FICHA TÉCNICA



Eventos Russian Case

Notas El autor reflexiona sobre la situación del teatro ruso en los inicios del siglo XXI, a partir de su asistencia al Festival Russian Case

Referencia Rodolfo Obregón, “El nuevo viejo teatro ruso (II)”, en Proceso, 4 mayo 2003, p. 85.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El nuevo viejo teatro ruso (II)

Rodolfo Obregón

San Petersburgo.– En efecto, la actitud devocional hacia el arte se encuentra tan enraizada en la cultura rusa que permite sobrellevar el cambio de los tiempos, que confiere a la relación teatro-público una cierta inmunidad frente a “las agitaciones de la Historia”.

El hecho puede ser comparado con la pervivencia de la fe luego de más de medio siglo de prohibiciones. Al entrar al monasterio Alexander Nevsky Lavra, contiguo al camposanto donde reposa, entre tantos otros ilustres, Fedor Dostoievski, el sorprendido viajero observa a los feligreses besar la tierra sagrada, santiguarse y besar con auténtica pasión las imágenes doradas que caracterizan –incluso hoy– a “la santa Rusia”.

La devoción por el teatro, sin embargo, tiene sus propios santuarios, más allá de los teatros que en una cantidad apabullante (tanto en San Petersburgo como en Moscú), presentan siete u ocho obras a la semana, y siempre con localidades agotadas. Sitios de peregrinaje que todo hombre de teatro, como su Meca, debe visitar al menos una vez en la vida.

Uno de ellos, Melinkovo, se ubica 75 kilómetros al Sur de Moscú: el pequeño pueblo donde Chejov vivió y “faceva il dottore”, como me dijeron Roberta Arcelloni y Giorgio Gennari, los generosos incitadores de mi visita.

Ahí, entre el caserío de madera, donde dos viejas con mascadas en la cabeza acarreaban la leche recién ordeñada, a un lado del bosque en que se derretían los últimos restos de nieve, se conserva la cabaña que ocupara el doctor Anton P. Chejov, sus utensilios, sus muebles.

En el pequeño jardín, donde retoñaban unos cuantos cerezos y junto al cual se encuentra un kiosco de madera como aquel sobre el que se representa en La gaviota, uno puede sentir el tranquilo transcurrir de la vida, el flujo vital que sostiene la inmóvil arquitectura de sus obras.

Pero el lugar de culto más conmovedor se encuentra, sin lugar a dudas, en el cementerio de Novodevichi, en las orillas de la ciudad capital. Ahí, la tierra sagrada del monasterio ha sido destinada, exclusivamente, para cubrir los cuerpos de los grandes artistas y pensadores. Ahí, donde se encuentran los restos de Tolstoi, Gogol, Bulgakov, entre tantos otros, donde descansan los más importantes músicos y compositores, la gente lleva flores a quienes son, bajo todas las circunstancias, sus mentores espirituales.

En un rincón que mira hacia las murallas del monasterio contiguo, se acumulan las tumbas de hombres y mujeres que dieron vida al Teatro de Arte de Moscú. El silencioso paisaje no puede ser más elocuente y conmueve hasta lo más hondo al visitante: he aquí a una estirpe que se agiganta con el tiempo, a una legión a la que no bastó realizar una de las grandes epopeyas del arte del teatro, que no sólo entregó su vida a ello, sino que aceptó permanecer junta para siempre.

Al centro de todos ellos, se alza una pequeña lápida vertical, adornada con una sencilla corona metálica que remite tanto a las chimeneas como a las características cúpulas de la arquitectura religiosa de Rusia. Aquí yace Anton Pavlovich Chejov, a sus espaldas, quien fuera su insuperable traductor al lenguaje de la escena: Constantin S. Stanislavski; a un costado, Nemirovich Datchenko. Grabada sobre la blancura de sus lápidas, como en las de todos los actores de aquel teatro que cambió la historia, el mítico emblema de una gaviota aligera el peso de las sepulturas. He aquí el más profundo homenaje a la irrefutable trascendencia del arte, a todos aquellos seres para quienes la ficción es nuestra cruz y nuestro credo.