FICHA TÉCNICA



Título obra Tres óperas británicas para perder la cabeza

Autoría Judith Weir y Paul Barker

Dirección Benjamín Cann

Elenco Silvia Rizo, Gabriel Mijares, María Huesca, Lourdes Ambriz

Escenografía Tania Rodríguez

Espacios teatrales Sala Miguel Covarrubias

Referencia Rodolfo Obregón, “Ópera y puesta en escena (II y último)”, en Proceso, 16 febrero 2003, pp. 79-80.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ópera y puesta en escena (II y último)

Rodolfo Obregón

Lo primero que llama la atención al confrontar las Tres óperas británicas para perder la cabeza es que en las tres piezas que conforman el programa (King Harald’s Saga y The consolations of Scholarship de Judith Weir, así como The Pillow Song de Paul Barker), los compositores sean al mismo tiempo libretistas.Y que, en los tres casos, apoyados en sendas fábulas arcaicas (una saga islandesa, una ópera china y un relato japonés del siglo X, respectivamente), la estructura literaria esté mucho más cerca de la forma narrativa que de la dramática.

La libertad que tal enfoque otorga garantiza la independencia musical con respecto a los imperativos de la acción y reduce el dramatis personae a unos omnipresentes relatores, que comparten con los primitivos contadores de historias su capacidad de estar dentro y fuera de la trama, de transformarse en todos y cada uno de los personajes citados, de saltar en el tiempo del relato e, incluso, darse el lujo de comentarlo.

En King Harald’s Saga, la contundencia vocal de Silvia Rizo y su desfachatada presencia, exponiendo a los cuatro vientos sus otros tantos meses de preñez, es contrastada con la falsa gravedad de un supuesto narrador (más bien engomado maestro de ceremonias) deliciosamente interpretado por Gabriel Mijares. La música que convoca el espíritu épico se salpica de humor inglés, de non sense, que por el momento empata con el promulgado sin sentido de la escenificación de Benjamín Cann y su explícita parodia de los convencionalismos operísticos. La experiencia resulta sumamente gozosa.

La transición a The Consolations of Scholarship, sin embargo, comienza a revelar las debilidades de la puesta en escena que desaprovecha sus propios hallazgos (como el monitoreo del director musical, a quien se agradece el sentido lúdico, que permite a la única intérprete cantar sin verlo) y comienza a crear confusión.

Siendo esta segunda pieza la más “teatral”, gracias a una orquestación cuyos ecos del teatro chino remiten a algunos momentos de la antiópera brechtiana, y a pesar de la notoria vis cómica de María Huesca (cuya debilidad vocal es sin embargo evidente incluso para un simple aficionado), la pieza se enturbia con todo aquello que sucede en escena. Sobre las acciones de músicos y cantantes, cuatro actores en tonos diametralmente opuestos (¡como Dios les dio a entender!, pues) intentan desesperadamente llamar la atención.

Parapetado en un grandísimo lugar común (que la ópera carece de sentido), Cann intenta convocar así la multiplicidad de estímulos que ofrece la realidad, o, en este caso, la realidad del escenario. Pero nada hay más difícil que organizar escénicamente el caos: la pluralidad de realidades a la que pretende aludir este montaje no alcanza jamás la densidad del discurso, permanece a la altura de un gracioso desmadre.

Como lo han denunciado múltiples autores, en esta actitud posmoderna, aquella que renuncia a todo significado, ondea la bandera de la banalidad que justificaría el sin sentido del arte. En este tipo de “creadores”, la entropía resulta una excusa perfecta para eludir la responsabilidad de articular un lenguaje, una forma que permita percibir la complejidad que esconden tales posturas.

Para la tercera obra, The Pillow Song, el espectador desea cerrar los ojos, como antaño en las acartonadas escenificaciones de Bellas Artes, y escuchar sin nada que lo enturbie, la música de Paul Barker, su sentido minimalista que honra, no a la moda, sino al mundo en que sitúa su ópera. La belleza de Lourdes Ambriz lo hace mantener empero la mirada.

Entonces, la cálida sencillez de la instrumentación, el carácter devocional de quien acompaña y dirige (Ricardo Gallardo), y la convicción de la espléndida cantante que dialoga con un coro de cuatro sopranos, justifican plenamente al hecho artístico y permiten al espectador atesorar la experiencia.