FICHA TÉCNICA



Título obra Tres óperas británicas para perder la cabeza

Autoría Judith Weir y Paul Barker

Dirección Benjamín Cann

Elenco Silvia Rizo, Gabriel Mijares, María Huesca, Lourdes Ambriz

Escenografía Tania Rodríguez

Espacios teatrales Sala Miguel Covarrubias

Referencia Rodolfo Obregón, “Ópera y puesta en escena (I)”, en Proceso, 9 febrero 2003, pp. 68-69.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

imagen facsimilar 2

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ópera y puesta en escena (I)

Rodolfo Obregón

En México, la falta de imaginación de los productores cinematográficos (tanto en los temas y géneros que deciden financiar como en los elencos elegidos), sólo es superada por la de los productores de ópera que, ya se sabe, suele ser uno solo.

Por ello, hemos celebrado aquí la iniciativa del Festival Internacional de Música y Escena que ha llegado, con un programa muy disminuido, a su quinta edición. Y, por ello, celebramos la iniciativa de la UNAM para integrarse al encuentro con la producción de Tres óperas británicas para perder la cabeza.

El atractivísimo programa, que se presentó como una unidad (sin intermedios) en dos únicas funciones en la Sala Miguel Covarrubias, puso en contraste la aventura literario-musical de los dos compositores ingleses (Judith Weir y Paul Barker) y la ausencia de riesgo escénico al convocar a un director de lo mismo (Benjamín Cann).

Cabe aclarar aquí que Cann, junto con Sergio Vela (la cabeza que ronda tras este programa) y algún otro director, han consumado una renovación de la escena operística mexicana. Juntos han logrado desterrar las ilustraciones decimonónicas e instalado, sobre el escenario de Bellas Artes, formas que corresponden ya al siglo XX (sería presuntuoso decir que al XXI), pero han conservado ciertas ataduras que mantienen viva la semilla mortuoria del tradicionalismo.

Sergio Vela ha conseguido una apertura del repertorio y ha desechado lastres antaño omnipresentes, como las convenciones pretendidamente realistas o la confusión entre tiempo real y tiempo musical que enturbia el desempeño escénico de los cantantes, pero ha conservado intactos (en su doble función de director de escena y productor institucional) los modos y sistemas de producción. Y, ya se sabe, no existe renovación estética que no se acompañe de un cambio en las condiciones en que se realiza el arte.

Por su parte, Benjamín Cann (como Vela en un par de ocasiones) ha contado con la inmensa fortuna de trabajar casi siempre en mancuerna con Alejandro Luna. La audacia conceptual del escenógrafo que afirma: “escenografía es dirección”, ha garantizado a Cann una consistencia de la que carece el resto de sus realizaciones (tanto teatrales como operísticas).

Algunos de sus procedimientos, como la adecuación de circunstancias espacio-temporales de la acción, para “acercar la obra al público” o enfatizar algún aspecto temático, son desde hace ya muchos años un lugar común de la escena, una especie de tradicionalismo renovador, de cambio por el cambio, que comparte la arbitrariedad del antiguo tradicionalismo museográfico (“morgue histórica” lo llamaría Margules cuya escenificación de The Rake’s progress, al lado de Luna desde luego, permanece como la referencia obligada en el famoso Teatro Blanquito por su sentido de transgresión y complejidad, en diálogo de iguales con el libreto de W.H. Auden y la partitura de Stravinski).

Esta arbitrariedad es la nota dominante en la escenificación de Tres óperas británicas para perder la cabeza. Por medio de ella, Cann encuentra un casual denominador común (la famosa cabeza) en tres piezas de distinta naturaleza y realiza una puesta en escena autónoma, una especie de marco referencial (por desgracia no tan abstracto como el director quisiera y como el diseño espacial de Tania Rodríguez hace evidente) en el que se llevan a cabo las óperas y con el que se entrecruzan de manera tangencial.

En el texto que acompaña el programa de mano, Benjamín Cann confiesa su delito. Sobre el escenario, a la manera propuesta por Kurt Weill, la pequeña dotación orquestal aguarda, vela armas para un estimulante enfrentamiento que oscila en la tensión que se produce entre quien enarbola las banderas de la banalidad y el “sin sentido”, y el misterioso poderío del arte. Alguno de los dos habrá de ver rodar su cabeza…