FICHA TÉCNICA



Título obra Demonios

Autoría Lars Norén

Dirección Jorge A. Vargas

Elenco Arturo Ríos, Laura Almela, Alicia Laguna, Mauricio Jiménez

Escenografía Edyta Rzewuska

Grupos y compañías Teatro Línea de Sombra

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “De Demonios y despedidas (II y último)”, en Proceso, 27 julio 2003, p. 68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

De Demonios y despedidas (II y último)

Rodolfo Obregón

Amén de la violencia incontenida del primer acto de Demonios, y las deliberadas rupturas de una idea realista de su puesta en escena, todo parecería indicar que nos hayamos nuevamente frente a los muy nórdicos, helados infiernos de la vida en común.

A la mitad de la larga obra, la distancia del espectador local con los abismos cultivados por los personajes, su capacidad de angustia y autotormento, parece irreversible. Efecto al que contribuye una cierta frialdad actoral, independiente del eficiente equilibrio del elenco (Arturo Ríos, Laura Almela y la doble sorpresa de Alicia Laguna y Mauricio Jiménez).

El segundo acto, sin embargo, viene a desmentir la peregrina idea de que nos hayamos frente a un drama más sobre la destrucción de la pareja y a poner en crisis los cómodos prejuicios del espectador cultivado.

Como una auténtica eclosión, el espléndido espacio diseñado por Edyta Rzewuska se proyecta hasta el fondo del Teatro El Galeón, los restos de habitaciones, urbanidad, confort, se reducen a deshechos de una vida supuestamente civilizada. El mundo liberado de los instintos habita el espacio.

Como liberado también de la férula racional, el apasionado equipo de actores se permite el salto al vacío de su emotividad, y en una extraordinaria escena, en que el personaje de Frank riega las cenizas de su madre y luego intenta reunirlas en sus lujosos zapatos italianos, el actor que es Arturo Ríos consigue poner de punta los pelos del espectador, mismos que permanecerá así hasta el final de la velada.

La exactitud de la puesta en escena de Jorge A. Vargas, su selecta fisicalidad y sus espléndidas imágenes, se agradecen con un respetuoso silencio que permite digerir la experiencia antes de aplaudir a sus actores (una costumbre más del teatro que habría que someter a un riguroso juicio).

Así pues, Demonios de Lars Norén, puesta en escena por Teatro Línea de Sombra, es una muestra de la madurez del equipo que lo conforma y, visto junto con Galería de moribundos, una prueba contundente de la identidad artística del grupo.

La convivencia de ambas obras en El Galeón, y el programa de mano que las acompaña, indican que algo comienza a moverse en nuestro teatro; cuando menos en la idea de Enrique Singer de estimular estas identidades, asociarlas con repertorios y espacios específicos, recobrar el trabajo de grupos y compañías forzosamente ligados al concepto de dirección artística (desde luego, con una distancia histórica que no ignora el fracaso de las utopías comunitarias).

Es ese un concepto por el que me he batido constantemente desde esta columna, tanto como por sostener –pese a las irritaciones naturales que esto provoca– un rechazo tajante frente a un teatro hecho rutina por quienes nada tienen que decir.

Pese a la legítima necesidad de mirar al teatro desde una perspectiva que rebase la mera acumulación de obras, la excesiva insistencia en estos puntos puede resultar fastidiosa para el lector. Es hora pues de guardar temporalmente al demonio de la crítica y, una vez elaborado el minucioso recuento de los daños, dar rienda a otras formas de ejercer el noble oficio de pensar el teatro.