FICHA TÉCNICA



Título obra Anna Karenina

Autoría León Tolstoi

Notas de autoría Seki Sano, Dagoberto Guillaumin y Rodolfo Valencia / adaptación - traducción

Dirección Seki Sano

Elenco María Douglas, Carlos Navarro, José Gálvez, Aurora Cortés, Graciel Nájera, Claudio Brook, Firulais

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Seki Sano dirige Anna Karenina de León Tolstoi en adaptación de él mismo con Dagoberto Guillaumin y Rodolfo Valencia]”, en Siempre!, 11 septiembre 1957.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   11 de septiembre de 1957

Columna Teatro

Seki Sano dirige Anna Karenina de León Tolstoi en adaptación de él mismo con Dagoberto Guillaumin y Rodolfo Valencia

Rafael Solana

"Si respetáramos lo escrito, no progresarían ni las ciencias ni las artes", fue la divisa que usó en su propaganda, hace unos 20 años, el torero segoviano, innovador o extravagante, revolucionario o chiflado, que fue Victoriano La Serna, un diestro que al mismo tiempo que daba verónicas sensacionales o muletazos muy bellos, tenía excentricidades como retratarse con cuello de pajarita, dejarse vivos los dos toros del día de su alternativa, recetar vestido de luces (había estudiado medicina), o casarse con una turca.

Todo lo que sea nuevo debe ser recibido con gran interés, porque puede servir para abrir nuevos caminos, para ensanchar el campo de las artes, y les impide que se anquilosen y se empolven; pero no todo lo nuevo es un éxito; a veces el explotar un camino nuevo sólo sirve para descubrir que el que se llevaba anteriormente era el bueno. De todos modos, un valioso descubrimiento, porque eso da confianza y seguridad.

Seki Sano, uno de nuestros directores teatrales más valiosos, tiene el prurito de la novedad; por lo menos de lo que sea novedad en México, aunque haya dejado de serlo hace medio siglo en Rusia o en otra parte; Seki no se atiene, normalmente, a lo establecido, sino intenta cosas distintas; algunas le han salido muy bien; otras, no tanto; por eso es un director de resultados desiguales, y tiene admiradores y detractores, fieles discípulos, y enemigos irreconciliables.

El hombre que nos ha dado las

Tres joyas de Chéjov

, Un tranvía llamado deseo, La fierecilla domada, La mandrágora, y tantas otras cosas valiosas (pero también una Corona de sombras, y unos Sordomudos que no son de grata memoria), nos presenta ahora en el teatro del Músico un nuevo estilo teatral (nuevo en México, en estos momentos; pero no invención reciente, sino cosa probada hace muchos quinquenios); la novela escénica. Como antes hizo Rambal padre que nos presentaba El conde de Montecristo, o Miguel Strogoff, o Las mil y una noches en un escenario, Seki Sano, con la complicidad del también muy novelero Dagoberto Guillaumin y la de Rodolfo Valencia ha hecho una adaptación-traducción de la versión teatral de la novela Anna Karenina(1) que recientemente se ha montado en Moscú. Se trata de una adaptación más para radio que para teatro, en realidad; la atención del público se dispersa en multitud de pequeños episodios, en la mayor parte de las cuales la acción avanza poco (como en las obras radiales de Margarita Silva o de Rafael Bernal); se ha tratado de romper la unidad de escenario, o por lo menos la dualidad, o la moderada multiplicidad, a que el teatro parece aherrojado. Se ha querido dar al teatro la libertad del cine, del radio, o, principalmente, de la novela ¿Son buenos los resultados? ¿Se ha hecho una conquista?

Creemos que no. Que se ha cometido una equivocación. Mezclar las artes no siempre conduce a una buena meta; es más conveniente respetar a cada una su territorio, sus modalidades propias. Se ha llegado a eso no por capricho de un autor o de un preceptista, sino por la larga práctica de muchos creadores y la observación y el estudio de muchos retóricos. Así como en pintura, por ejemplo, hay asuntos propios para un género o estilo y los hay propios para otro, y a nadie se le ocurriría pintar un mural de ochenta metros cuadrados con unas manzanas como las de Corbet, ni nadie metería en un cuadrito de caballete de 60 por 40 centímetros una gran batalla ni la historia de un país, y así como nadie piensa en una gran orquesta con órgano, campanas y cañones para un lied, ni tampoco hace nadie una ópera en cinco actos para violín, piano y dos voces, así también en la literatura hay asuntos líricos, épicos dramáticos o novelescos. A nadie se le ocurre (salvo casos contados, como el de La dama de las camelias, asunto que resultó apto para la novela o para el teatro), hacer una novela de lo que debe ser una pieza, ni una pieza de lo que debe ser una novela; y al conde León Tolstoi menos que a nadie; él sabía muy bien cuáles asuntos eran propios para el teatro y cuáles requerían el tratamiento moroso, profundizante, prolijo, del estilo novelesco. Véase en el libro de Walter Allerhand Leon Tolstoi als dramatiker (H. Haessel, Verlag, Leipzig, 1927) y particularmente en los capítulos III, Tolstojs stellung zu theater und drama, y 6 Technische einzelheiten des drama.

Aunque esté escenificada, dialogada, Anna Karenina sigue siendo, en la versión de Seki-Guillaumin-Valencia, una novela; una novela hablada (Galdós escribió muchas; pero se echa de menos la continuidad, la unidad, los efectos finales de acto, que son elementos, recursos y riqueza, y no hierros, cadenas o esposas del teatro). Cada uno de los cuadros (ahora son 14 nada más, pero algunos están divididos en sub-cuadros) es una página de novela; terminan aguadamente casi todos (el del hipódromo y el de la habitación de Vronsky son las excepciones) y hacen avanzar la historia en saltos, antiteatrales. Y, sobre todo, con la interrupción de la acción, y con los minutos o segundos necesarios para los cambios de decorado o de trajes, brindan al público una ocasión, repetidamente, que no debe brindársele nunca en el teatro; la de bostezar. Con 13 momentos para bostezar, necesariamente la obra va haciéndose pesada, y el público va amodorrándose; su interés no ha sido captado. El teatro de actos corridos significa sobre el teatro de múltiples cuadros una mejoría como la que los discos de larga duración, en que se oye la música de una sola vez, significó sobre los antiguos sistemas en que cada tres minutos había que ir a cambiar de aguja, a dar cuerda, a voltear el disco... la emoción estética se rompía; el resultado era dispersivo y fatigoso.

Creemos por todas estas consideraciones que no es un éxito, en general, el sistema de presentar novelas por medio de la escenificación de diversos momentos escogidos en ellas; y menos novelas tan conocidas como Anna Karenina, que ha sido tan leída, y tan vista en películas (el cine tiene con la novela un parentesco muchísimo mayor que el que tiene el teatro). Y que Seki no acertó esta vez al escoger obra. Pero una vez escogida, y ya que ésa iba a ser, la ha dirigido bien muy bien, logrando un buen rendimiento artístico de los principales actores, creando un ambiente, en estrecha colaboración con un escenógrafo inteligente y apto, David Antón, de quien verdaderamente nos sentimos tentados a declarar que es la estrella máxima de esta producción teatral.

Anna Karenina pertenece perfectamente, por su estilo y la época de su publicación, al realismo. Equivale a Flaubert y a Daudet como estudio de almas y como crítica social, y ya anuncia a Zolá. En un plano de rigor estético, habría que haberla decorado con lujo de verosimilitud, con absoluto apego a la realidad, positivamente; muebles, trajes, utilería, auténticos; pero en el teatro, con 22 cambios, era imposible hacer eso, y entonces David Antón ha tirado por lo poético y nos ha hecho un escenografía que nos recuerda la del ballet que sacó Leónidas Massine de la Sinfonía fantástica de Berlioz (los decorados fueron de Chistian Bérard), que en Londres se estrenó en 1936 y en nuestro Palacio de Bellas Artes casi enseguida. Una cámara negra, trajes casi románticos, un ambiente de sueño (a veces, de pesadilla), hasta con escenas oníricas, como la mal lograda de Venecia, y la lograda muy bien de la ópera, en que reconocemos manos que antes vimos en el Orfeo, de Cocteau. Seki Sano en esos escenarios que no son decorados, sino viñetas, ha movido poca gente de modo que parezca mucha, y ha conseguido que el público, más que viendo, vaya recordando; cada escena parece más hecha para suscitar la evocación que para presentar patentes hechos o personajes. El director y el escenógrafo se han confabulado para poetizar, vaporizar, un pesado novelón, que pedía mucha materia, mucha madera, alfombras y cortinas pesadas, convirtiéndolo todo en algo soñado, entrevisto, imaginado, recordado. Esto traiciona al conde Tolstoi, que no era un sutil poeta, sino un farragoso novelista y un honrado reformador social, algo aburrido y elefantiásico; pero sirve a la producción teatral, que de este modo se aligera un poco, y se hace más llevadera.

En los telones finales, a los aplausos que premian la representación, se hace destacar sobre todos los demás intérpretes de la pieza a María Douglas; en realidad, el trabajo de María es improbo físicamente; tiene que cambiarse de ropa, de peinado, tantas veces, que debe caer cada noche rendida; pero quizá por este mismo trabajo físico no puede la señora Douglas, una de nuestras tres mayores actrices (las otras dos son María Tereza Montoya e Isabela Corona, por supuesto), penetrar suficientemente en su personaje, darle toda la hondura que habría podido alcanzar si las escenas no fuesen tan cortadas, tan interrumpidas; María está bien, y hasta muy bien; pero no creemos que este papel sea una de sus mayores creaciones; la sentimos un poco fría, en algunas escenas, y no por culpa de ella, no porque le falten a ella temperamento y pasión para un papel así, sino porque no hay continuidad de emoción en el público mismo, receptor de la emoción de la actriz; entra con la "gola fredda" a casi todas las escenas culminantes de la pieza, pues dos minutos antes estaba en otra escena muy distinta. Eso sí, está siempre muy guapa, y muy bien vestida.

Tan bien como la Douglas están los dos galanes que la acompañan, Carlos Navarro, frío también, pero muy apuesto, y demostrando que es el mejor galán que tiene hoy el teatro mexicano, bien plantado y justo... aunque la obra pedía un poco más de pasión y de comprensión del romanticismo; quizá por querer estar "muy moderno" Carlos a nuestro juicio se ha quedado un poco pálido. José Gálvez en cambio, en un papel impropio de su corta edad, nos enseña más que nunca sus grandes cualidades de actor; una de ellas es la de provocar en el público simpatías o antipatías, a su antojo; es capaz de hacerse querer o de hacerse odiar con la misma fuerza; y si esto ya lo había demostrado antes, estando simpático en unas obras y chocantísimo en otras que así lo requerían, su prueba maravillosa es que en Anna Karenina juega con los sentimientos de los espectadores y les choca a veces y les simpatiza otras, según los matices que va dando a su complicado personaje; agreguemos a esto que dice perfectamente bien (aun cuando comenzamos a notarle una cierta y todavía ligera tendencia a pronunciar nasalmente, como Miguel Ángel Ferriz), que viste con la mayor propiedad, con elegancia, que sabe caminar, que tiene una formidable autoridad escénica. Tal vez abusa en momentos, y, por contraste, porque los otros artistas se le quedan atrás, se ve un poquito exagerado (un poquito teatral; pero... ¿es defecto eso, en el teatro?); para nuestro gusto, es Gálvez el actor que mejor está en la obra, y para él fueron nuestros más ruidosos aplausos.

Cada día nos gusta más Aurora Cortés. ¡Qué magnífica voz, y qué aplomo! Ya estamos ansiando verla en algún papel importante, después de lo bien que la hemos visto sacar algunos papeles complementarios. Graciela Nájera es una mujer hermosa, y bien plantada; pero no creemos que la vistieron adecuadamente esta vez; Claudio Brook tiene un papelito muy inferior a su categoría y a sus cualidades; en cuanto a Firulais, se engenta, por trabajar bajo techo por primera vez; se acompleja y yerra. Otros artistas del reparto cumplen.

Anna Karenina es producción grande, lujosa, importante, que deben ver quienes se interesan por el teatro en México.


Notas

1. El estreno tuvo lugar el 22 de agosto. P. de m. A: Peggy Mitchell.