FICHA TÉCNICA



Título obra Autoconfesión

Autoría Peter Handke

Dirección Rubén Ortiz

Elenco Gerardo Trejoluna

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Rodolfo Obregón, “Autoconfesión”, en Proceso, 9 marzo 2003, p. 80.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Autoconfesión

Rodolfo Obregón

Sobre el hermoso escenario dispuesto en La Gruta, una encrucijada de madera con cuatro altares colocados en los costados, Gerardo Trejoluna realiza una serie de respiraciones y exploraciones sonoras (formas de meditación) de origen oriental.

Cada uno de los altares corresponde a un elemento básico de la naturaleza con los cuales interactuará, a lo largo de esta sesión-ceremonia, el histrión solitario. La pureza deviene el signo fundacional del espectáculo y su anhelado objetivo; una pureza que se consigue con recursos muy simples: una bengala que quema su propia atadura y da inicio al ritual, la música que produce el golpeteo del agua sobre sendos platos cuando dos cilindros colgados del techo dejan caer rítmicamente sus gotas.

En sus ejercicios preparatorios, su relación con los elementos, sus metáforas corporales, sus aproximaciones a la palabra, Trejoluna pone en evidencia sus múltiples talentos: físicos, vocales, musicales. Su radical estancia sobre la escena se convierte en una perpetua interrogación sobre el oficio que ejerce; su hablar directo a los ojos del espectador, su involucramiento al final de la noche, un poner a prueba los modos en que es percibido.

"Es muy malo tener tantas capacidades”, piensa el entendido cuando el actor ha roto (por todos estos medios) el umbral habitual de percepción, ese límite del no retroceso, y, permanece aferrado a su destreza. “¿Qué desafíos personales habría de enfrentar para perder momentáneamente el control de sí mismo y aventurarse en lo desconocido?”

Pero el peso que de pronto lastra al actor, a pesar de su admirable entrega, está también en la naturaleza antitética del texto elegido para acompañar una búsqueda escénica cuya legitimidad no está en juicio, ni requeriría en realidad de texto alguno para justificarse.

De hecho, Autoacusación de Peter Handke (aquí traducida como Autoconfesión) es la antítesis de ese permanente afirmar la vida en que se convierte la sensible puesta en escena de Rubén Ortiz, de ese poderoso aserto que se materializa por medio del compromiso radical con el oficio del actor, de ese apelar a la integridad del ser presente en las disciplinas citadas, del recurso a otras formas de pensamiento y transmisión del sentido.

Característico de una etapa de ruptura entre la palabra y la escena, la obra de Handke, de naturaleza semejante a sus Insultos al público, parece negar toda posibilidad escénica, exigir la supresión de otros medios expresivos que no sea el actor desnudo vaciando su catarata verbal sobre sus sorprendidos espectadores.

De naturaleza cerrada, Autoacusación de cuenta de un final, aquel de la lógica racional, de una cultura que en Occidente, terminó por suprimir al individuo. Aquella que, en las artes escénicas, desplazó al texto dramático para recobrar (como intentan Trejoluna y Ortiz) el sonido y el gesto primigenios.

La síntesis de mundos diametralmente opuestos no se realiza pues en el cuerpo del oficiante, permanecen aislados, mutuamente repelentes, y el espectador ansioso de la plenitud de la experiencia siente entonces ganas de cerrar los ojos para disfrutar del ritmo vertiginoso del poema.

La belleza de aquello que sucede en escena, su transparencia, la apuesta vital de sus realizadores, lo convencen del extremo contrario: cerrar sus oídos a la mortuoria letanía y abrir todos los sentidos al flujo de la metafórica mañana con que finaliza tan generosa velada.