FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Dónde están las mariposas?

Autoría Marco Pétriz

Dirección Marco Pétriz

Elenco Gabriela Martínez

Escenografía Philippe Amand

Espacios teatrales Casa del Faldón

Referencia Rodolfo Obregón, “De rancho a rancho”, en Proceso, 22 junio 2003, pp. 65 y 67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

De rancho a rancho

Rodolfo Obregón

…Y mientras “acá en el Teatro Grande” se cerraba la puerta que ha de comunicar al rancho con el mundo, que ha de poner los cimientos del arte trasnacional, los sufridos trabajadores de la escena continuaban su milagroso bregar para obtener frutos de la tierra estéril.

En las parcelas queretanas, donde moran criaturas por demás extrañas, un dramaturgo excepcional (Proceso 1304) se pudre de rabia al ver su ya amplia producción condenada a las limitaciones de los teatristas locales.

Flor más bella del ejido de Tierra Adentro, de nada le sirven sus títulos: cuatro premios nacionales de dramaturgia ensartados al hilo (tuvo incluso que rechazar el más mentado), siete obras cortas y apuntes para una teoría escritos con una beca con que otros parasitan al erario durante todo un año.

¿Para qué entonces las becas? ¿Para qué los premios que abundan (¿acaso alguien sabe cuántos hay y de a cuánto?) y permiten vivir de ellos a algunos cultores de las letras de temporal, viles letristas de cambio? Lo digo con los pelos de la burra en la mano.

El caso de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio no es, en este sentido –y sólo en éste–, excepcional (¿acaso no murió Antonio González Caballero en el más absoluto de los olvidos?). Multilaureado escritor e ignorado teatrero cuya poética dramática evoluciona de la abundancia valleinclanesca al despojo y la rabia beckettianas. Ahí permanece petrificado, sentado bajo el acueducto, mirando al horizonte y royéndose los puños.

Por desgracia, las sales queretanas tampoco le sentaron bien a otro trabajador recio, curtido en la labor de la escena, quien se aisló en su casa de la risa acompañado por actores, como él, tránsfugas de otros parajes.

Demasiados desarraigos condenaron la creación de Marco Pétriz, ¿Dónde están las mariposas? Los suelos de Querétaro nada tienen que ver con su natal Tehuantepec, la psiquiatría con la materia explorada en montajes memorables como La llorona o En la sombra del viento. Su método de trabajo, que había ido siempre de la realización al texto, no resulta igual que escribir el texto (¡sí, señor, él también ha sido becario!) y luego verse condenado a escenificarlo.

Ese es el punto más débil de la obra que se representa en la bella Casa del Faldón, una dramaturgia que al insistir tanto en lo real se torna inverosímil, que al acentuar excesivamente la diferencia entre los personajes (la loca iluminada y su loquero poseído) cae sin remedio en el maniqueo melodrama.

Puesta de transición, el recorrido por los laberintos de la esquizofrenia arrastra un prólogo escénico que es el pasado del director: una sucesión de imágenes orgánicas (un interno atado a su cruz deambula por los largos pasillos de la casa, una interna se baña desnuda en una tina, alguien más cura con las gotas de agua recogidas bajo la lluvia).

Y luego, el intento naturalista de encerrar al público en la cámara reservada a los psiquiatras. Aislada a mitad de un patio, la escenografía-ambientación de Philippe Amand se convierte inevitablemente en un teatro frontal y plantea un interesante problema de percepción. Si el naturalismo inventó la metafórica cuarta pared, ¿es necesario materializarla? El vidrio que separa a los pacientes de sus espectadores y el obligado empleo de micrófonos, van aislando poco a poco a los actores y, pese a la honestidad y arrojo de Gabriela Martínez, nos hacen indiferentes a sus sufrimientos.

Y pese a todo, la escenificación de Pétriz queda como un mojón de marca en los territorios queretanos por el valor del intento, por los riesgos que asume, por la fuerza con que se ataca.

Ahí están pues dos teatreros condenados a su suerte, empeñados, pese a la sequía, en tirar para adelante, en la ingrata labor de comunicar al rancho con el rancho.