FICHA TÉCNICA



Título obra El inspector

Autoría Nikolái V. Gógol

Dirección Valery Fokin

Espacios teatrales Teatro Alexandrinsky

Eventos Russian Case

Notas Además de comentar la puesta en escena de El inspector, el autor reflexiona sobre la situación del teatro ruso en los inicios del siglo XXI

Referencia Rodolfo Obregón, “El nuevo viejo teatro ruso (I)”, en Proceso, 27 abril 2003, p. 68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El nuevo viejo teatro ruso (I)

Rodolfo Obregón

San Petersburgo.– Caminar por Nevsky Prospekt, como ver en la Plaza Roja de Moscú el lujoso mall que ensombrece al mausoleo de Lenin, hace dudar de la inteligencia humana, de su capacidad para aprender de la historia. Cuántos años de dolor para adorar a Versace; cuántos millones de muertos para arrojarse a los brazos de la moda.

Mientras otras naciones que comparten la historia reciente, lograron modificarse rápidamente y hoy se integran a Occidente afirmando sus auténticos valores, Rusia busca en éste su peor rostro al tiempo que sostiene por doquier las viejas estructuras.

La autofagia de la burocracia comunista y el aparato del terror se extienden, una década y media después, al ámbito de la empresa o la seguridad privada. La pervivencia del sojuzgamiento del individuo, las actitudes persecutorias, llevan al visitante a preguntarse si no se trata, en realidad, de un rasgo idiosincrásico.

Al fin y al cabo, el sometimiento que propicia el indefenso, la disección del servilismo, son las materias que Gogol expone en El inspector, una de las obras más atractivas del “Russian Case”, el rostro que el teatro ruso desea mostrar al mundo entero.

La muy inteligente escenificación de Valery Fokin en el Teatro Alexandrinsky de San Petersburgo, es, al mismo tiempo, un indagar en este doloroso aspecto de la conducta y una confrontación con la propia herencia cultural; un diálogo con el pasado que se da por medio de las referencias a la mítica puesta en escena (1926) de Vesvold Meyerhold (una víctima real de ese poder).

La escena, que comienza con un trazo lineal frente a una gigantesca amplificación del boceto escenográfico de Meyerhold (cuya puerta “dibujada” se abre realmente para dar entrada y salida a los personajes), se construye y deconstruye paulatinamente a lo largo del espectáculo. La plenitud de los elementos escenográficos coincide con el clímax del autoengaño que genera la comedia (un visitante fortuito es tomado por el inspector del gobierno y tratado como tal), para desaparecer al momento del reconocimiento, dejando tan sólo unos grandes espejos que deforman de una manera esperpéntica al enloquecido “inspector” y a quienes involuntariamente lo han creado.

Pero la puesta en escena del Teatro Alexandrinsky, con sus 36 personas en escena y su muy alto nivel actoral, es también un ejemplo de las estructuras que, en este caso para bien (estructuras culturales), se resisten a caer.

Pese a todas las dificultades económicas, los múltiples teatros estatales, con compañías estables y sistema de repertorio, evidencian las virtudes del Teatro de Arte: “esa condición indispensable para el surgimiento del arte del teatro”, como diría el director francés Stephan Braunschweit; un concepto que habría de modificar la historia del teatro en el siglo XX y cuyo emblema principal fue el Teatro de Arte de Moscú, otro de los participantes (con una obra poco interesante) en este “Russian Case”.

El trabajo de grupos estables (no exento de anquilosamientos, como denunciaron algunos jóvenes teatreros durante las mesas de discusión de este festival), el sistema de repertorio y la identificación total con una idea específica del teatro sostenida por la dirección artística, se evidencian como la gran escuela, como los generadores de lenguajes y estéticas teatrales que distinguen (lo hemos comprobado en estos días) a los grandes momentos del teatro.

En efecto, el Teatro Maly de San Petersburgo y su famoso director Lev Dodin (que forma parte de la admirable red de Teatros de Europa), los Estudios de Kama Guinkas (ganador del premio a la mejor dirección de este año y de quien vimos en Moscú K.I. de Crimen y castigo) y, Pyotr Fomenko (cuya escenificación de La guerra y la paz: los inicios de la novela es una obra maestra a la que dedicaremos un comentario específico) se revelan como los productores de un teatro que trasciende toda circunstancia histórica y, por ende, como los vínculos vitales con una sociedad que, en este país de brutales contrastes, tiene hacia el arte una actitud devocional.