FICHA TÉCNICA



Título obra El gato encerrado

Autoría Carlos Prieto

Dirección Luis G. Basurto

Elenco María Antonieta Rivas, Luis Aragón, Crox Alvarado, Reynaldo Rivera, David Gallardo, Enrique Aguilar

Espacios teatrales Sala Chopin

Productores Lew Riley

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El gato encerrado de Carlos Prieto, dirige Luis G. Basurto]”, en Siempre!, 17 octubre 1956.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de octubre de 1956

Columna Teatro

El gato encerrado de Carlos Prieto, dirige Luis G. Basurto

Rafael Solana

El de Carlos Prieto ya viene siendo un caso parecido al de Alfonso Anaya: ambos autores triunfaron ruidosamente con su primera obra, con la segunda ya no tanto, y en cuanto a la tercera...

El autor de Atentado al pudor, que tan grande éxito tuvo en el teatro Colón, y de Por el ojo de una aguja, que fue bien aceptada en la Sala Chopin (y de A medio camino, que provocó en Bellas Artes comentarios encontrados) ha dado ahora a la escena una pieza policiaca, El gato encerrado, que no ha satisfecho del todo a la crítica, ni posiblemente al público. A un primer acto interesante y sostenido, con caracteres bien delineados y un problema planteado con habilidad, vino un segundo que descorazona un poco, que se desliza con cierta rapidez, en el que abundan las repeticiones y en el que el ritmo no es muy atinado; y finalmente un tercero, en dos partes, que por completo decepciona, y en el que ocurre que precisamente sí sucede lo que en el entreacto la gente pensó que sería increíble que ocurriera (nos pidieron que no dijéramos qué es, para no matar la curiosidad de posibles futuros espectadores); pero es algo que llamó la atención y que pareció ingenioso cuando ocurrió en La mujer del cuadro, que todavía fue soportado por algunos cuando sucedió en Mi marido asesino, pero ya no toleró nadie en Siete gritos en el mar... menos todavía en El gato encerrado, que nos llega después, cuando este recurso, que posiblemente ya ustedes adivinaron, está perfectamente choteado y desprestigiado.

¿Es que tiene prisa Carlos Prieto? ¿Es que no madura bien las cosas? Eso, por lo menos, es lo que suelen decir los críticos a los autores que estrenan con más frecuencia que éxito; y eso parece ser el caso de Prieto, que en A medio camino tenía tanta prisa que estrenó antes de escribir el tercer acto; por eso la obra se quedó donde su nombre indica. Y tal vez algo de lo mismo haya sucedido con El gato encerrado, cuyo tercer acto, francamente flojo, merecería ser reescrito, siquiera hasta quedar a la altura del primero, que es el más sólido y el que tiene mayor enjundia.

Luis G. Basurto, que en una misma semana ha sido autor en un teatro, productor en otro y director en otro más, dirigió esta obra de Prieto en la Sala Chopin, y no pudo lucirse con ella; le pasó un poco lo que a Julián Duprez con la más reciente de Anaya, que no tenía por dónde cogerla; estuvo Luis G. nada más que discreto, correcto y profesional, pero sin lograr ningunos primores, pues no se prestaba a ellos la obra.

El reparto que Basurto reunió, o tal vez lo reunió Lew Riley, el productor debutante, resultaba muy disparejo; al lado de una María Antonieta Rivas, en el mejor momento de su belleza y de su talento, en el pináculo de su carrera, convertida ya en una primera actriz, y de Luis Aragón, que suele brillar cuando los papeles le quedan a la medida, estaban en el programa artistas muy inferiores entre los cuales destaca por la enorme desproporción que existe entre su fama y su mérito el galán de cine Crox Alvarado, bien cotizado en la cinta de plata, pero absolutamente en los primeros peldaños de la carrera como actor teatal; ya lo vimos antes en obras en las que encajó mejor, o en las que se vió menos mal, o por una dirección más cuidadosa (tuvo que ser de romanos) o porque se ajustara más a los papeles; ahora, en El gato encerrado, está francamente mal; no se le haría ningún bien con callarlo; tampoco está bien Reynaldo Rivera, que imprimió la noche del estreno un ritmo muy moroso a su personaje; esa noche el que estuvo mejor fue David Gallardo, en un papel chico; una de las Pipas cumplió discretamente y Enrique Aguilar, que es guapo, aunque no tanto como él cree, no dio a su personaje el colorido que habría podido darle; es uno de esos papeles que Armando Sáenz dibuja (lo tiene en la película El inocente) y también Noé Murayama, ese excelente actor joven, ha hecho muy bien, recientemente, en una obra de Usigli; Aguilar estuvo o tímido, o pálido, o desganado. Le hemos visto muchísimo mejor en otras piezas (en La danza que sueña la tortuga y aun en Cada quien su vida, por ejemplo).

Demos la bienvenida a Lew Riley, productor de televisión, al campo del teatro, que es muy vasto, y en el que le sobrarán oportunidades de avanzar, mejorando ésta su primera producción que ha sido tan completamente satisfactoria como habría sido de desearse.