FICHA TÉCNICA



Notas El autor comenta la importacia de la documentación del teatro, a propósito de la aparición de varias publicaciones y documentales

Referencia Rodolfo Obregón, “Memoria del teatro”, en Proceso, 18 mayo 2003, p. 70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Memoria del teatro

Rodolfo Obregón

En fechas recientes y a iniciativa de múltiples instancias, han aparecido en nuestro medio varios testimonios documentales que intentan compensar, de cara al futuro, el carácter efímero del hecho escénico.

La amplia bitácora en que la periodista, Alegría Martínez, intenta asir el misterioso proceso de creación de El caballero de Olmedo (versión “libérrima” y puesta en escena de Luis de Tavira, realizada en 1997), se suma al no menos exhaustivo registro del montaje de Una comedia a la antigua (puesta en escena de Evgueni Lázariev de la obra de Alexéi Arbuzov, con las actuaciones de Margarita Sanz y Felio Eliel, también de 1997) que Emma Dib y Rocío Galicia han publicado.

Estos dos testimonios, que se adentran en la cocina del teatro, complementan una iniciativa emprendida originalmente por Mario Espinosa (a quien se debe la existencia de las bitácoras de Creator Principium y Cuarteto, tanto como la de El caballero de Olmedo) que pretende añadir a la función documental, un sentido pedagógico. Amén de relacionar la estética de un determinado creador con sus métodos de trabajo, la difusión de éstos ofrece un marco de referencia paliativo ante la ausencia de preparación formal de los directores de escena mexicanos.

A estas dos funciones, hay que añadir ahora una no menos importante de todo proceso documental: su valor para divulgar la existencia del arte.

Por iniciativa de la Dirección de Teatro y Danza de la UNAM, la Coordinación de Difusión Cultural y TV UNAM han realizado (y continúan haciéndolo) una serie de programas documentales sobre algunos protagonistas de la escena nacional. Transmitidos originalmente por Canal 22, su formato en video permite una consulta permanente y una muy amplia difusión.

Entreverando datos biográficos, con pensamiento y obra, estos programas se adentran en el universo personal de diversos creadores teatrales, hasta hoy escritores dramáticos y directores de escena (Héctor Mendoza, Emilio Carballido, Vicente Leñero, Hugo Argüelles, José Ramón Enríquez, Ignacio Retes, Ludwik Margules).

La amplitud en la elección de los creadores se agradece en términos de la aspiración a dar cuenta cabal de los artistas teatrales en activo, pero sorprende por la insistencia –al menos en el estado actual del catálogo– en considerar prioritariamente a los dramaturgos, cuando la historia del teatro en la Universidad, de Julio Bracho hasta Mauricio Jiménez, ha sido una historia protagonizada por el desarrollo del lenguaje de la escena. Incluso, esta historia se caracteriza por un amplio periodo de encono entre el Teatro Universitario y la escritura dramática mexicana. (¿ O acaso habrá entonces que considerar alguno de estos programas como la cachetada con guante blanco a algún autor que durante casi treinta años despotricó en contra del teatro producido por la UNAM?)

La ausencia –hasta ahora– de actores, escenógrafos, músicos, etcétera, repite un prejuicio muy arraigado en el medio que confunde la jerarquización histórica de las diversas especialidades escénicas con las auténticas jerarquías artísticas (sustentadas exclusivamente en términos de alcances poéticos).

De gran valor para la memoria del teatro, para la tan necesaria generación de una conciencia del oficio, estos programas –en mi opinión– podrían acentuar el valor de la obra (en general la puesta más reciente acapara la atención y se desdeña la posibilidad de incluir más imágenes en video de producciones anteriores), explorar sí en el mundo personal del individuo pero en cuanto revelador de una coherencia o de aspectos de su trabajo artístico. De otra forma, los documentales corren el peligro de mitificar la figura en detrimento del entendimiento de la obra.

No deja empero de entusiasmar el amplio interés por mantener viva la memoria del hecho escénico, un asunto tan delicado pues, ya sabemos, el teatro está escrito sobre la arena.