FICHA TÉCNICA



Título obra La mandrágora

Autoría Nicolás Maquiavelo

Notas de autoría Álvaro Aráuz / traducción

Dirección Seki Sano

Notas de dirección Waldeen / asesoría

Elenco Julio Taboada, Carlos Petrel, Carlos Ancira, Claudio Brook, Rodolfo Valencia, Carmen Sagredo, Lucile Donnay, Olivia Michel

Escenografía David Antón

Vestuario Lucile Donay

Espacios teatrales Teatro del Caballito

Productores Carlos Petrel

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La mandrágora de Nicolás Maquiavelo, dirige Seki Sano]”, en Siempre!, 14 noviembre 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de noviembre de 1956

Columna Teatro

La mandrágora de Nicolás Maquiavelo, dirige Seki Sano

Rafael Solana

¡Qué noche teatral tan grata ofreció el productor Carlos Petrel a los críticos y a los amigos con motivo del estreno, en el Caballito, de La mandrágora!(1) Una de esas noches redondas, en que todo sale a la perfección, y en que se abandona una sala de espectáculos con la más completa complacencia, con el deseo de comentar, de charlar, de elogiar la excelencia de lo que acaba de conocerse.

Cuántas noches los críticos abandonan un teatro como ratas que dejan un barco que se hunde; salen de prisa, escondiéndose, procurando no encontrarse cara a cara con los autores del atentado o con sus cómplices; en esta ocasión, por el contrario, todo el mundo tenía deseos sinceros de felicitar a todo el mundo. Al traductor, al escenógrafo, al empresario, a la diseñadora de los trajes, a todos y a cada uno de los intérpretes.

Puestos a escoger un orden para ir mencionando a los triunfadores de La mandrágora, habría que empezar por Álvaro Aráuz, que fue quien primero concibió la idea de dar vida en un escenario mexicano a esa pieza florentina del Renacimiento, vieja de siglos, pero que Aráuz supo remozar en una traducción llena de gracia y de vuelo lírico, infinitamente mejor que la que han conocido los parisinos, en una versión bastante libre de Jean Vauthier (la estrenó en diciembre de 1952 el Teatro Nacional Popular de Jean Vilar, en el Palacio de Chaillot, bajo la dirección de Gérard Phillipe, que hizo el papel de Calímaco), Aráuz ha hecho una traducción tan hermosa, tan poética, tan inspirada, que parecía esta representación una continuación afortunada de los espectáculos de Poesía en Voz Alta que con enorme acierto ha estado poniendo en el mismo escenario la Universidad; en la misma semana los adictos al teatro habían tenido ocasión de leer otra traducción de Aráuz, la del Don Juan (El convidado de piedra) de Alejandro Pushkin; y no es posible evitar una grave sospecha: la de que Álvaro Aráuz mete en sus traducciones mucho de su cosecha, la de que enmienda la plana (en el buen sentido) a los buenos autores; habría que disponer de versiones originales de La mandrágora y de El convidado de piedra (y saber ruso) para confirmar esta sospecha; pero... ¿estarán realmente en el original florentino giros poéticos tan hermosos como ese de “falso como la cortesía de las aguas que se ceden el paso entre los ojos de un puente” y tantos otros igualmente bellos de que la traducción de Aráuz ha hecho de La mandrágora está sembrada?

La obra de Maquiavelo, al menos en esta versión de Aráuz, no pierde nada de gracia, de frescura, de ligereza, con el transcurso de unos cuantos siglos; es ágil, intencionada, aguda, incisiva... sería raro que fuese la única obra de Maquiavelo que se viese hoy tan joven; sus obras históricas o políticas, y aun las poéticas, resultan hoy duras de tragar; Dell´ arte de la guerra puede recomendarse hoy como un somnífero infalible, y los Discorsi sopra la I deca di Tito Livio sólo pueden aguantarlos los especialistas... la sospecha de que Aráuz moderniza libremente se nos hace a cada momento más aguda; pero si así es, tenemos que agradecérselo; porque lo hace con mucho tino, y sus esfuerzos se ven coronados por un éxito franco.

Inmediatamente después de Arúz, habría que buscar, para felicitarlo, al productor, Carlos Petrel, que reunió elementos excelentes para hacer de esta Mandrágora maquiavélica un triunfo artístico de la mayor distinción. ¿Cuáles son esos elementos? Un magnífico director, Seki Sano, muy discutido (no le perdonan que haya sentado a nuestra emperatriz en el suelo) y tal vez alguna vez, no muy acertado en la dirección de alguna pieza de ambiente mexicano, pero perfectamente atinado esta vez en el movimiento y el tono de una graciosa y comedida farsa (su dirección anterior más parecida a ésta sería la de La fierecilla domada, en que ustedes recuerdan sin duda a María Douglas, a Wolf Rubinskis, y los que tengan mejor memoria, a Leticia Palma); Seki dio una elegancia aballetada a los movimientos (asesorado por Waldeen) y encontró el tono justo para la caracterización nada apayasada, de los personajes, y la agilidad exacta para el ritmo de la acción y de la dicción.

Con Seki Sano triunfa el escenógrafo, David Antón, que últimamente había venido trabajando con una serie de limitaciones, a veces penosas; pero que, en el momento en que le han dejado un poco de espacio libre, ha demostrado plenamente que sabe volar; ha resuelto con desenfado los problemas que le planteaba esta escenografía para una pieza de acciones múltiples y ha dibujado telones que ambientan con muy buen gusto la pieza; Lucile Donnay dibujó con imaginación los trajes, que fueron ejecutados estupendamente; Tardán (ya no recordábamos que existía eso) colaboró con los sombreros; no sabemos si los hizo nuevos o si los sacó de sus archivos, pues es posible que esa firma comercial existiera ya en el Renacimiento.

Los actores... bueno, no es obra para el brillo particular de ningún actor; no hay arias, no hay escenas de bravura; hay conjunto; y el conjunto está muy bien integrado; baste decir que todos obran de perfecto acuerdo, para que la cosa suene tan gratamente como una pequeña y bien concertada orquesta; Petrel tuvo el tino de no darse a sí mismo el papel principal; lo otorgó a Julio Taboada, que le da prestancia, desde físicamente: Petrel se dio el Ligurio, y lo desempeña con acierto, aun cuando esta vez su principal triunfo sea como productor y no como actor; en los papeles de carácter están excelentes Carlos Ancira (que tan exagerado estuvo en La prueba de fuego) y Claudio Brook que hace, de una pieza, un monje muy diferente del que uno había imaginado leyendo la obra, un monje más mefistofélico que rabelesiano, más espiritual que carnal; venciendo las dificultades de su físico (para este papel canallesco) Brook comprueba sus adelantos y su ductilidad; es un actor que sirve para muchas cosas... aunque ciertamente no para todas. Rodolfo Valencia, menos experto y maduro que los otros actores, no desentona entre ellos.

Hay en la obra tres mujeres: Carmen Sagredo, actriz excelente que ya varias veces ha triunfado, Lucile Donnay, que se muestra bella y graciosa, y Olivia Michel, una muy linda y juvenil Lucrecia, perfectamente fresca y adorable; su papel es muy corto y llano y no permite calificar las cualidades de actriz de la chica, que, por esta vez, luce solamente una juventud y una belleza impresionantes.

Para resumir: es La mandrágora, una bellísima obra, admirablemente bien traducida o adaptada, en la que aun las cosas más tremendas y audaces están dichas con palabras tan bellas, con tan buena gracia y con tan fina distinción, que nada suena vulgar ni nada ofende, así se trate de las situaciones atrevidísimas como de las críticas muy severas a la deshonestidad de los monjes renacentistas; y su postura en escena es admirable, y digna de ser por todo el público teatral mexicano aplaudida; es benemérita del teatro de México la empresa que escoge tan alta obra literaria, y la monta con tal decoro artístico, como una lección de buen gusto muy conveniente, y aun necesaria, en estos momentos en que está haciéndose en México un público nuevo para los espectáculos dramáticos.


Notas

1. Aunque el programa de mano no consigna la fecha del estreno, una carta enviada a Seki Sano por el consejero cultural de la embajada de Italia fechada el 27 de octubre nos permite situar el estreno de la obra a fines de octubre. P de m. A: Lucille Donay.