FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre la comedia del arte y su influencia en algunos autores europeos

Referencia Rodolfo Obregón, “El espíritu de Arlequín”, en Proceso, 29 junio 2003, pp. 71-72.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El espíritu de Arlequín

Rodolfo Obregón

El Festival de Verano de la Filmoteca presenta, en algunas salas de la ciudad, la cinta francesa Quién sabe (Va Savoir). Amén de la calidad del filme, que corresponde a mi vecino de columna evaluar, en su trama quedan esbozadas las relaciones de Francia con el teatro italiano.

Una compañía italiana representa en París Comme tu mi vuoi de Luigi Pirandello, protagonizada por una actriz francesa, mientras el director busca afanosamente en bibliotecas y entre los coleccionistas, una supuesta comedia inédita de Carlo Goldoni.

En efecto, las últimas obras del comediógrafo veneciano fueron escritas en París, donde murió arruinado por la Convención que retiró la pensión vitalicia otorgada por el Rey. Ahí, exiliado, lejos de su patria y su lengua, continuó su reforma de un arte que –a su entender– se hallaba en decadencia dados los excesos de los comediantes.

Sin embargo, durante todo el siglo XVIII la capital francesa estuvo plagada por compañías de cómicos dell’arte, por lo que Goldoni no extrañó a sus paisanos actores, a quienes, a pesar de las arengas paternales, sabía responsables de su propio prestigio: “La reputación de un autor depende a menudo de la ejecución de los actores. Y no es el caso disimular esta verdad: tenemos necesidad los unos de los otros; debemos por ello amarnos y estimarnos recíprocamente, servatis servandis”.

Contrario a la idea moralizante de la comedia, que los franceses extrapolaron (una vez más) de Aristóteles: castigat ridendo mores, la escritura de Goldoni transitó del homenaje al teatro que deseaba combatir hacia una visión tragicómica que (como se deduce de los dos enfoques planteados por “el padre de todos los que saben”) mira al hombre tal y como es.

Cercana, por ende, a la visión chejoviana que de algún modo anticipa, la mirada de Goldoni hurga en las pequeñas vidas de la gente y si acaso subraya cómicamente sus defectos, no lo hace para corregir, sino para aceptar benévolamente la falibilidad de la naturaleza humana. Un sentimiento típicamente italiano que podría acompañarse con un gesto de las manos que se abren, mientras los hombros se elevan restándole importancia.

Veinte años más joven que Goldoni, Pierre Carlet, a la postre conocido como Marivaux, compartió con su colega italiano la gozosa influencia de la commedia dell’arte. De hecho, buena parte de su obra fue estrenada en el teatro que las compañías italianas mantenían en el corazón del reino francés.

En el caso de Marivaux, quien estuvo a la mesa y discutió sus ideas con Voltaire, Montesquieu, Diderot y Rousseau, la influencia de la comedia all'improvisso y de los tipos que a ella se asocian, funciona como un contrapeso de humanidad en una sociedad cuyas absurdas convenciones y códigos alejan al individuo de toda respuesta auténtica.

Tal es el papel, sin menoscabo del valor estrictamente teatral, de los arlequines y colombinas en tantas de sus obras, como Arlequin poli par l’amour, La surprise de l’amour, La double inconstance, Le prince travesti, y, sobre todo, La isla de los esclavos, una hermosísima parábola del poder transformador del teatro y de la utopía social. En ese “curso de humanidad” que constituye la trama de la obra, en esa “clínica de la razón” (como llama Bernard Dort a la metafórica isla), el espíritu italiano representa la razón natural que ha de devolver a una sociedad alambicada y artificial, un arma esencial: la lógica de sus sentimientos elementales.