FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del autor sobre el personaje Don Juan Tenorio

Referencia Armando de Maria y Campos, “Cuna y fuentes del Don Juan Tenorio”, en Novedades, 24 octubre 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Cuna y fuentes del Don Juan Tenorio

Armando de Maria y Campos

Noviembre lo trae y noviembre se lo lleva. Aparece, cuando muy pronto, el 31 de octubre –este año encarnado por un excelente actor español: Armando Calvo–, pero sus días de visita son el 1 y el 2 de noviembre. Por lo tarde y por la noche, pasea su capa encarnada, su audacia y su fanfarronería, sus desplantes impíos y sus arrepentimientos cristianos, a la luz de las candilejas.

Tanto se ha dicho de don Juan, el turbulento y atolondrado burlador sevillano; ha sido tan traído y tan llevado cuanto hace referencia a sus hechos, a sus aventuras y sus galanteos, que casi nada puede agregarse con visos de novedad. Y, sin embargo, cuanto del famoso personaje se ha dicho, adquiere renovada actualidad y aun novedad, cada año; y entre más viejo sea lo que se le recuerde, más sirve a la tradición. Puesto que la tradición lo exige, consagremos unas líneas al impenitente galanteador, antes de que se le escape de las manos el cetro de la actualidad.

Cada año aparece un nuevo estudio sobre don Juan. El más reciente y completo, es el que le ha dedicado en Buenos Aires, Jacinto Grau, al frente del volumen titulado Don Juan en el drama, que recoge las creaciones dramáticas que abordan la leyenda de don Juan, en forma más representativa, desde la obra de Tirso de Molina, hasta la del francés Rostand, con la sola excepción del melodrama de Shadwell El libertino, el don Juan inglés. Con ser magnífico el trabajo, no supera lo escrito sobre el apasionante tema por Víctor Said Armesto, Cristóbal de Castro, Marañón, Menéndez Pidal, Ramírez Tomé, Bonmati de Codecido, etc., y, como siempre, sale maltrecho y carga, él solo, las culpas de tantos don Juanes como en el mundo y en las letras han sido. O, sí no, vamos a verlo, partiendo desde su origen y siguiendo a lo largo de la literatura –a veces con las mismas palabras de Menéndez Pidal, de Ramirez Tomé, de Rodríguez Marín, del doctor Marañón– y del arte, la fulgurante estirpe de los "Don Juanes" más traídos y más llevados por sus licenciosas costumbres.

La identidad de un apellido, hizo que Dumas (Sr.) oyese campanas y confundiese a Mateo Vázquez de Leca, convertido después de su juventud borrascosa, en el arrepentido arcediano de Carmona, con el virtuoso varón don Miguel Mañara y Vicentelo de Leca.

Aunque éste no había nacido cuando Tirso escribió El burlador de Sevilla, la exuberante imaginación del novelista francés lo consideró como el modelo que inspiró a fray Gabriel Téllez, sin duda por haber trabucado las fechas y por no haber dado recta interpretación a la lápida que Mañara ordenó grabar en su sepulcro de la Santa Caridad, en Sevilla.

"Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él".

Cuando Tirso estuvo en Sevilla, hacia el 1616, se hablaba mucho de la vida ejemplar y antes turbulenta, de Vázquez de Leca y del Cristo que para su edificación hizo esculpir a Martínez Montañés, joya artística que se conserva en la Catedral hispalense y acerca de la cual existe un precioso trabajo de Rodríguez Marín.

Sin incluir las producciones en las que como pretexto o de pasada se evoca la figura de don Juan, existe un extenso catálogo de obras que se basan de un modo fundamental en la leyenda. Las del teatro, dramáticas o líricas, son treinta; siete los poemas, una novela y –¿por qué no mencionarlo también?– seis producciones cinematográficas. Y entre los autores, de diversas épocas y géneros, que han seguido las huellas de Tirso de Molina, figuran: Calderón, Sukling, Molière, Dumesnil, Cornielle (Tomás), Sadwell, Zamora, Goldoni, Gluck, Mozart, Dumas (padre), Próspero Mallefille, Zorrilla, Schneible, Wiese, Heltel, Armando Hayen, Estanislao Rzewuski, Haracourt, Lord Byron, Espronceda, Fernández y González, Guerra Junqueiro y Campoamor, aparte de algunos que no se citan.

Siempre ha atraído a los escritores la figura de don Juan, dedicándole detenidos estudios, pocas veces atinados y casi siempre pedantes con tendencia a sacar las cosas de quicio. De un valor sobresaliente es el de don Francisco Pi y Margall, temperamento artístico por excelencia, quien con estilo sobrio y frase concisa, analizó acertadamente la obra de Tirso de Molina, comparándola con las de Molière, Zamora, Byron, Dumas y Zorrilla.

El don Juan de Tirso de Molina es un gallardo mancebo que se complace en ganar el corazón de las mujeres, las abandona en cuanto logró engañarlas y vuela de flor en flor, como la mariposa. No es un hombre de pasiones, ni ama ni odia. No conoce más que un amor: el amor propio.

No es matón ni pendenciero, no usa la espada si no es en su defensa. Miente y engaña, pero con el solo objeto de cautivar mujeres, rara vez con el de atenuar sus faltas ni excusar un lance.

No es un impío. Cree en Dios y en la inmortalidad del espíritu, en el cielo y en el infierno.

Molière comprendió mal el personaje y lo desfiguró, con ser poeta de primer orden. Su don Juan es contradictorio y falso. Le quitó hasta ese aire particular del hidalgo que considera indigno esquivar los peligros, y ni como seductor puede compararse con el de Tirso. En el trato con su padre llega a una grosería a todas luces antiestética.

Don Antonio Zamora, en el siglo XVIII, falseó también a don Juan Tenorio; aunque no tanto como el poeta de Luis XIV. Trátase de un ser abrutado, que no vacila en recurrir a la violencia para satisfacer sus torpes apetitos. Es díscolo, pendenciero, jactancioso, exagerado y despreciable.

No parece sino que Byron se propuso hacer el reverso de don Juan de Zamor. Es el que menos dista de Tirso.

El don Juan de Alejandro Dumas es más grave y sombrío que el de Molière y más bello que el de Zamora. Es arrebatado, violento, rápido en todas sus empresas. El de Tirso es un seductor alegre y bello; el de Dumas, un tentador fosco y terrible; aquél no va en busca del oro y la fortuna ni desea, como el de Molière, la muerte de su padre para heredarle; éste, para adquirir los bienes paternos, no retrocede ante el asesinato.

El don Juan de Zorrilla no se sabe si es creyente o escéptico. Con doña Inés y don Gonzalo habla de Dios, del cielo, de su propia salvación; y a Centellas y Avellaneda les declara que jamás creyó en otra vida ni conoce más gloria que la del mundo.

Es verdaderamente lastimosa su conducta, desde que entra en el panteón. Atribuye a fascinación lo que por sus ojos ha visto, se recobra, hace nuevos alardes contra los muertos y acaba convidando a cenar a la estatua de don Gonzalo. Este don Juan no siempre mata en riña, ni siempre con la espada. Zorrilla, como Dumas, quiso dar a su drama un tinte religioso, y le convino hacer llegar al diablo a las puertas del cielo; sacrificio a su pensamiento teológico la unidad de carácter de su protagonista.

"Don Juan Tenorio es un tipo esencialmente dramático –termina diciendo Pi y Margall–, porque en él se resume y personifica el hombre. Los hombres, digan lo que digan ciertos filósofos, somos un eterno dualismo. Somos naturaleza por el cuerpo, Dios por el espíritu. Don Juan es a la vez, por su desenfrenado dualismo, el hombre materia; por su rebelión contra todo lo que le detiene, el hombre espíritu, que todo lo ataja y lo arrostra y desafía lo desconocido, como el ángel rebelde a Jehová".

Es un representativo de la especie don Juan, porque se da bajo todo los climas, amador que no pudo amar y que integra, con Casanova, Werther y Amiel, el grupo de personajes más interesantes e importantes de la historia del amor.