FICHA TÉCNICA



Notas El autor reflexiona sobre los efectos que las transiciones políticas llegan a tener en materia teatral de las políticas culturales

Referencia Rodolfo Obregón, “Pausa o transición (III y último)”, en Proceso, 20 abril 2003, pp. 69-70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

imagen facsimilar 2

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Pausa o transición (III y último)

Rodolfo Obregón

La pérdida de identidad que acompañó al desencanto de un teatro en busca de un nuevo lugar en una sociedad renovada, fue puesta en evidencia en la agria respuesta del director ruso, Anatoli Vassilev, a una entrevista realizada de cara a la desaparición de la Unión Soviética. “El teatro trata acerca del alma. ¿Y qué importancia pueden tener 50 ó 100 años en el alma de un pueblo, en el alma rusa?”

Nuevamente, es Georges Banu quien subraya los complejos rumbos de la transición: “Para sorpresa general, son los directores de escena que reclaman las virtudes del Teatro de Arte quienes salvaguardaron la dignidad de un teatro refractario a la comercialización, así como a la contaminación. Ese teatro que se asume como tal, fue encarnado y defendido por los artistas de mayor edad, irreductibles sobrevivientes del desastre. Ellos rechazaron los compromisos y afirmaron su confianza en las virtudes de un teatro de algún modo indiferente a las agitaciones de la Historia”.

La recuperación moral del teatro en la Europa Oriental, como en Argentina o Brasil, pasa por el reencuentro de su función humana. En Hungría y la República Checa, en Rumania o Lituania, los grupos se reorganizan, a pesar de las grandes dificultades de unas estructuras refractarias a las transformaciones, en torno a un objetivo artístico. Incluso, es posible constatar el resurgimiento, en esos países, de los teatros rituales, “teatros de la resurrección de la fe”, y la presencia de jóvenes artistas y colectivos teatrales que revaloran las aportaciones de las vanguardias aplastadas por las censuras del realismo socialista.

Como pudimos comprobar recientemente en México, con la presencia de los grupos rusos Derevo y, sobre todo, Ahmé (Proceso 1349, 1350 y 1351), la filiación a las vanguardias históricas no sólo echa mano de sus valores formales sino que, de algún modo, recupera la radicalidad, la ética de la intensidad, que en Occidente había caído en desuso.

En fin, he aquí algunos de los ejemplos del valor de una (pausa) en el incierto devenir del teatro, que pueden servir de referencia para orientar o descifrar los rumbos de nuestra propia transición.

En el México actual, lejos de la resistencia frente a los regímenes dictatoriales o el mero avance estético que justifica al arte en las tradiciones consolidadas y sociedades satisfechas, la batalla se libra entre el abandono de una función legitimadora (a la que me he referido en el primer capítulo de estas rápidas reflexiones) y la imitación acrítica del modelo liberal que, en el mundo angloparlante, hace del entretenimiento la principal razón de ser del teatro.

En nuestra muy peculiar readaptación tanto de los discursos como de las estructuras que posibilitan el ejercicio creativo, no deberíamos desatender las experiencias ajenas. Por ejemplo, no tirar por la borda la función educativa del teatro en nuestro contexto particular, su dimensión como servicio cultural que es, a estas alturas, otra forma de resistencia frente a la imbecilidad circundante.

Mas seamos pacientes (cedo la palabra a mi amigo Georges Banu): “Para que las estructuras se modifiquen y las mentalidades cambien, se hace necesario un ritmo diferente. Una lentitud que permite madurar a las subjetividades, respirar a las obras, en pocas palabras, que se lleven a cabo las metamorfosis. No se trata de volver a la inmovilidad, sino simplemente de rehabilitar el curso orgánico del arte, tanto como el de la vida”.