FICHA TÉCNICA



Título obra Un minuto de parada

Autoría Marcel Achard

Notas de autoría Pilar Sanz y León Barroso / traducción

Elenco Joaquín Pardavé, Prudencia Grifell, Carolina Barret, Aurora Molina, Xavier Loyá, León Barroso, Lucy González

Espacios teatrales Teatro Sullivan

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Inauguración del teatro Sullivan con Un minuto de parada de Marcel Achard]”, en Siempre!, 18 mayo 1955.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de mayo de 1955

Columna Teatro

Inauguración del teatro Sullivan con Un minuto de parada de Marcel Achard

Rafael Solana

Dicen que dijo don Joaquín Pardavé: “Que me traigan los autores mexicanos comedias, pero que sean buenas, y las pondré”.

Con el mismo derecho los autores mexicanos podrán decir “Que nos vengan a pedir los actores, pero que sean buenos, nuestras comedias, y se las daremos”.

Porque la misma autoridad que hay que reconocer a Joaquín Pardavé para decir cuáles comedias son buenas y cuáles no, habrá que reconocerles a los autores (la mitad de ellos son además críticos), para declarar cuáles actores son buenos y cuáles son malos.

Y entonces cada quien se quedará en su casa esperando a que vayan a buscarlo, y ni Pardavé pondrá nunca comedias mexicanas en su teatro de Sullivan ni los autores mexicanos entregarán sus comedias a Pardavé, sino las estrenarán en otros teatros, de donde se las piden.

Pardavé no conoce autores mexicanos, ni comedias mexicanas. Qué mala suerte.

Posiblemente los autores mexicanos no conozcan a Pardavé, todo cabe en lo posible. Y entonces las comedias de esos autores, algunas de las cuales ha resultado que sí son buenas, aunque don Joaquín lo ponga en deuda.

La obrilla francesa que don Joaquín Pardavé prefirió aceptar, antes que tomarse la molestia de leer alguna mexicana, es Un minuto de parada, de Marcel Achard, ¡Qué piececilla lamentable! De verdadera lástima ver el talento de don Joaquín, el enorme de doña Prudencia, el muy estimable de Carolina Barret, el muy prometedor de Aurora Molina, el previsible de Xavier Loyá desperdiciados todos en personajes de papel, en situaciones chocarreras, en bromas, o vulgares o, en el mejor de los casos, insípidas.

Don Joaquín ha hecho un plausible esfuerzo al abrir un teatro popular(1), de mediano cupo (casi diríamos amplio, con relación a las proporciones de hoy), y espléndidamente situado en el Broadway de México, en torno a la antigua estación de Colonia, sitio que ha venido a adquirir una extraordinaria animación teatral. Ha conjugado una compañía excelente, profesional, con varias figuras destacadas, que le hacen a la suya magnífico marco; pero, verdaderamente, no supo escoger la pieza. Él está mucho, pero mucho por encima de ese Cornelio, desabrido, corriente, que Marcel Achard trazó, y que en la traducción de Pilar Sanz y León Barroso, plagada de idiotismos y lugares comunes, se hace todavía más plebeyo. No menos de siete veces en unos cuantos minutos dicen los personajes “nunca me hagan eso”, modismo barriotero que parece estar de moda en la familia Burrón o en algún otro sitio igualmente populachero; suponemos que eso no puede atribuirse al señor Achard, sino a los traductores, y al director de escena, que lo toleró; es muy posible que la primera vez, o la segunda, la expresión arranque alguna risotada... ¡pero la séptima!

Por supuesto que si don Joaquín Pardavé hubiese considerado indignas de su atención las comedias de los autores mexicanos para poder poner Cyrano, o Topacio, o Knock, o Liliom, habría habido que guardar un respetuoso silencio; pero si los ignoró para escoger Un minuto de parada, se hace necesario decirle: “Pero, hombre, don Joaquín... ¡no hay derecho!”

Él brinca, salta, baila, se retuerce, ríe, llora y consuma los más laudables esfuerzos para lucirse y para divertir a su público; y efectivamente, consigue hacerle cosquillas y arrancarles risas; pero nada de eso logra dar alguna consistencia al personaje, que, como todos los demás de la comedia, es de cartoncillo. Tampoco doña Prudencia tiene de dónde agarrarse; la Barret, tan buena actriz, no tiene nada qué hacer; Aurora Molina lo gasta todo en corretear por la escena, desperdiciando las naturales aptitudes que la llevaron a ganar un premio el año pasado, y a Xavier Loyá le fue puesto su papel en clown de circo.

El que se sirvió con la cuchara grande fue el traductor León Barroso, que se quedó con el personaje de más sustancia, al grado de que en momentos hace sombra al propio Pardavé; su “Frañol” es el personaje cómico con mejores asideros: la lindísima Lucy González, capacitada para mayores empresas, tuvo que conformarse con una criada insignificante, en la que casi nadie se fija.

Don Joaquín va comenzando su temporada, que ojalá sea larga; está apenas atrayéndose a su público y enseñándole el camino de ese nuevo teatro, que sea bienvenido a la vida farandulera de esta metrópoli; pero sería de desearse que para su segunda pieza pensara en algo menos vacío y menos vulgar, que ese Minuto de parada que con tan mal tino escogió para debutar. No queremos que haga Hamlet, ni dramones ibsenianos; ya sabemos que su cuerda es lo ligero, lo cómico, pero aun entre eso hay categorías y Un minuto de parada pertenece a la última de todas ellas.


Notas

1. Ubicado en el número 25 de la calle de Sullivan, se inauguró el mismo día que el de La Comedia, es decir, el 29 de Abril, ubicado uno frente al otro. P. de m. A: Familia Solana.