FICHA TÉCNICA



Título obra La hermosa gente

Autoría William Saroyan

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Carmen Bassols, Mauricio Herrera, Héctor B. Ortega, José Luis Rodríguez, Benjamín Villanueva

Espacios teatrales Teatro del Caballito

Productores Universidad Nacional Autónoma de México

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La hermosa gente de William Saroyan, dirige Juan José Gurrola]”, en Siempre!, 20 mayo 1959.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de mayo de 1959

Columna Teatro

La hermosa gente de William Saroyan, dirige Juan José Gurrola

Rafael Solana

El arte y el acierto suelen estar en aquel justo medio que reclamaba Aristóteles, en ese punto de equilibrio y de contención tan difícil de encontrar; quienes se cargan a los extremos generalmente desaciertan, aunque a veces el que alguien adopte esas posiciones exageradas resulta necesario, en la historia o la evolución artísticas, para el descubrimiento de últimas orillas y la conquista de nuevas fronteras, o para el balanceo y el contrapeso, como cuando vemos que los copilotos de las motocicletas se salen del carro y casi se tiran al suelo, para evitar que el vehículo vuelque.

Los historiadores de la literatura dramática norteamericana del siglo XX van a encontrar perfectamente explicable, y la explicarán muy bien, cierta corriente de dulzarronería que está produciéndose en ese país como necesario contraveneno para defenderlo de una ola de pesimismo y de negrura; tan negros han sido O´Neill, Tennessee Williams y otros autores, que necesitan ser exageradamente color de rosa Truman Capote, William Saroyan, y otros; después de la pesadilla de El viaje de un largo día hacia la noche se necesita de la mermelada de Mujercitas; un extremo trae consigo el otro, en forma pendular; tantos horrores, tantas cosas macabras, sucias abyectas, en obras de Williams, tenían que provocar la ola de almíbar de Arpa de pasto y de esta empalagosísima compota de ratones que nos ha servido el señor Saroyan en su obra La hermosa gente, en la que se respira un clima de bondad tan asfixiante que llega a desearse al salir del teatro, leer la página de asesinatos de algún diario para comprobar que el mundo no es tan melifluo como esa obra lo pinta.

Misteriosa y... poética, como los ratones de los que con tan superdamiciano sentimentalismo habla, la obra de Saroyan es un suspiro tan tierno como jamás heroína alguna de Lamartine o de Musset logró dejarlo escapar, en la literatura más romántica del siglo XIX: San Francisco de Asís habría parecido un tosco hombre de mundo en medio de almas tan delicadas y quebradizas como las de esta melosa comedia, cuyo azucaramiento da dentera; y el director que la está poniendo a un grupo estudiantil en el teatro del Caballito en ningún momento trató de rebajar el punto de almíbar (hay en repostería aparatos para medir eso, ¿cómo se llaman?) sino se complació (confío en que no deba decirse "se complugo") en diabetizarla más con interpretaciones pueriles y llorosas; la señorita Carmen Bassols, por ejemplo, cuya belleza situaríamos geográficamente a medio camino entre la de Rita Macedo y la de Lucha Núñez, gime su papel aniñadamente, subrayando su... acaramelamiento; no diremos cursilería porque entendemos por cursi el "quiero y no puedo" de quien pretende ser elegante, o ingenioso, o rico; sin realmente serlo; y esta obra dulcísima tal cosa se propuso ser precisamente, tal quisieron presentárnosla director y artistas, y no pueden decirse que fallen, sino que aciertan en su propósito, todos; consiguen pintar un mundo color de rosa, tibio y perfumado, cuya blancura no se nos ocurre comparar con otra cosa que con el camerino de una actriz que al mismo tiempo fuese monja... algo algodonoso, fragante, calientito, y bañado con una luz rosácea de jarabe de granadina rebajado con leche condensada Nestlé.

Este es el mundo de La hermosa gente; lo preferimos al de Largo; pero... tan falso es uno como el otro; la vida no es ni tan color de rosa, ni tan negra; ¿dónde está el justo medio? ¿quién dará con él? El que lo consiga será el rey de los dramaturgos norteamericanos; y ese es Arthur Miller, qué duda cabe.

Pero elogiemos a la Universidad, que patrocina el conocimiento y la difusión de esta obra interesante y edificante, bella y útil; aplaudamos al director (Juan José Gurrola) que supo sacar inesperado partido de un grupo de inexpertos actores, y estimulémoslos a ellos mismos con una entusiasta aprobación, pues a pesar de la notoria falta de condiciones físicas (de edad, concretamente) de alguno de ellos para su papel, todos tienen un desempeño excelente, que convence, así el joven Owen Webster, de tan poca voz, y tan sostenido entusiasmo, (es Mauricio Herrera) como Héctor B. Ortega, que hace el papel que requiere mayores empeños histriónicos, o José Luis Rodríguez en quien se aprecia una valiosa vis cómica, que quizá haya de llevarle a obtener brillantes éxitos más adelante; Benjamín Villanueva ha sido tal vez quien mayores dificultades ha tenido que vencer para acertar con su personaje.

Es La hermosa gente de Saroyan algo de positivo interés, y de interés positivo, que debe verse, aunque no se comulgue del todo con su estilo y con su tono, como nos ha ocurrido a nosotros.