FICHA TÉCNICA



Título obra Anna Christie

Autoría Eugenio O’Neill

Dirección Tulio Demicheli

Elenco Silvia Pinal, Felipe Montoya, Maruja Grifell, Wolf Rubinskis

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de Silvia Pinal en Anna Christie de Eugene O'Neill]”, en Siempre!, 21 octubre 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de octubre de 1955

Columna Teatro

Gran actuación de Silvia Pinal en Anna Christie de Eugene O'Neill

Rafael Solana

Muy anunciada, y esperada con gran curiosidad, la reaparición en el teatro de Silvia Pinal. La carrera que esta chica está haciendo en el cine es meteórica; de película en película ha ido dando saltos que la llevaron en forma rapidísima de “carita mona y nueva” a un auténtico y sólido estrellato; correspondientemente, tenía que suponerse que también en el teatro sus adelantos fuesen formidables; la recordamos gris y muy incipiente en Historia de una escalera, graciosa en Un cuarto para vivir, muy guapa en La sed pero pasados los meses venía ahora a atreverse con un papel que era una especie de prueba, de examen, de alternativa; un papel que, el que más, el que menos, los espectadores han visto a otras actrices, algunas de ellas eminentísimas (Greta Garbo, para no citar muchas); y se provocó una enorme expectación en el ambiente teatral; ¿efectivamente está Silvia madura ya para pruebas tan severas, o sería solamente una audacia, una equivocación, de una chica ilusa y precipitada?

La sala, la noche del estreno de prensa, estaba llena de la mejor gente; la crítica, los grandes actores, las famosas actrices; gente de buena voluntad, que quiere a Silvia y le desea el mayor bien; pero que no se iba a dejar dar coba, a la que no se podría equivocar, y que sabría inmediatamente poner las cosas en su sitio.

Comenzó la obra con un buen decorado de Antonio López Mancera, que es hoy ajonjolí de todos los moles en la misma acaparadora proporción en que su maestro Julio Prieto lo fue hasta hace poco; pronto empezaron a cobrar recios perfiles las actuaciones de Felipe Montoya y Maruja Grifell, dos maestros; la verdad es que los dos están estupendos, y que si Felipe se mantiene a lo largo de toda la obra magistral, Maruja, que sólo actúa en el primer acto, borda su personaje hasta hacer de él una verdadera creación. Está soberbia.

En ese ambiente entró a escena Silvia; sonaron unos aplausos tímidos muy pocos; la mayor parte de la gente prefirió esperar a aplaudir más tarde, si era el caso; en realidad sólo se recibe con ovaciones a quienes tienen una larga historia de triunfos; Silvia no la tiene; está comenzando a hacérsela.

La verdad de las cosas, Silvia nos pareció tibia en el primer acto; demasiado preocupada por mantenerse en equilibrio al extremo de aquellos increíbles tacones, maquillada con una discreción que mucho favorece a su belleza juvenil, vestida prudentemente; no sacó la P en la frente; no se podía leer su historia de un vistazo, como la lee el cantinero, ¿pensó Silvia que era muy moderno salir así de modestita? Pues la obra no es moderna; la obra es de hace muchísimos años, y pide una actuación menos rebajada; la actuación de la Grifell, de Montoya, que estuvieron a la medida, ajustadísimos.

Pero, después de unos aplausos amables, vino el segundo acto. Y entonces la Pinal dio de sí; es posible que haya concentrado todo su esfuerzo artístico en ese acto; y haya descuidado el primero, al que todavía está a tiempo de dar mayor intensidad, mayor teatralidad; que es muy obediente de su director se notó en que algunas frases las pronunció en argentino; cerraba uno los ojos, y creía que hablaba Herminia Llorente; sin tacones (eran como unos inmensos coturnos) todo le salió mejor; y a una escena intensa y espectacular le sacó todo el partido posible; los aplausos del segundo acto no fueron ya ni de amistad ni de cortesía; fueron sinceros, fueron apasionados; hubo algunos ¡bravos! Y ya la Pinal puede decir que ha alcanzado el rango de las actrices, y que su nombre puede inscribirse, en la historia de nuestro teatro, al final de una lista en la que están la Fábregas, Dora Vila, las Martínez, doña Prudencia, la Montoya, Virginia Manzano, Isabela Corona y María Douglas.

La obra parece hoy algo anticuada; los grandes efectos de novedad y modernidad que pudo tener en los días de su estreno se agotaron, y no es una obra eterna; la gente irá a verla no por O`Neill, sino por Silvia Pinal, y por los artistas que la rodean; hay que agregar a Wolf Rubinskis, excelente actor, magnífico en su parte, si bien con una marcada tendencia a expresarse con intensidad solamente a gritos; todavía no sabe distinguir la diferencia entre levantar el tono y levantar el volumen de su sonora voz. Pero también él hace, con Montoya y con Maruja, un magnífico cuadro para el triunfo de Pinal, que no es de ella sola, sino del grupo. Al final de la representación el director, Tulio Demicheli, compartió los aplausos; movió la escena con ponderación y acierto, y sacó buen partido de los actores.

Después de atreverse con Anna Christie ya puede Silvia Pinal atreverse a todo. Ha recibido el espaldarazo. Y podemos asegurar que estará todavía mejor que en esta obra en otras menos pasadas de moda, y a las que su personalidad se ajuste más; seguimos creyendo que, si puede hacer, y bien, lo trágico, sus más grandes triunfos los encontrará en lo amable, en los papeles en que pueda lucir mejor su belleza, su juventud y su elegancia, su gracia de mujer encantadora, además de aventajada y temperamental actriz, ahora que es ambas cosas.