FICHA TÉCNICA



Título obra Ring Ring, llama el amor

Autoría Betty Comden, Adolpho Green, Jule Styne

Elenco Silvia Pinal, Loco Manuel Valdés, Guillermo Rivas, Miguel Manzano, Manolita Saval, Freddie Fernández, Queta Lavat, Luis Gimeno, Gustavo Olguín

Escenografía Julio Prieto

Coreografía Edmundo Mendoza

Notas de Música Cabiati / dirección

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Estupenda actuación de Silvia Pinal en Ring Ring, llama el amor]”, en Siempre!, 6 noviembre 1957.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   6 de noviembre de 1957

Columna Teatro

Estupenda actuación de Silvia Pinal en Ring Ring, llama el amor

Rafael Solana

Nosotros, tenemos que confesarlo, no nos hemos divertido con la comedia yanqui que el señor Anselmo y el señor De Llano han importando, para el teatro del Bosque; nos ha parecido que el libreto es completamente insulso, y que la música es descolorida, falta de gracia y de personalidad. Sin duda seremos tachados de anticuados, o hasta de franquistas; pero nos divertíamos más con La corte de Faraón, con Las Leandras, o con Luisa Fernanda; nos parece que los libretos eran más ingeniosos, y que los compositores de la música eran más inspirados. La verbena de la paloma podrá tener 80 años, o los que sean; pero esto que nos mandan hoy los señores Comden, Green y Styne en nada mejora aquéllo; ni tampoco La viuda alegre, o El conde de Luxemburgo, que llenan otra época.

¿Hemos de negarnos a recibir algo artístico, sólo porque viniera de los Estados Unidos? ¡Oh, no, eso no! Cuando vino el formidable espectáculo de Porgy and Bess, reconocimos la grandeza de esa obra, de su bello libro, de su admirable música, soberbia, de primera fila, y de las excelentes interpretaciones... Porgy and Bess era una gran obra musical, formidable, y debimos agradecer que se nos diese a conocer, aunque fuera yanqui, por ser muy buena; pero cuando nos traen una obra mediocre, que se espera que guste aquí sólo porque gustó en Nueva York, eso no podemos aceptarlo, es decir... no deberíamos aceptarlo; pero va a haber quien lo acepte, y quien abra la boca, como si se tratase de una gran obra, sólo porque es ruidosa, y movida, y nos hace pensar que, por menos de un dólar, estamos en una butaca de un teatro de Broadway.

¡Con qué poco se conforman los que han reído los insulsos chistes de Ring ring, llama el amor, y los que aplaudimos sus aguados y descoloridos números musicales! Y qué espíritu tan falto de independencia, de criterio, muestran quienes con una obreja así vienen a colonizar México para la producción norteamericana. Ni el ingenio, la gracia auténtica, el humor, de la bella obra La casa de té de la luna de agosto, ni la bella música de Show boat, de Rose Marie, de Broadway melody, de Gold Diggers, o de tantas otras revistas americanas del pasado, que han tenido una partitura inspirada. Aquí, nada de libros, nada de música. Solamente un esfuerzo por conquistar el país, con tan melladas armas, para el espíritu norteamericano, como en los ballets sobre hielo, como en las peleas de box, en que si surge al fin una estrella mexicana, sólo sirve para que se vayan los aficionados a gastar su dinero en verla... en Los Angeles, California.

La ovación más sincera que escuchamos en la noche del estreno de Ring ring fue para el Loco Manuel Valdés, cuando apareció por primera vez en escena; eso quiere decir que ese artista ha conquistado simpatías, y popularidad, desde sus programas de televisión, y con sus cortas intervenciones en películas; para el teatro le faltan voz, y sentirse más en su casa (como se siente en la televisión), pero sin duda se trata de un elemento muy valioso, dueño de una fuerte simpatía personal, y con ángel.

También fue muy aplaudida Silvia Pinal, por su esfuerzo para actuar, bailar, cantar y hacerse la chistosa, aunque seguimos creyendo que vale más en lo serio (en las películas, por lo menos, se recuerdan mejor sus actuaciones dramáticas que las chocarreras). Silvia nos pareció inapropiadamente vestida, con un guardarropa que parecía más de Hortensia Santoveña que suyo; trajes gris oxford, verde olivo, carmelita, con las mangas largas y el cuello alto, y de lana, no son para una chica que tiene veinte años, o los representa, y además es muy mona; además... ¿en qué mes del año pueden usarse esos trajes en Nueva York, mientras el resto de la gente se viste como aparecen los otros artistas? Ni es verano, ni es invierno, ni es nada. Cada quien se vistió como le dio la gana.

Guillermo Rivas, el tenor, no es un éxito; canta con la sonrisa en los labios, como si anunciara pasta de dientes, y no se le entiende nada; es gordito, blandito, sin romanticismo, sin pegue; ya sabemos que en ese género no hay aquí mucha tela de donde cortar; pero algo mejor habría podido encontrarse.

Ni Miguel Manzano, ni Manolita Saval, ni Freddie Fernández, ni Queta Lavat, tienen papeles; pasan y hacen lo que pueden; Luis Gimeno nos pareció apayasado; Gustavo Olguín sacó mucho partido de su imitación de Marlon Brando y de toda la escuela marlonbrandesca, a la que pertenecen desde Paul Newman hasta Sergio de Bustamante.

La escenografía de Julio Prieto, práctica, manejable, pero no lujosa, como la hubiera pedido el espectáculo; la música suena bien (dirige Cabiati): el coro canta, y los bailarines bailan; eso sí está mejor que lo que es costumbre en esta clase de espectáculos; el coreógrafo Edmundo Mendoza se apunta otro éxito, y con él todos sus jóvenes danzantes. Las escenas corales son tal vez las que mejor suenan en toda la obra.

Es posible que sea un éxito Ring ring; no nos extrañaría, pues suele serlo el Ice Capades, que es un espectáculo igualmente insulso y apantallador; nosotros, la verdad, si no hay libro, si nada de lo que se dice tiene interés o ingenio, y si no hay música, porque toda nos recuerda pedazos ajenos oídos antes... por muy mona que sea la señorita Pinal o por muy buena actor que nos parezca el señor Manzano, no pudimos evitar que nos abatiera una horrible sensación de vació, de estupidez, de aburrimiento, de sosería, de exotismo, como si se nos hubiera hecho tragar una cucharada de salsa Perrins, o litro y medio de root-beer, o un discurso de Foster Dulles, o cualquier otra cosa igualmente extraña y desagradable.