FICHA TÉCNICA



Título obra Una luna para el bastardo

Autoría Eugenio O’Neill

Dirección Augusto Benedico

Elenco Augusto Benedico, Yolanda Mérida, Carlos Ancira

Espacios teatrales Teatro de la Comedia

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Una luna para el bastardo de Eugenio O´Neill, dirige Augusto Benedico]”, en Siempre!, 12 febrero 1958.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   12 de febrero de 1958

Columna Teatro

Una luna para el bastardo de Eugenio O´Neill, dirige Augusto Benedico

Rafael Solana

Ha sido reabierto el teatro de la Comedia, el único teatro que con cada pieza estrena vestíbulo, como si los trabajos de escenografía no se redujesen en cada ocasión al escenario, sino se extendieran a todo el edificio.

Otra vez está remozado, y van cuatro en dos años, el que consideramos como uno de los salones de espectáculos más cómodos, acogedores de México; nuevas manos de pintura, que dan la sensación de que se estrena teatro cada vez que se estrena obra. Bien por los nuevos empresarios.

Los atractivos de taquilla para esta iniciación de temporada son: una nueva obra de Eugenio O´Neill, y una nueva actuación de Augusto Benedico, que acaba de ser proclamado por los críticos como el actor más sobresaliente del año de 1957 en México.

La obra de O´Neill, póstuma, es una especie de continuación de la que conocimos el año pasado, El viaje de una largo día hacia la noche, que montó Mary Martínez en El Granero con gran éxito de crítica y de taquilla; uno de los personajes de aquella obra es el principal de la actual, ya crecido (las dos obras son autobiográficas; en la primera el autor era muy joven, y en la segunda es un hombre maduro).

Encuentra uno, en términos generales, el mismo tono de gritería desaforada, de insultos, de borracheras, de vocablos mal sonantes, de increpaciones airadas, de trato, entre parientes, al que los términos de cuartelario, tabernario o prostibulario quedan chiquitos; solamente resta patibulario; las tres palabras básicas, sobre las que vuelve el autor a cada instante, como a las tres notas del tono en que está escrita la pieza, son “ramera”, “borracho”, y “diablo”; al diablo se están mandando unos a otros reiteradamente los personajes, las borracheras son constantes y a la vista del público, y en la otra palabrita, repetida hasta la saturación, debemos reconocer la vigilancia de la oficina de espectáculos, que recomendó se la usara en vez de otra, una sílaba más corta, que era probablemente la que venía al caso. Si el público pagara un centavo por cada vez que suena una de esas tres palabras, iba a salir el boleto más caro que para la ópera.

Tan insistente repetición se hace pesada; “las lindas rameras de Broadway” salen a colación tantas veces, que ya las últimas las saluda uno como a viejas conocidas; el autor ha puesto lo más denodado de su esfuerzo en usar un léxico empobrecido y vulgar, bajo y aun soez... todo para disimular que en el fondo la obra es romanticona, dulzona, sólo que con una cáscara amarga y espinosa. Después de tanta procacidad y tanta mugre moral, viene uno enterándose en el tercer acto de que las borracheras son en parte fingidas, y de que la prostitución es una mitomanía, y de que todos aquellos vociferantes demonios son en el secreto de sus almitas unos ángeles de virtud y de bondad, que nunca han hecho nada de lo malo que a sí mismos se atribuyen.

Verdaderamente, no nos sentimos inclinados a caravanear al consagrado señor O´Neill, por esta vez, ni a reconocer como una maravilla de pieza esta ensordecedora grita, aunque ciertamente la maestría de quien sabe un oficio haga su aparición, especialmente en el primer cuadro del tercer acto, que es un diálogo que se vuelve monólogo, con la finalidad de horrorizar un poco a los espectadores, que ya están, por desgracia, demasiado curados de espanto para escandalizarse por nada que oigan ni que vean.

Tan cruda y estentórea obra sirve para que vuelva a darse vuelo el señor Benedico creando un personaje de esfuerzo atlético, aunque no tanto como el del año pasado. Borracho casi siempre, nervioso, excitado, manotea, grita, suda, impreca, vocifera, pega, ruge, muge, rechina los dientes, y nuevamente, como en el Viaje, aterra a los espectadores y les hace rendirse en un aplauso caluroso para semejante despliegue de fuerzas histriónicas; convengamos en que esta vez el personaje tiene algún filito poético, y que Benedico lo da perfectamente. Es uno de los triunfadores de la pieza.

El otro es Yolanda Mérida, notable actriz que ya se hizo aplaudir antes fuertemente en otras obras (Calumnia, o Breve Kermesse, por ejemplo) pero que será esta pieza la que considere como la de su consagración ante nuestro público. Tiene un papel pesadísimo, desagradable, sin un momento grato o amable, áspero y rudo; con mucho texto, con muchos gritos destemplados, con mucha energía y mucha violencia; y lo incorpora perfectamente; a medida que la pieza avanza el público se va entregando a ella, y en el tercer acto la aplaude con entusiasmo desbordante e irreprimible; se mete ella dentro del personaje, el único femenino de la obra, y lo vive con pasión, con sinceridad, con fuego. Por ver a Yolanda y a Benedico, que están soberbios, vale la pena de ver la obra, aunque sea larga y se haga pesada en más de un momento.

Inmediatamente detrás de los que hacen Benedico y Yolanda viene el papel repartido a Carlos Ancira, también un papel muy importante y no fácil; y Ancira lo hace muy bien, sin aquellos resabios y defectos que ha mostrado en otras de sus actuaciones; su tendencia a la caricatura cómica le hace encontrar ciertos matices ligeramente risibles, que son un descanso dentro de la tensión de la pieza.

El breve reparto se completa con dos personas más de quienes no es necesario acordarse; muy jóvenes, encontrarán mejores oportunidades de hacerse notar más adelante.

La escenografía no nos pareció muy bien resuelta; hay entradas y salidas sumamente convencionales y aun extravagantes; en cierto momento el escenario no funciona (cuando Josie dice que entrará en su pieza a arreglarse... y no entra); los elementos de que está construido el decorado retroceden a una época que ya dejaron atrás los escenógrafos; en suma, es anticuada y poco eficaz. La dirección (de Benedico mismo), bastante estática, sigue de cerca las huellas de la de Xavier Rojas para el Viaje de un largo día, en cuanto a tonos y matices; su movimiento es casi nulo, pues la obra es estatuaria.

El año pasado fue un gran éxito El viaje de un largo día hacia la noche, todas las personas que gustaron de esa dura pieza de O´Neill querrán ver esta otra que es como su segunda parte; si así lo hicieren, puede prometerse largos meses de permanencia en el teatro de la Comedia Una luna para el bastardo.