FICHA TÉCNICA



Título obra Nocturno a Rosario

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Jébert Darién

Elenco Elsa Aguirre, Alma Rosa Aguirre, Miguel Ángel Ferríz, Andrea Palma, Carlos Fernández

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Sala Chopin

Productores Eduardo Fajardo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Nocturno a Rosario de Wilberto Cantón, dirige Jébert Darién]”, en Siempre!, 9 octubre 1957.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de octubre de 1957

Columna Teatro

Nocturno a Rosario de Wilberto Cantón, dirige Jébert Darién

Rafael Solana

Otra noche histórica del teatro mexicano. Cuando alguien haga su historia, seguramente Armando de María y Campos, tal vez Roberto el Diablo, no es imposible que Antonio Magaña Esquivel o don Alfonso de Icaza, quizás podría intitular uno de los capítulos de ese libro Tres noches claves del nuevo teatro, y vendrían bien que allí describiera, con toda la animación que tuvieron, con toda su brillantez y toda su alegría, tres jornadas que fueron como tres grandes batallas, Austerlitz, Jena y Lodi, del teatro mexicano naciente; esas noches fueron la del estreno de Hoy invita la güera(1), de Federico Schroeder Inclán, en el teatro del Globo; la del de Cada quien su vida(2), de Luis G. Basurto, en el Lírico y la del Nocturno a Rosario, de Wilberto L. Cantón, en la Sala Chopin.

Fue una noche redonda, triunfal, de principio a fin. Una concurrencia muy selecta llenaba la sala, y se había creado una intensa expectación; porque de esta obra se había hablado mucho; su autor la estrenó primero en Saltillo, y luego tardó mucho en decidirse a traerla a México, con una compañía completamente distinta de la que la había hecho en provincias; hubo muchas dudas, muchos titubeos; que si la ponía este empresario, que si aquel otro, que si iba en este teatro o en aquel otro, que si en tal papel iba Fulano o Mengano, que si le habían quitado a Zutano para dárselo a Perengano, y que si uno dejó un papel mediados los ensayos, y lo tomaba otro... Hasta llegó a temerse, y a correrse la voz, que la obra fuese mala, y por eso hubiera tantas indecisiones y tanta tibieza, y ese correr de fechas, y esa incertidumbre en el reparto; sólo quienes ya la conocíamos en lectura, o quienes la habían visto en los estados, sabían lo que era la obra, y tenían confianza en ella.

Luego, se levantaba en torno a ella otra polvareda, de otra índole; un señor rarísimo, de Saltillo, pretendía impedir el estreno de la pieza calificándola de plagio de alguna obra suya, con el mismo asunto (mientras Gregorio López y Fuentes o Carmen Toscano, que también han escrito sobre Rosario y Acuña, no abrían la boca ); hasta tuvo la Unión Nacional de Autores que nombrar una comisión que se encargara de dictaminar sobre este asunto; ante esta comisión el autor coahuilense nunca presentó su obra, sabedor ya (porque en Saltillo envió a su hijo a ver el Nocturno) de que tal plagio no existía; luego ese señor, Fuentes de nombre, se dedicó a propalar la especie de que la obra de Cantón no debía subir al escenario no porque fuese un plagio de la suya, sino porque denigraba al poeta; esto alarmó a la familia, a la de Acuña, que en principio quiso enterarse de si no salía mal parado en la pieza su antepasado ilustre, y luego, se nos ha afirmado... ¡pretendió cobrar derechos! A esto habrían respondido inmediatamente Lourdes Canale (que es de la Peña) y Armando Valdés Peza (nieto de dos Juan de Dios) pretendiendo cobrar algo también, por ser descendientes de otro personaje de la obra; hay también familia del "Nigromante"; les habría venido tocando a peso por cabeza.

La noche del estreno(3), tan largamente pospuesto, del Nocturno a Rosario, se comentaba que la mala suerte de esta obra quizá provenía de que un ilustre poeta de Saltillo, conectado con el teatro y frecuente patrocinador de cocteles por cuenta de don Nazario Ortiz Garza, se había robado, y retenía en su poder, un diente de la calavera de Acuña...

Con la usual media hora de retraso, sobre el retraso de muchos meses que ya la obra tenía, se levantó al fin el telón, con la Sala Chopin henchida de ese público cruel, severísimo, que ya ha hundido con su frialdad y su imperturbabilidad más de un estreno (en Madrid patean las obras malas; aquí las congelan, con un silencio de hielo que las mata más irremediablemente que los silbidos); en el momento en que las luces se apagaban y el telón comenzaba a correrse, todo era posible, todo podía esperarse, todo podía pasar.

Y lo primero que pasó fue que, teniendo por fondo el ciclorama desnudo al que con intrepidez e inteligencia David Antón redujo la escenografía, apareció, primero en penumbras, luego a la luz, la figura de mujer más espléndida, más deslumbrante, que haya sido vista en un escenario, de 1914 a la fecha; no queremos remontarnos a fechas más lejanas porque hemos oído decir que Lola Montes, que Lina Cavallieri, que la Bella Otero y que doña Virginia Fábregas eran guapísimas; de la última, conocimos lo poco que quedaba en 1930; pero en lo que va de este siglo, no creemos que en ningún lugar del mundo se haya exhibido jamás en un teatro una mujer más hermosa de la que apareció ante nuestros ojos, vestida con discreta elegancia, sobre el escenario de la Sala Chopin. Alida Valli, que vimos en Florencia, María Casares, que vimos en París, quedan muy atrás de esa mujer maravillosamente bella, majestuosa, que es Elsa Aguirre, de quien teníamos una muy pobre impresión por haberla visto siempre disfrazada con turbantes que en nada la favorecían. Elsa Aguirre es, con mucho, lo que hasta hace poco fue Gloria Marín: la mujer más bella de México; pero creemos que va más allá, y que las fronteras de su reinado estético pueden extenderse hasta el grado de que en ellas no se ponga el sol. Si alguna vez el precio del boleto de entrada a un espectáculo se ha desquitado en el primer minuto, esa ocasión es el Nocturno a Rosario; sólo ver a Elsa Aguirre viva, de carne, en la escena, es ya todo el espectáculo; es una visión inolvidable.

Tampoco teníamos una buena opinión acerca de ella como actriz; la conocíamos en películas; y allí jamás ha dado lo que en materia de elegancia, de buen decir, de bella voz (quizá un poco demasiado grave, para algunos oídos; pero eso le da mayor personalidad y mayor fuerza), y de sinceridad en la actuación le hemos visto en el teatro; toda su carrera cinematográfica viene a ser el prólogo de lo que ahora inicia con inusitada brillantez; una carrera teatral en la que parece llamada a escalar las más altas cumbres.

No, no diremos que está ya en plan de Montoya, o de Corona, de Macedo o de Douglas; sería absurdo esperarlo; pero su actuación es cumplidísima y aun en momentos excelente; para quienes esperaban de ella la mediocridad normal en quienes debutan, fue una sorpresa tremenda; lo más admirable y maravilloso es que llegó, que está en un pináculo, se haya tomado la molestia de estudiar como una novata, de meterse a las disciplinas férreas de una representación teatral: verdaderamente, nadie lo esperaba; por eso los aplausos fueron redoblados, más entusiastas; convirtió esa noche en cañas las lanzas; Armando Valdés Peza, que la llamaba "la domadora" y la miraba por encima del hombro, publicó dos días después una crónica rendida, en la que la llamaba "consumada perfección física", agregando: "No recordamos haber visto mujer igual a través del mundo entero" (y ese mundo entero lo ha recorrido Armando cosido a las faldas, que él mismo ha cosido, de otra mujer guapísima); algún otro crítico que se había mostrado escéptico, y no ocultaba su despego o su falta de interés por Elsa, allí mismo dobló la rodilla y quemó incienso en honor de la nueva diosa.

Pero no estuvo sola Elsa en esta noche triunfal, por medio de la cual llegan ya a tres las grandes Aguirres del teatro mexicano (recordamos que Beatriz se había consagrado unos días antes, en el teatro Juárez, como una actriz de temperamento tremendo); su hermana Alma Rosa, a la que el destino parece poner siempre detrás de Elsa, brilló también con luces propias, y no falsean la verdad quienes dicen que las dos más grandes ovaciones de la obra suenan en honor de Alma Rosa, que vive con sensibilidad admirable, con arte conmovedor y consumado, el personaje de Soledad, secundario dentro de la obra, vestido pobremente, colocado siempre al fondo del escenario, lejos, con poca luz... pero de tal manera Alma Rosa logró meterse en el personaje, lo encarnó con sinceridad tan convincente, que conquistó todas las simpatías del público, ante el que apareció con la luz y el prestigio de una auténtica revelación teatral; también esta chica es una estrella acreditada en el cine, también tiene ya un nombre y un sitio; y sin embargo, también estudió con tenacidad, con amor; su premio fueron esas ovaciones hondas, cálidas, que en el cine, o en las "presentaciones personales" ante indoctos públicos del teatro Puerto Rico, de Nueva York, nunca habría podido oír.

Una de las cosas más notables y más valiosas para el teatro mexicano, de esa inolvidable noche de estreno, es la conquista de estos dos auténticos valores, de estas dos actrices jóvenes, bellas, estudiosas, y dotadas de talento, que ahora ya no se irán del teatro, porque su triunfo las retendrá en él; ahora los autores querrán escribir para ellas; los empresarios querrán asegurarlas, y los públicos, que van a adorarlas, las seguirán fielmente; el teatro ha hecho dos adquisiciones verdaderamente valiosas, con la incorporación a sus filas, que no pudo ser en mayor grado triunfal, de Alma Rosa y Elsa Aguirre.

La sorpresa del triunfo de las Aguirre, que era inesperado, hizo pasar a un término secundario el triunfo del autor, Wilberto Cantón porque ese triunfo sí era esperado (aunque se había suscitado la duda que ya mencionamos antes); la verdad de las cosas es que el comediógrafo se apunta un éxito completísimo. Emprendió una tarea bien difícil: la de reconstruir, para nuestra época y nuestro público, un drama romántico, sin desvirtuarlo, sin falsificarlo, conservando las más puras esencias del romanticismo; lograr que, a cien años de distancia de aquella sensibilidad, el público penetre en las situaciones y comparta las angustias, las ideas o los modos de reaccionar de aquellas gentes, era una empresa delicadísima, que Cantón acometió con valor y consumó con maestría; además de que tiene la pieza bellísimos parlamentos de la minerva de Wilberto, hay en ella trozos enteros, en prosa o en verso, extraídos de los poetas representados como personajes, y no se notan las costuras, todo está perfectamente machado, armonizado con un talento, una cultura y un sentido artístico que colocan a Cantón entre los grandes del teatro mexicano, ni un escalón por debajo de Usigli, de Inclán o de Basurto, al nivel también de Celestino Gorostiza; "la obra maestra es igual a la obra maestra", dijo Víctor Hugo; y este Nocturno a Rosario tiene, en su género, una realización tan impecable y una calidad estética tan alta como las mejores obras de los otros de nuestros mejores autores.

Le censuraron, en los entreactos, sólo una cosa: la insistencia con que repite los nombres completos y las calidades de los personajes, como llamadas de atención, a veces muy obvias, sobre la importancia que llegaron a tener en la historia literaria; algo que podríamos llamar, burdamente, estilo canción inolvidable. Para parodiar ese estilo ejemplificaremos con una frase: en vez de decir: "Oye, Wilberto, dile a Basurto que lo anda buscando Inclán para invitarlo a la lectura que va a ser Nacho de la obra de Gordón", que es como lo diría cualquiera. Cantón diría, de acuerdo con su técnica de está pieza: "Oye gran poeta Wilberto L. Cantón dile al ilustre dramaturgo Luis G. Basurto que el inspirado comediógrafo Federico S. Inclán lo anda buscando para invitarlo a la lectura que va a hacer el gran actor Ignacio L. Tarso de la obra del notable crítico Sigfredo G. Carmona".

Esto es una insignificancia, y Cantón puede borrarlo de una plumada, si quiere; pero realmente fue lo único que una parte del público criticó en los entreactos; todo lo demás pareció perfecto; la continuidad de la obra (en muchos cuadros), el tono, el ambiente, el aprovechamiento del material literario romántico, el respeto con que todo está visto, sin ironía ni incomprensión, por quien no puede tener esa misma sensibilidad; por todo esto, y por muchas cosas más, que alargarían esta crónica, la obra de Wilberto Cantón es magnífica.

Pero hay más triunfadores, Jébert Darién, el director, que logró gran rendimiento escénico; David Antón, que salió airosamente de la difícil prueba de mantener siempre tres ambientes en el escenario, sin ninguna posible confusión entre ellos, con la más admirable parquedad de medios; Miguel Ángel Ferriz, que dice muy bien su escena de responsabilidad, y siempre está correcto (aunque nos habría gustado verlo vestirse más cuidadosamente); Andrea Palma, verdaderamente deliciosa, y guapa, y elegante, en esa madre que es el único respiro amable dentro del exaltado tono de la pieza; y los otros actores del reparto, discretos todos, correctos, con la sola excepción de Carlitos Fernández, que va muchísimo más allá de la discreción, y alcanza la eminencia, sobre todo en algunas escenas, las más difíciles, aquéllas en que el autor lo puso al borde del ridículo, del adocenamiento de la vulgaridad. ¡Qué delicadeza, qué gran sentido artístico, qué buen gusto se necesitan para decir ese Nocturno, que todo el mundo conoce, sin parecer en ningún momento trivial, para darle profundidad, para convencer y emocionar con él! La escena en que recita esa pieza manida y gastada es para Carlos Fernández una hazaña, una hazaña memorable, algo de lo que se puede hablar. Pero antes ha estado perfecto en todo el resto de la pieza, contenido dentro de límites justos, sin arrebato, y al mismo tiempo sin frialdad; sin exageraciones, pero también sin acartonamiento, en ese punto del justo equilibrio que es tan endiabladamente difícil encontrar, y con el que sólo aciertan los artistas del más refinado talento.

Para Carlos Fernández, al final de la pieza, fueron los bravos, los vivas y los hurras. Él ha hecho ya muchas cosas, todas buenas. No es ningún novato, y de sus pasos anteriores se podía esperar que en esta obra, en la que hay un papel, tuviera un triunfo. Pues bien, lo tiene, en la medida en que el más optimista habría podido esperarlo. Es, ahora a los ojos de todo el público, lo que era ya sólo a los de los iniciados en la "Poesía en Voz Alta": el mejor actor joven de México.

Carlos Fernández, como las Aguirre, como Cantón, como Darién, como Andrea, como Ferriz, es uno de los grandes triunfadores de esta noche cumbre del teatro mexicano, de la que puede enorgullecerse Eduardo Fajardo como un empresario que ha sabido acertar verdaderamente.


Notas

1. Véase la crónica respectiva del 13 de abril de 1955 que se incluye en este volúmen.
2. Ibid. 24 de Agosto de 1955.
3. 20 de septiembre. Tiempo, 13 de enero de 1958.