FICHA TÉCNICA



Título obra La Llorona

Autoría Carmen Toscano

Dirección Fernando Wagner

Elenco Arcelia Chavira, Socorro Avelar, Eric del Castillo

Escenografía Antonio López Mancera

Iluminación Antonio López Mancera

Música Carlos Jiménez Mabarak

Vestuario Antonio López Mancera

Espacios teatrales Jardín de Chimalistac

Productores Instituto Nacional de Bellas Artes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La Llorona de Carmen Toscano, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 7 mayo 1958.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de mayo de 1958

Columna Teatro

La Llorona de Carmen Toscano, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Al fin es Carmen Toscano una autora estrenada. Ya era tiempo. La señora Toscano es no solamente una de las poetisas más importantes y distinguidas de México, sino uno de los mejores escritores de su generación, que es la de Octavio Paz, Efraín Huerta, Mauricio Gómez Mayorga y otros talentos; poetisa admirable y admirada desde Trazo incompleto e Inalcanzable y mío (en los casos de poetisas no es necesario mencionar fechas, como se acostumbra en los de autores), ha invadido luego otros campos de la actividad artística, siempre con éxito; su película Memorias de un mexicano es una joya de valor inestimable; para la televisión ha escrito leyendas que han tenido gran éxito; es autora de algún estudio novelesco sobre Rosario la de Acuña, y desde hace algunos años está íntimamente ligada a nuestra vida teatral, a la que ha colaborado con alguna feliz traducción, y para la que ha escrito más de una comedia, que tenemos la fortuna de conocer, y que consideramos con toda la dignidad como para merecer el honor del solemne estreno en cualesquiera de nuestros teatros.

Pero no hay plazo que no se cumpla, y ya ha estrenado Carmen Toscano; ha estrenado una de sus leyendas concebidas para televisión, ampliada para teatro al aire libre: La Llorona; se la ha puesto el Instituto Nacional de Bellas Artes en este maravilloso paraje, ideal para este tipo de teatro, que es la bellísima, ensoñadora y poética placita de Chimalistac.(1)

Desde luego lo mejor que hay allí, y con mucho, es la obra; partiendo de un asunto cuyo fondo no es muy novedoso (hay pluralidad de Medeas desde Eurípides y Séneca, en la antigüedad; hasta Anouilh, Carballido y Sotelo Inclán, en nuestros días, y las conocemos casi todas), la señora Toscano ha escrito una obra en que lo más digno de admiración y aplauso es el texto; los espectadores de la primera noche a quienes correspondieron butacas sin respaldo (o más bien no butacas, sino tabla rasa entonces), pudieron lamentarse de que algunos párrafos, por otra parte muy lindamente elaborados, fuesen un poco largos; pero esa opinión la daban los riñones, no el intelecto; podía uno fatigarse de la postura incómoda, nunca de las bellezas del texto, que es magnífico; se deslizan entre la bien pulida prosa algunos endecasílabos, que no la afean, sino le dan buen sonido, como el que da a las campanas tener un poco de oro y de plata entre su bronce; en cada escena se descubre, con deleite, a una magnífica escritora, digna nieta de doña Refugio Barragán de Toscano, cuya calle ustedes han transitado, en la colonia Obrera, y cuyos novelones compitieron en su día con los de Payno, los de Riva Palacio, o los de este don Juan A. Mateos que ahora les aseguramos a ustedes que va a ponerse de moda.

Carmen Toscano se muestra en La Llorona una poetisa, por la calidad extraordinaria de su estilo literario; una comediógrafa hábil por el acierto de la construcción, peligrosa y difícil, en pluralidad de escenarios y con profusión de personajes; una historiadora, que amorosa y detalladamente ha estudiado modos y costumbres del primer siglo de nuestra colonia, y aplica con rigor y a la vez con gracia sus conocimientos al texto y al desarrollo de su pieza; y una socióloga inteligente y capaz, que plantea problemas, apunta soluciones y maneja, en fin, la materia profunda de su hondo drama con la misma facilidad y con el mismo tino con el que maneja los sucesos superficiales y anecdóticos.

Para Carmen Toscano, un triunfo grande, un aplauso entusiasta, por esta Llorona que es apenas una muestra de la variedad y la solidez de su talento de escritora; ahora que ha roto el encantamiento, y se ha incorporado al fin a la vida teatral no como traductora o promotora, sino en el sitio que le corresponde, como autora, debemos no olvidarla, debemos esperar que pronto nos dé una comedia; no estamos tan sobrados de valores de primera fila que no debamos regocijarnos de la llegada de uno más, que, como hicieron hace poco Elena Garro, Octavio Paz mismo, viene a aportar un talento de primera fila, una poderosa espada, a la fila jamás desfalleciente de los luchadores por la creación de un teatro nacional.

El proscrito Fernando Wagner fue encargado de dirigir esta pieza, que cuenta la nómina de sus artistas por centenares. Don Fernando ha sabido resolver los graves problemas del mucho reparto y del amplísimo escenario, y ha movido las figuras con habilidad; pero, a nuestro corto juicio, no sacó todo el lucimiento posible de la pieza, no aprovechó al máximo todas sus sugestiones; pensemos que hay fiestas, bailes, matanza, desfiles curialescos... ¡qué enorme partido habría sacado Verdi de un libreto de ópera así! Waldeen dirigió los bailables, bien, sí, pero confesemos que un poco desmayadamente; el baile autóctono, sobre todo, pudo tener una brillantez mucho mayor que la que tiene y convertirse en un verdadero intermedio coreográfico, que por otra parte hacía falta para descanso de la mente de los espectadores, que por dos horas tienen que seguir sin interrupción el desarrollo de la pieza.

Tampoco contó el señor Wagner con un buen reparto; la chica a quien dieron el papel de “Llorona”, Arcelia Chavira, hace un gran esfuerzo, por el que no se puede menos que aplaudirle; pero es demasiado papel, para una principiante; requería ese personaje de la autoridad, de la presencia escénica de una gran personalidad; pongan ustedes que la señora Montoya esté pasada de edad para tener hijitos tan chicos... bueno, quedaban la Corona, la Guilmain, la Douglas, la Guzmán... no todas están ocupadas. Y una actriz de esa categoría y de esa responsabilidad y de esa fuerza exigía ese personaje, que, por bien interpretado que esté (y lo está) no atrae la atención del público con fuerza, si está encomendado a una actriz que no tiene más nombre que las extras del multitudinario reparto.

Quien se come la obra, esa es la palabra, quien brilla como un durazno en un platón de chabacanos, es Socorro Avelar; esa sí tiene tablas, historia, personalidad; es la única que sabe sostener la voz a lo largo de toda la obra (a los demás se les va desmayando y marchitando); es la única que tiene autoridad.

Eric del Castillo cumple bien, con decoro, con su personaje, y lo mismo puede decirse de los demás, sin mención especial para nadie.

La producción, al cuidado de Antonio López Mancera, es espectacular y lujosa, de buen gusto, y de fuerte sabor histórico; están bien dadas las luces, y bien conseguidos los trajes, especialmente los de los mexicanos, pues entre los de los españoles vemos lo mismo a personajes del Tenorio que a las guardias del Vaticano y al alguacil de la plaza de toros. Los yajalones, en cambio, si no están todo lo vistosos que habrían podido estar, dan en cambio la exacta impresión de abigarramiento de una época de transición. También debemos considerar como excelente, como muy bien lograda y muy feliz en su propósito, la música, que viene firmada por el distinguidísimo compositor don Carlos Jiménez Mabarak.


Notas

1. El estreno tuvo lugar el 18 de abril. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.