FICHA TÉCNICA



Título obra Mujeres calumniadas

Autoría Carmen Montejo

Dirección Xavier Rojas

Elenco Tana Lynn, Andrea Palma, Anita Blach, Carmen Montejo

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Mujeres calumniadas de Carmen Montejo, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 16 noviembre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   16 de noviembre de 1955

Columna Teatro

Mujeres calumniadas de Carmen Montejo, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

Cuando por fin se estrenó la obra que desató la nueva ola de represión de la inmoralidad en los teatros, la de Carmen Montejo, la gente tuvo la impresión de que acababa de presenciar una tempestad en un vaso de agua, y la de que las autoridades se habían ahorcado con un cabello; verdaderamente no era para tanto. Estrenada sin todo ese aparato que se volvió publicitario, la obra de la señorita Montejo habría merecido en la crónicas los adjetivos de “atrevidilla”, o “audaz” o “escabrosa”, pero de ninguna manera puede considerársela como piedra de escándalo.

Cierto que toca un tema que los escritores de cine, en su código de autocensura, han desterrado completamente, como han desterrado, para poner otro ejemplo, las drogas heroicas; pero de nada sirve que los autores del cine se impongan esas limitaciones si van a venir los italianos o los franceses a invadir nuestras pantallas con la explotación de esos asuntos. El público se da su buen hartazgo de ellos, y el dinero de las taquillas se va a Europa. Este es un caso, verdaderamente, en que valdría la pena de aplicar aquéllo de “o todos coludos, o todos rabones”.

Y el teatro siempre ha tenido mayor tolerancia que el cine, que es espectáculo de grandes masas; un argumento como el de la obra de la Montejo, se ha visto varias veces en los escenarios y también en las pantallas, y si bien han habido siempre algunas protestas, lo cierto es que nunca se había pasado a mayores.

Una gran parte del público asistente a las representaciones de Mujeres calumniadas(1), es capaz de descubrir el pegote, de darse cuenta, por el rompimiento de la unidad de estilo y del ritmo de la acción, de dónde comienza el parche, y por debajo de las palabras que las actrices pronunciaban pueden leerse, como sobre un papel mal tachado, las que la autora pensaba que deberían pronunciar, y aun así, la obra no llega a ser escalofriante ni molesta. Nada en ella es áspero, ni violento, ni vulgar, por lo que se refiere a las formas de expresión; las cuatro señoritas que aparecen en escena hacen gala de una compostura, una ponderación y una urbanidad que para sí quisiera los explosivos personajes de El deseo, de La isla de las cabras, de Desnúdese señora, y aun los de Cada quien su vida, para citar algunas de las obras que hay en cartel.

El conflicto, tal como lo planteó Carmen, no tenía ninguna solución feliz y sólo podía terminar en catástrofe; véase la ecuación: una señorita adora a su novio; pero también adora a su “mamá” (una falsa mamá; es en realidad sólo una amiga muy cariñosa); pero el novio no quiere ni oír hablar de la mamá. Si la chica se casa y deja a la dizque mamá, tragedia; si no se casa y abandona al novio, drama; si se casa y junta al novio con su falsa suegra, desastre. Entonces interviene un nuevo elemento; el novio mete chisme; ¿qué es más fácil, que la niña deje de querer a la señora, porque se trague esa intriga, o que deje de querer al novio, por chismoso? Fluctuando entre esas dos soluciones Carmen escogía la segunda, pero Fernández Bustamante prefirió la primera; en eso estuvo toda la dificultad.

Por otra parte, contra lo que hubiera podido esperarse, la obra resultó bastante bien escrita; no estamos pidiendo el Premio Nobel para Carmen Montejo ni estamos asentando que ya desbancó a Usigli; pero desde luego está la pieza mejor construida y mejor redactada que muchas obritas que nos llegan de París o de por ahí con fama de haber alcanzado éxito; ni se hace pesada ni aburrida en ningún momento, ni es reiterativa, ni confusa; los cuatro únicos personajes están muy bien caracterizados, cada uno con una personalidad propia; las entradas y salidas se justifican; hay cierta gracia en el diálogo; hay ponderación, equilibrio, en el planteo de las situaciones; nada hay en la pieza que denuncie a una escritora primeriza. Carmen Montejo maneja el diálogo escénico con soltura y acierto que para sí quisieran algunos que presumen de autores.

Si esta obra no fue nada más un desahogo de Carmen, si no fue un mero producto de circunstancias, sino es el primer peldaño de una carrera dramática, hay motivos para esperar que la Muñeca Sánchez llegue a cotizarse como una buena comediógrafa, capaz de interesar al público y de satisfacer a la crítica. La interpretación de la obra nos dio otra grata sorpresa; la de ver a Tana Lynn convertida en una estrella; el nombre de esta bella actriz parecía un poco fuera de lugar en un pas de quatre con tres artistas tan fogueadas como Andrea Palma que lleva 25 años de ser cabeza de león; Anita Blanch que lleva 30, o Carmen Montejo, que aunque es mucho más joven que las otras dos, desde chica ha ocupado un estrellato teatral o fílmico al que le dan derecho su temperamento y su talento. Pues bien: Tana Lynn, a quien hasta hoy vimos siempre en segundas partes, o de estrella con repartos modestos, se pone a la altura de sus tres compañeras, esta vez sin siquiera procurar lucir su notable belleza, sino, por el contrario, ocultándola, para dejar toda la responsabilidad del triunfo a su actuación. Un triunfo completo.

Ni qué decir acerca de las otras. La Montejo, como autora de la obra, se sirvió con la cuchara grande las mejores escenas y las saca con mucha emoción y con muy buena escuela; Anita, en el papel más difícil, aparece ponderada y sobria, justa, exacta, dueña de un gran dominio de la escena; Andrea está verdaderamente encantadora en su personaje, al que salpimentó con una bien medida comicidad de buena ley, para hacerlo el más amable del cuarteto.

La escenografía de Toño López Mancera, dispareja; buenos los muebles, si bien un tanto hambrunos; pero espantosa la puerta. Valdría la pena de cambiarla, porque desentona mucho.

La dirección de Xavier Rojas, tan buena que no se ve. Esta condición cristalina debiera ser un desiderátum para los directores, que a veces abusan y se dejan ver demasiado. Entonces estorban.


Notas

1. Que se representó en la sala Chopin. Xavier Rojas medio siglo en la escena. p. 152.