FICHA TÉCNICA



Título obra El seminarista de los ojos negros

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Jébert Darién

Elenco Rosaura Revueltas, Mariano Requena, Enrique Lizalde, Víctor Manuel Luján, Aurora Molina, Mario García González, Rosa Furman, José Carlos Ruíz

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro de la Esfera

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Con El seminarista de los ojos negros de Federico S. Inclán se inaugura el teatro de la Esfera]”, en Siempre!, 19 febrero 1958.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de febrero de 1958

Columna Teatro

Con El seminarista de los ojos negros de Federico S. Inclán se inaugura el teatro de la Esfera

Rafael Solana

Ha sido inaugurado un nuevo teatro, el de la Esfera;(1) fue madrina la guapísima y excelente actriz argentina Fina Basser, que tal vez se habría resistido a aceptar esa distinción si en la sala hubiese habido alguna actriz mexicana, en quien habría Fina declinado el honor; pero la Peluffo llegó a la mitad del segundo acto, Lya Engel no se sabe bien si será mexicana o no, actriz o no, y Emma Arvizu, que sí estaba, le trae mala suerte al autor Inclán, o al menos malos recuerdos; Fina corrió la cinta con el mismo derecho con que Marta Elba (cubana) cortó la del Arlequín, o Margarita Xirgu (catalana) la del Juárez; era la más distinguida actriz que asistía al acto, y en cuanto a su extranjería, sería bueno volver sobre las palabras que Rodolfo Landa envió el pasado Primer Congreso Panamericano de Teatro, en el que dijo o hizo decir que en México todos los artistas de América son vistos y recibidos como hermanos, y que podrían actuar libremente... sin más limitaciones que las sindicales; esto último añadido en voz baja, y apagado por los aplausos que estaban premiando la primera parte de la brillante frase.

Viene al caso recordar esa actitud de Landa, de la ANDA, porque justamente con el estreno del teatro de La Esfera y en él de la obra El Seminarista de los ojos negros fueron por primera vez aplicadas nuevas limitaciones sindicales a la intervención de artistas no nacidos en México; ahora se exige que en cada reparto el 75% de los artistas esté formado por nacionales, con solamente un extranjero, cuando mucho, por cada tres autóctonos. La rigurosa aplicación de esta medida drástica obligó a la empresa a dar un papel, a última hora, a un actor vernáculo, que en esas condiciones salió solamente a rodar y a hundir el primer acto; y no por su culpa, que conste.

Contrasta esta exigencia severísima de los actores con la dejadez de los autores, que nunca han exigido a empresa alguna que ponga tres obras mexicanas por cada una extranjera, y que ni siquiera se han atrevido a solicitar que sea puesta una mexicana por cada tres extranjeras; aunque el mismo derecho tendrían que la ANDA, y más derecho porque los artistas extranjeros que trabajan para el teatro mexicano están ya arraigados aquí, aquí viven, aquí se casan y procrean, aquí gastan y se comen el dinero que ganan; con excepciones contadas, no es dinero que vaya a convertirse en francos, en dólares, en pesetas o en libras esterlinas para salir del país, como pasa con el de los actores extranjeros que tienen casi monopolizado el teatro en México.

Los actores extranjeros, españoles, cubanos, argentinos, colombianos (con la salvedad de alguna Rivelles o algún Guitart, que vienen y se van) están ya aclimatados en México, unidos a nuestra vida artística, entienden a nuestro público, para él trabajan, a él se dedican; los autores extranjeros ni idea tienen, generalmente, de dónde quede este país; que le manden preguntar al señor Rattingan si pensó alguna vez en México mientras escribía sus Mesas separadas, y dirá que no sabe de qué le están hablando. Sin embargo, ya ven ustedes... en materia de actores, severidad exageradísima... en materia de autores, que es más importante, absoluto descuido, ninguna protección, abandono.

Líbrenos Dios de pedir, de desear siquiera que la Unión de Autores, poniéndose tan pesada como la de actores, exigiera a las empresas la contratación obligada de obras mexicanas; eso no se hace así; debe hacerse por convencimiento, no por la fuerza sindical. Eso creemos al menos; pero claro que nos gustaría que alguien hiciese una pequeña presión, la oficina de Espectáculos, por ejemplo, que tiene en estudio ese punto, en el reglamento teatral que ya está hecho y que duerme el sueño del justo en el más empolvado y enratonado de los cajones del licenciado Uruchurtu.

Tanto la Unión Nacional de Autores como la Agrupación de Críticos de Teatro de México hicieron constar su satisfacción en la ceremonia inaugural del teatro de la Esfera porque la empresa, espontáneamente, no obligada por ningún úkase sindical, hubiese escogido una obra mexicana para esa inauguración: El seminarista de los ojos negros.

Si esta obra hubiese venido de Berlín firmada por Fritz Schroeder, habrían ustedes leído en la prensa grandes elogios de ella; se habría hablado de su formidable fuerza, de su valentía, de la violencia y la efectividad de sus conmovedoras situaciones, de la magnífica habilidad con que están construidos los diálogos, del vigor de sus perfectamente bien trazados personajes, de la penetración de sus observaciones psicológicas, de la riqueza de sus matices o de la justa medida de la tensión, de la administración de las emociones y la perfecta caracterización de los tipos.

Pero está firmada por Federico Inclán, este ingeniero a quien saludamos todas las noches y le damos palmaditas en el hombro; nos resistimos a creer que este hombre con quien tomamos café, pueda escribir una obra tan buena como las que en Londres, en New York o en Berlín se escriben; además, esta obra no ha triunfado en Broadway, ni en Kurfurstendam, ni en Soho; y si no la han aplaudido los públicos neoyorquinos, ni los parisinos, ni siquiera los madrileños... ¿cómo vamos a atrevernos a aplaudirla nosotros?

Pero la verdad imparcial y serena de las cosas es que es una obra no solamente buena, sino excelente; podrá tener defectos, como los tienen las de los consagrados ases en idiomas inglés, alemán o francés; se dirá que tal vez es truculenta y un poco pasada de moda; pero eso se les puede decir también a piezas de Betti, de O´Neill o de Vola; además, las modas regresan, y hoy vuelve a aplaudirse lo horrendo, como en la primera postguerra.

El conflicto es tremendo, un poco abusivo, para nuestro gusto; pero no es posible negarle una fuerza esquiliana; está planteado con una formidable valentía, con muchísima efectividad, y sin mal gusto. Los personajes son de una pieza, de mano maestra todos; cada uno de ellos está soberbiamente escrito; alguno con inocencia y candor, con aguda inteligencia otro, con fuerza dramática, con violencia, otro, y otro con angustia, con desesperación; uno es dulce y tierno, otro es cruelmente sarcástico. ¿No les hace a ustedes pensar en un gran momento de Las brujas de Salem alguna magnífica escena de El seminarista? Pero lo que firmado por el marido de Marilyn Monroe parece impresionante, si lo encontramos firmado por nuestro amigo Federico nos parece que no puede tener importancia ni grandeza.

Inclán ha vuelto a tener la desgracia, que ya padeció en el estreno de La última noche con Laura, de que su obra sea insuficientemente interpretada; pero los críticos deberían saber distinguir dónde empiezan las fallas de interpretación y dónde terminan las del escritor.

Con Rosaura Revueltas, a quien fue encomendado el papel de mayor responsabilidad de El seminarista, la crítica se ha mostrado cruel. Se ha hablado de tremendo fracaso, de desastre; a nuestro juicio, la cosa no alcanza esas proporciones; ¿ya se les olvido a los críticos hasta dónde puede llegar un verdadero fracaso, un desastre auténtico? Pues no tendrían que ir muy lejos, ni a otro autor, para recordarlo... y francamente de ese tamaño no son las cosas esta vez.

Rosaura Revueltas no está mal, sino solamente insuficiente; se limita a cumplir con discreción que en otros casos sería plausible, en un papel que le brindaba oportunidades para tener un enorme éxito, que ciertamente no tiene. Hace pensar, lo que es lamentable, en lo bien que otras actrices habrían podido estar en ese papel soberbio; doña María Tereza Montoya, por ejemplo, o Isabela Corona; o, si no vamos tan alto, Hortensia Santoveña, o Yolanda Mérida, o tal vez María Antonieta Rivas; María Douglas también, violentando un poco la edad. ¿Es que las señoras Montoya y Corona no se enteraron de la existencia de esta obra? La señora Montoya, que está tan atenta a lo que sucede en Nueva York, que telefonea para conseguir los derechos de El diario de Ana Frank, ¿no supo de este papel y de esta pieza? ¿Tampoco Isabela? ¿O es que no les latió? El caso es que en ellas estuvimos pensando todo el tiempo... como cuando el estreno de La última noche con Laura, que también a ellas les habría venido estupendamente.

Rosaura Revueltas se ha quedado muy por debajo del papel; ha estado inexpresiva, fría, falsa; vestida (dijo alguien con algo de guasa) de flamenca, con un traje que era más para bailar Córdoba, de Albéniz que para interpretar esta pieza sombría, no llegó a meterse en el personaje, casi no llegó a rozarlo, a formarse una idea de él; hacía muchos años que no veíamos a Rosaura, y de los triunfos que ha obtenido en el extranjero esperábamos que tuviera otro muy grande aquí ¿Ven ustedes, amigos, cómo no todo lo que triunfe en Unterdenlinden necesariamente ha de triunfar en México? ¿Ven ustedes cómo no debemos fiarnos ciegamente de lo que aplauden los públicos europeos, o yanquis?

La actuación insuficiente de Rosaura Revueltas hace desmerecer mucho la obra, a los ojos de quienes no sepan entender y oír las bellezas del texto, a pesar de que no estén suficientemente proyectadas en la voz y en las actitudes de la actriz. Su papel es medular, básico; es la columna vertebral de la pieza; si ese papel se resiente, si está fríamente hecho, la pieza entera pierde, y es muy posible que no pueda ser entendida o apreciada, no digamos por el público indocto, sino ni siquiera por los aristarcos.

¿Pero quién iba a poder adivinar esto, si Rosaura Revueltas estaba envuelta en una nube de propaganda, en un hábito publicitario que abrillantaba su nombre y que hacía esperar un éxito completo?

Lo malo es que estas desgracias le ocurran siempre a Inclán; primero le asesina una obra una actriz que hasta antes de eso había estado monísima, y ahora viene a mal herirle otra obra otra actriz, que hasta antes de eso era generalmente juzgada como una de las más importantes de nuestro teatro, aunque hubiera hecho su carrera lejos de nuestros escenarios.

El otro lunar de la obra fue Mariano Requena, sindicalmente impuesto para sustituir en el último momento al actor extranjero que había estudiado el papel; Requena, la primera noche, hizo rodar su escena, de la que no tenía la menor idea; sus equivocaciones pusieron nerviosos a los otros artistas; la impresión que se produjo en el público fue penosa; en fin, confiamos en que unas noches después, ya sabiendo el papel, Requena sabrá sacarlo adelante ya sin tropiezo; lo que no creemos posible es que Rosaura revise su interpretación y la rehaga de principio a fin, porque es muy difícil que una actriz a quien ha consagrado la culta Europa venga a hacer caso de la opinión de nosotros, pobres totonacas. Ella, tal vez, va a pensar que la que está en lo justo es ella misma y que todos los demás estamos muy equivocados.

Una vez señalados los que consideramos defectos de interpretación en El seminarista de los ojos negros, pasemos a un capítulo amable: el de las menciones honoríficas.

Pensamos que quien mejor impresión produjo, la noche del estreno al menos, fue Enrique Lizalde, magnífico en el papel del padre López, para el que podría haber parecido muy joven. Este artista tiene una carrera muy corta; sólo le recordamos en un papel secundario en Nocturno a Rosario, aunque sabemos que en ocasiones sustituyó al primer actor de esa obra (pero en ninguna de ellas tuvimos oportunidad de verlo); ahora, en El seminarista, sorprende con su justeza, con la calidad de sus tonos (que recuerdan un poco la excelente voz de Wolf Ruvinskis), con su magnífica planta, con la inteligencia que puso al servicio de su personaje, para no repetir meramente las palabras del texto, sino hacer sentir que salen de él de su interior, que él las ha descubierto e inventado. Qué grato es encontrar un actor que de esta manera se identifica con un papel, que tan cuidadosamente lo ha estudiado, que es capaz de compenetrarse, de incorporarlo.

También está excelente, en un papel que tiene de por sí más lucimiento (el del padre López, en otras manos, habría sido uno de los más opacos de la pieza) el joven actor cubano Víctor Manuel Luján, que ya se hizo notar por una interpretación estupenda, en uno de los más difíciles personajes de la peligrosa obra Calígula, de Camus. Al servicio de su seminarista pone Luján mucho calor, muy viva pasión; sus gritos son penetrantes, sus emociones se trasmiten, su angustia se contagia, él puede contar como un éxito esta pieza, en cuya postura en escena tenemos entendido que tiene que ver algo más que como simple intérprete.

Aurora Molina, ese encanto de muchacha, lucha con su falta de tipo para un personaje mexicanísimo (ella es españolita); pero ha sabido encontrar los acentos justos para enternecer al auditorio con su caso; es la chica humilde, pero en momentos rebelde y capaz de defender su justicia y su amor; se hace compadecer, como una de las víctimas del drama.

Mario García González, en cuyas entonaciones encontramos ecos de algunas de Noé Murayama (por momentos, si cerrábamos los ojos, creímos que estaban en escena Isabela, Ruvinskis y Noé, en vez de Rosaura, Lizalde y Mario) supo identificarse con su personaje, y darle a la vez colorido y verismo; el suyo es un tipo, y García González, ya experto en estas lides, lo matizó bien, llevándolo en algún momento hasta la caricatura.

Rosa Furman nada dejó que desear en su personificación de una visita, que no tiene mucho carácter propio, sino sólo es agente promotor de algunas situaciones; por desgracia, sus principales escenas las tuvo Rosa con Rosaura cuyo tono bajo restó brillantez a esos diálogos, en los que tuvo la Furman que rebajarse un poco para no quedar por completo desentonada.

Finalmente nombraremos a José Carlos Ruiz, el actor que más del agrado del público ha sido en este reparto, el que se lleva ovaciones en un mutis, y el que mucha gente encuentra sobresaliente y perfecto; convengamos en que está excelente; pero también en que el que le fue destinado es un pequeño papel de lucimiento relativamente fácil, de truco; se trata de hacer un indígena inocentón, con un modo de hablar estilo “Tizoc” (también a Pedro Infante le aplaudieron mucho esto en Berlín) y con una bobaliconería que le convierte en uno de esos indios que se hacen que la virgen les habla, cuando que ni señas les hace; papeles así les dieron éxitos grandes también a José Luis Jiménez, en La virgen morena, y a Esperanza Iris, cuando recitaba La plegaria de la india, si es ese el título de la recitación de gran efecto que sin duda todos ustedes recuerdan.

No queremos restar un ápice de su triunfo a Ruiz, sino solamente hacer notar que también hay en la obra otros actores que están muy bien, especialmente Lizalde, en papeles menos agradecidos y efectistas.

Tuvimos la impresión de que en esta ocasión Jébert Darién, uno de nuestros mejores jóvenes directores (con Rojas y Landeta-Cardona) se había estrellado contra el muro de la suficiencia de la actriz premiada en Europa, a la que no logró manejar y sobre la que no pudo imponerse; a los otros artistas de su reparto los ha sometido a una dirección con un criterio y un tono perfectamente visibles, unificados; a Rosaura no; Rosaura parece haber escapado a la influencia del director lo mismo en tonos que en movimientos, y hasta en vestuario, por supuesto, esto rompe la armonía, y hace que por esta vez no pueda ser Darién tan ampliamente elogiado como lo ha sido otras veces; algunas escenas tuvieron un ritmo francamente lánguido; y aunque la pieza no sea de locura sana, ni se le pueda exigir la misma vivacidad o la misma velocidad que a un Júpiter travieso, sí es la verdad que hubo escenas, sobre todo de Rosaura, que pesaron, que parecieron morosas y estáticas.

La escenografía, de David Antón, nos pareció acertada, dentro de las limitaciones impuestas por la pequeñez del escenario; aquella habitación que parece sacristía, hundida bajo el paso asfixiante de un formidable crucifijo que ahoga y estorba, contribuye a crear el clima un poco de pesadilla que el autor ha evocado con su tema y con sus palabras; esta vez no quiso Antón lucirse haciendo alguna cosa bonita, sino servir a la obra, poniendo la decoración como un subrayado del texto. Y creemos que acertó en una medida plausible.


Notas

1. Se inauguró el 31 de enero. Giovanna Recchia, Por un museo de las artes escénicas. Proyecto de investigación en proceso. CITRU, INBA, 1997.