FICHA TÉCNICA



Título obra Los ciegos

Autoría Maurice Maeterlinck

Notas de autoría Maurice Maeterlinck

Dirección Luis Martín Solís

Espacios teatrales Foro de las Artes

Referencia Rodolfo Obregón, “El lenguaje del cuerpo”, en Proceso, 16 marzo 2003, p. 82.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El lenguaje del cuerpo

Rodolfo Obregón

Por medio de una programación que ayudamos a definir Juliana Faesler, Mauricio Jiménez y el autor de estas notas, el atractivo Foro de las Artes del CNA, se convierte poco a poco en un espacio para teatralidades alternativas a aquel teatro que es, en lo fundamental, la interpretación de un texto previamente existente.

La elección, entre casi un centenar de proyectos, de este tipo de apuestas escénicas busca compensar, aun cuando sea de modo mínimo, la abrumadora tradición textual-interpretativa cuyos modos y usos están tan arraigados entre nosotros que Jorge A. Vargas no pudo registrar, en México, la coautoría del espectáculo Latitudes cruzadas (coproducción internacional que se estrena en el remodelado Festival del Centro Histórico), mientras si pudo hacerlo en Francia y Canadá.

Es decir, que en nuestro país aún no se ha asimilado del todo el acontecimiento fundamental del teatro del siglo XX: el surgimiento de la puesta en escena y las nociones de escritura, y por ende autoría, que implica.

Quizás la diferencia con aquellas tradiciones culturales estribe en que aquí, la emancipación del lenguaje escénico no pasó por una ruptura total con el texto como proyecto explícito o implícito de representación, y su asociación mecánica con la palabra. En México, salvo algunas excepciones, la renovación escénica no estuvo rodeada por el silencio (como lo pedía a gritos Edward Gordon Craig) sino ligada fundamentalmente a los textos, y, sobre todo, a los grandes textos clásicos.

La segunda obra que se presenta en la actual temporada del Foro de las Artes, Los ciegos, muestra las ambigüedades de querer conciliar texto y escena (como lo señalé la semana pasada en el caso de Autoconfesión) sin que antes hayan reñido del todo.

La creación escénica de Luis Martín Solís, a partir de la obra de Maurice Maeterlinck, oscila entre la autonomía de un universo propio de sus realizadores (la segunda generación egresada del Diplomado Teatro del Cuerpo) y la fidelidad a un texto, cuyas filiaciones simbolistas abren arbitrariamente el campo para cualquier tipo de lenguaje escénico.

De hecho, el espectáculo permite ver el material resultado de las improvisaciones de los jóvenes actores y, por lógica, las múltiples (y en ocasiones incompatibles) influencias recibidas a lo largo de su entrenamiento o de los espectáculos que han presenciado.

Pese a los problemas de la puesta en escena, que en su segunda mitad sucumbe a la literalidad de su visión “contemporánea” y cierto descuido formal, Los ciegos es una aguerrida presentación de esa segunda generación de especialistas en un teatro donde el cuerpo es la lengua principal y un vehículo privilegiado de autoconocimiento.

La contundencia con que estos actores se paran sobre el escenario (como sucedía también con los miembros de la primera generación en El puente de Budapest, Proceso 1311), su manejo de la energía, su “pre-existencia” teatral, son una bofetada al rostro de tantos y tantos actores que creen ingenuamente que sobre el escenario rigen las mismas leyes físicas: el mismo tiempo, la misma gravedad, que en sus inconsecuentes vidas cotidianas.