FICHA TÉCNICA



Título obra Belice

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco Rodrigo Espinosa, Daniel Giménez Cacho, Laura Almela, Joaquín Cossío

Referencia Rodolfo Obregón, “Belice”, en Proceso, 23 febrero 2003, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Belice

Rodolfo Obregón

Después de un par de incursiones en el terreno de la puesta en escena de autores ajenos (La lección de anatomía y El atentado), David Olguín vuelve sobre los escenarios mexicanos en su mejor faceta: como lo señalé en alguna entrega anterior, en la de autor de los textos que lleva a escena.

Aclaremos. Olguín es un director con solidez suficiente, pero no es un “directurgo”, alguien que crea sus textos a la par del espectáculo que los genera o acompaña. En la trayectoria de este hombre de teatro (cuya faceta como milagroso editor no es menos relevante), el drama antecede y determina la creación del escenario.

No señalo esta característica, que remite al enfoque tradicional de la interpretación escénica, como una limitante, sino como un rasgo vocacional. El cuidado de sus textos, la genuina aspiración literaria, son evidencia de procesos pausados, individuales, de prolongadas revisiones de la escritura. Sus resultados, como Belice que mereció el Premio Nacional de Obra de Teatro (INBA) 2001, reflejan un universo personal autosuficiente: llevados a escena por él mismo o por otros directores, conservan los acendrados rasgos peculiares de su autor.

Por ejemplo, la búsqueda de identidad que ya ha señalado algún otro crítico y que Olguín comparte con algunos de sus antiguos maestros. Esa puesta en juego del propio ser, que en otros textos se sustentaba en el discurso estructural (mezcla de planos de realidad, referencias cruzadas, metateatralidad), reaparece en Belice concentrada en el individuo y su arquetípica condición de viajero. Para Juan, escindido en el joven que parte en busca del padre y el desencantado adulto que pensaba haberlo visto todo, Belice, tan cercano y tan ajeno, es el culo del mundo, el corazón de sus propias tinieblas, Ítaca, el destino de “un largo viaje para encontrar al viajero”.

En la puesta en escena del autor, la elección de representar las dos edades del personaje con actores distintos (Rodrigo Espinosa y Daniel Giménez Cacho), mientras otros dos actores (Laura Almela y Joaquín Cossío) representan el resto de las criaturas que lo rodean, acentúa el vértigo, la supresión de huellas y puntos de referencia que contrastan con las vistosas marcas (tatuajes) dejadas sobre los cuerpos.

El contrapeso entre la excentricidad del entorno (paisajes de Conrad, prostitutas con nombre de arrecife) y el torbellino interno en que se debate el protagonista, entre la violencia del contexto (una pesadilla en la madrugada de un puerto aéreo) y la sutileza del lenguaje, hacen de Belice una furiosa aventura expedicionaria, una conmovedora crónica de la intimidad.

Como en otras escenificaciones de David Olguín, la eficacia de la puesta en escena, donde –es cierto– este hacedor de teatro no corre tantos riesgos, permite la absoluta legibilidad del discurso autoral, lo sostiene aunque no lo catapulte. Al metálico lupanar diseñado por Gabriel Pascal le hace falta la herrumbre, los efectos corrosivos del infierno.

La bajada de Juan a sus abismos es subrayada por el director en una peligrosa exaltación del tono actoral. Al borde del grito impuesto, el elenco, sin embargo, logra apropiarse de la materia escénica. En el ardor juvenil de Espinosa, la extrañeza de Joaquín Cossío y la equilibrada consistencia de Giménez Cacho y Laura Almela (dos actores con oficio que no ha hecho mella en la disponibilidad), Olguín ha sabido hacerse de un brillante grupo de compañeros para una jornada que convierte la angustia de no saberse en una estimulante experiencia de autoconocimiento.