FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del dramaturgo Bernard-Marie Koltès, a propósito de la representación de Combate de negro y de perros

Referencia Rodolfo Obregón, “Koltès inédito”, en Proceso, 23 marzo 2003, p. 83.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Koltès inédito

Rodolfo Obregón

Recientemente volví a ver un magnífico programa de la televisión inglesa dedicado al gran ausente de su escena: Peter Brook. En él, el escritor Jean-Claude Carrière describe el largo camino que condujo a ambos creadores a la realización de El Mahabharata, un espectáculo emblemático del final del siglo XX.

Sentado frente a una pila de libros que forma la inconclusa edición francesa de la gran epopeya india, Carrière recuerda los largos años de un proceso que iluminaron las palabras iniciales del director: “No te preocupes, lo haremos cuando esté listo. Pero definitivamente lo haremos”.

La paciencia del viejo sabio del Bouffes du Nord, premiada con el éxito mundial de su montaje y su versión cinematográfica, otorgaba así la dimensión justa a una obra monumental que no podía realizarse bajo cualesquiera circunstancias. El cultivo sistemático de las condiciones que algún día permitirían la realización de tan descomunal tarea, resultó una luz más en su inspiradora ejemplaridad.

Todo lo contrario sucede por estos lares donde, si no lo hacemos “ahorita”, sea como sea, probablemente ya no lo haremos; donde la promiscuidad de nuestro accionar oculta la magnitud de toda obra de valía, su probable lugar en una jerarquía artística, al confundir los granos entre la paja.

Así ha sucedido, por desgracia, con uno de los dramaturgos más importantes del último tercio del siglo XX: Bernard-Marie Koltès, quien, a pesar de haber sido escenificado en varias ocasiones, permanece inédito sobre los escenarios mexicanos.

Primero fue el glamoroso lanzamiento de un autor proclive al clandestinaje, con el estreno de Roberto Zucco, ese estremecedor Woyzeck contemporáneo, en una puesta en escena signada por el desencuentro entre su directora, el escenógrafo y el elenco.

Sin pena ni gloria (como suele suceder al 95% de nuestro teatro, independientemente de su calidad) pasó la versión mexicana de En la soledad de los campos de algodón (Proceso 1191), quizás la más radical de sus grandes obras en términos de la autonomía que propone entre el poema dramático y su proyecto de representación.

La misma suerte corrió en fechas recientes el monólogo La noche delante de los bosques, que Roberto Fiesco y Julián Hernández (los mismos responsables de la escenificación de En la soledad…) convirtieron en un diálogo al introducir a un segundo actor.

Para consuelo de quien desea acercarse a una poesía escrita para ser proferida sobre el escenario, a una obra dramática plena de barbarie y sutileza, de personajes alucinados y situaciones desconcertantes, a un lenguaje lírico que estalla en deslumbrantes añicos al estrellarse contra la violencia del contexto, para quien desea confirmar la grandeza de un universo poblado por miserables; para su consuelo –repito–, existen en México las ediciones de Roberto Zucco (El Milagro) y la menos accesible de En la soledad de los campos de algodón (publicada por el Centro de Artes Escénicas del Noroeste junto con Tabataba).

No es el caso de las otras tres grandes obras de ese poeta maldito, sucesor de Genet, a quien sus amigos llamaban “Golfo”: El regreso al desierto, Muelle Oeste (que en una coproducción franco-colombiana podrá ser vista esta semana como parte de la programación del Festival del Centro Histórico) y Combate de negro y de perros, cuya puesta en escena, actualmente en cartelera, es el mejor ejemplo de la incongruencia entre la dimensión de una obra y las condiciones en que se realiza.