FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios del crítico sobre el libro de Yoshi Oida, Un actor a la deriva, editado por El milagro

Referencia Rodolfo Obregón, “El más reciente milagro”, en Proceso, 2 marzo 2003, pp. 68-69.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El más reciente milagro

Rodolfo Obregón

“Mira esto”, le dije a Otto Minera a la entrada del Teatro Orientación: “es una maravilla”.

“¿Lo dices porque tú lo hiciste?”, inquirió en son de broma.

“No. Lo hice porque es una maravilla”.

Nos referíamos a la edición mexicana de Un actor a la deriva, el libro autobiográfico de Yoshi Oida que, con olor todavía a tinta, reinaba sobre la mesa de publicaciones que El Milagro regaló, para celebrar sus once años de existencia, a los escasos pero intensos espectadores que asistieron al festejo y la función conmemorativa de Belice.

En esos once años, El Milagro se ha convertido en uno de los inmensos espacios mínimos que mantienen viva la sensibilidad de nuestro teatro, en una referencia imprescindible. Su título número 73, que forma parte de la hermosa colección de escritos teóricos “El apuntador”, es una maravilla (permítaseme seguir el juego de un orgulloso traductor) en varios sentidos.

En primer lugar, porque Un actor a la deriva es un libro escrito desde la experiencia de un actor; y, porque en este caso, se trata de un actor excepcional. Siendo como es un libro de memorias, no comparte las tentaciones de vacuidad que enturbian a otros ejemplares del género cultivado por cómicos míticos como Sarah Bernhardt o Sir Laurence Olivier. Siendo como es una bitácora de viajes, no pierde jamás de vista su objetivo: “encontrar al viajero”.

No está de más aclarar que la experiencia del autor rebasa también la posibilidad común. Formado en el teatro clásico japonés, Oida se interesó siempre por las expresiones artísticas contemporáneas, razón que –como él mismo narra– lo acercó a los trabajos teatrales del escritor Yukio Mishima, y le impidió negarse a la invitación que Peter Brook le hizo, en plena revuelta cultural del 68, para integrarse a una compañía multicultural que habría de recorrer el mundo (Persia, África, América, India) en busca de un teatro que lograra romper las fronteras de toda cultura.

En segundo lugar, porque la visión particular, subjetiva de esa experiencia, materializa una idea muy amplia del teatro: aquella encabezada por Brook; da cuerpo y territorio físico a lo que hasta entonces no eran sino planteamientos teóricos: El espacio vacío resulta incomprensible sin este testimonio; encarna en un ser privilegiado la reunión de Oriente y Occidente, de tradición y vanguardia: el ansia de consumar un arte del momento con una sabiduría ancestral.

Pero, sobre todo, Un actor a la deriva (o El actor flotante, como se titula su versión francesa) es una maravilla porque sitúa la experiencia del teatro en su justa relación con el ser. Desde su título desolador, el libro de Yoshi Oida es un continuo indagar sobre la condición del hombre en la tierra, sobre las huellas que en ese andar ofrecen las diversas culturas.

En permanente comparación con el sendero del espíritu, aquel elegido sin titubeos por su amigo Hugh McCormick (a quien está dedicado el libro), Oida describe su salida de Japón, su trabajo en Europa, sus aproximaciones al trabajo actoral (llenas de espléndidos consejos prácticos para cualquier hombre de teatro), sus múltiples viajes, su visión de algunos acontecimientos históricos, su acercamiento a las disciplinas religiosas, como quien, al final del camino, descubre el sentido que sin saber otorgó a cada una de esas cosas y lo han convertido en lo que es.