más joven y la más prometedora de nuestras nuevas actrices.


Notas

1. La obra se representó del 21 de agosto al 15 de septiembre. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.