FICHA TÉCNICA



Título obra Demonios

Autoría Lars Norén

Dirección Jorge A. Vargas

Elenco Arturo Ríos, Laura Almela, Alicia Laguna, Mauricio Jiménez

Escenografía Edyta Rzewuska

Grupos y compañías Teatro Línea de Sombra

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “De Demonios y despedidas (I)”, en Proceso, 20 julio 2003, p. 65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

De Demonios y despedidas (I)

Rodolfo Obregón

– “¿Cuándo volverá a escribir sobre teatro?”, me preguntó irónicamente respetuosa una ex alumna hace dos o tres semanas.

– “Cuando lo haya”, respondí.

La mutua provocación, entre bromas y veras, me obligó a revisar la idea de Franco Quadri que, a principios de año, cité aquí como programa personal: cuando el teatro local se vuelve rutinario, el crítico debe romper las fronteras del país y del lenguaje artístico de su especialidad; entonces el crítico salta del cabuz y se adelanta a la atascada maquinaria señalando posibles derroteros.

Pero el cariñoso diálogo funcionó también como invocación, pues pasados unos pocos días, el teatro reaparece. Demonios de Lars Norén, puesta en escena por Teatro Línea de Sombra para conmemorar sus diez años de existencia, se nos presenta como un señor trabajo.

Lo primero que salta a la vista es la magnitud de la empresa: una realización sin concesiones, cuidada en todos sus rubros, con un equipo actoral sorprendentemente equilibrado, para dar cuenta de una obra tan difícil como atrayente, tan revulsiva como misteriosa.

En la tónica de Munich-Atenas (del mismo autor) y El censor (prácticamente con el mismo reparto), Jorge A. Vargas vuelve, después de su rencuentro y revisión del espectáculo basado en las imágenes y el lenguaje corporal (Galería de moribundos), a la teatralidad que se sustenta en los contenidos emocionales del drama.

Es éste hasta hoy un oscilar continuo del director que, como me lo sugirió Ileana Diéguez, remite a su colaboración artística con Luis de Tavira, marcado a su vez por periódicas oscilaciones; y que en el plano más amplio –añade Ileana–, recuerda la relación de Stanislavski y Meyerhold: maestro y alumno, creadores a cuál más y antípodas de la puesta en escena.

Demonios, sin embargo, marca una madurez y la claridad de una voz propia en Jorge A. Vargas. La aproximación al pantanoso terreno de las emociones realistas, sustentadas obviamente en el olvidado arte del actor, no desdeña sus conquistas del lenguaje espectacular, el apoyo en una fisicalidad que materializa mundos internos, sus anteriores exploraciones en territorios insondables desde la lógica racional.

La obra de Lars Norén se presenta entonces como el vehículo idóneo para tal síntesis, pues el autor, hijo de Bergman y nieto de Strindberg, parecería combinar en la atractiva excesividad de este texto los universos de Señorita Julia y la Sonata de los espectros, el mundo doméstico de Escenas de un matrimonio y la compulsión fantástica de Fanny y Alexander.

Sobre las tablas del Teatro el Galeón, la imagen realista de un elegante departamento nórdico permite entrever los tormentosos cimientos del confort. En la cocina, el baño, la recámara, ocultos parcialmente al espectador, el latido de los relojes funciona como una bomba de tiempo.

Sin embargo, y a diferencia del realismo chejoviano, aquí los personajes no hacen mucho por ocultar impulsos e intenciones, mientras el director evidencia también la condición del espacio por medio del video. Si Katarina arroja despreocupadamente las cenizas sobre la impecable duela, el director anticipa la catástrofe dislocando los tiempos de la acción, irrumpiendo con proyecciones, sonidos, efectos, que destrozan toda connotación ilusionista.

Los demonios no disimulan su presencia…