FICHA TÉCNICA



Título obra El nido ajeno

Autoría Jacinto Benavente

Elenco María Guerrero, José Romeu, Luis Orduna, Elvia Salcedo

Grupos y compañías Compañía Guerrero-Romeu

Productores Luis Fernández Ardavín

Referencia Armando de Maria y Campos, “El nido ajeno de Jacinto Benavente, por la Compañía Guerrero-Romeu”, en Novedades, 7 agosto 1947.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El nido ajeno de Jacinto Benavente, por la Compañía Guerrero-Romeu

Armando de Maria y Campos

Jacinto Benavente estrena su primera obra, El nido ajeno, el 6 de octubre de 1894. Antes había publicado un librillo con piezas ligeras, en el que abundan imitaciones de Shakespeare, Teatro fantástico (1892), más literario que representable. Se apagaba el sol de Echegaray. Frente a las sacudidas nerviosas del autor de El gran galeoto, un joven "bien" de la sociedad madrileña ofrecía a un público, desconcertado por la sorpresa, penetrantes conversaciones entre frívolas y melancólicas, entre dramatismo y comedia de solución feliz, hasta llegar –lo sabe el público mexicano, que conoce toda la obra teatral de Benavente– a una forma de salón y de "tono menor", en todo lo que comprende su primera época: El nido ajeno, Gente conocida (1896), El marido de la Téllez en un acto (1897), La comida de las fieras (1898). Sabido es que antes de cuajarse la llamada "generación del 98" española, que tanto influyó en la vida literaria de América, el teatro español no presentaba proa de avance, sino que arrastraba una triste herencia a lo largo de todo el siglo, en que por falta de nervio dramático, no había habido crisis fecunda de evolución.

(Sólo un dramaturgo, en esta liquidación "fin de siglo" del teatro hispano, Pérez Galdós, realizó un esfuerzo puro e inteligente para liberar la escena ibera de aquellas cadenas mohosas. Pero el autor de Electra contaba edad avanzada y además el novelista prodigioso había vencido ante el público y la crítica al naciente autor de obras teatrales. La historia literaria se repetía y como Cervantes –cuyo teatro de ensayo hubiera sido el nacional– fue vencido por los años, por el Quijote y por Lope de Vega, Galdós lo fue por su edad, por los Episodios nacionales y por Benavente).

La aparición de Benavente y su modo de hacer teatro, desconcertó. Como en tantos casos, la crítica fue completamente incomprensiva, la crítica oficial, se entiende. Hubo un crítico, "Azorín" –cuando todavía era Antonio Martínez Ruiz–, que adivinó las posibilidades del nuevo dramaturgo en la sección teatral de la revista Alma española donde decía: "Se levanta el telón en la comedia de Benavente, y yo voy viendo que las gentes sí que tienen ingenio, y que esta sociedad que yo con mi misantropía de filósofo tanto calumnio, es una amena y divertida compañía. Y voy gustando de estos diálogos tan finos, en que salta de vez en cuando la chispa del ingenio, como en La Fontaine, como en La Bruyére... Benavente es un escritor culto, ameno, elegante; sus hombres son ingeniosos, sus mujeres agradables..."

La representación de El nido ajeno por María Guerrero, Pepe Romeu y Luis Orduna, el lunes en la 7a. del abono cubierto por la Colonia española residente en México, fue como un estreno. Nadie quizás de los presentes recordó la magnífica interpretación que al público de México brindaron en el Arbeu, en 1908, Rosario Pino y Thuiller, ni las excelentes de Virginia Fábregas y Pancho Cardona, antes, ni la estupenda de Lola Membrives y de Del Pino, en 1921, cuando la gran actriz argentina trajo a México al propio don Jacinto. Hace tres años María Tereza Montoya y Mondragón nos presentaron una limpia y emocionada versión de esta pieza, que parece escrita ayer, y cuyo cincuentenario dio ocasión al Estado español a rendirle a Benavente un "Homenaje nacional", durante el que el secretario de Educación señor Ibáñez Martín impuso al ilustre escritor las insignias de la gran cruz de la orden de Alfonso el Sabio, que el jefe del Estado acordó concederle. La María de la señora Guerrero no desmerece al lado de las creaciones mejor logradas. Y muy bien estuvieron Romeu y Orduna en los dos hermanos. La señorita Elvia Salcedo –muy joven, muy linda, muy inteligente actriz mexicana– compuso la Emilia sin desmerecer al lado de los notables actores españoles.

El público de ahora, como el de siempre, que ve por primera vez esta comedia de Benavente, siguió con apasionado interés el problema planteado a base de una contraposición de caracteres. Benavente, en ésta su primera comedia, introduce en un hogar tranquilo al personaje franco y noble que, sin embargo, produce un conflicto en el que tanta parte toma la maledicencia general que ahonda en las almas con mayor atisbo que las propias conciencias, como el mismo sentimiento que vive ahogado entre una apariencia normal. Manuel (Pepe Romeu) sorprendido en su íntima convicción, despierta con lo que le revela el inocente beso de María (la Guerrero), y se pregunta anonadado: "¿Hubo culpa en mí? Los celos de mi hermano, ¿vieron mejor que yo mismo en mi alma? ¡El alma dejo al separarme de ella! ¡Era amor! Sí, ¡el único de mi vida! Siento al dejarla lo que no sentí nunca... ¡Corazón traidor!... ¡Oh, lejos, lejos!" Y su hombría de bien sólo encuentra solución en la ausencia, pero no para siempre, sino hasta el día en que "no podamos dudar... ni de nosotros mismos". Tres personajes se contraponen en El nido ajeno; tres maneras de vivir, tres psicologías; la mujer toda corazón y fidelidad que puede afrontar la mirada del marido diciendo: "¡Si hubo pasión culpable en nosotros..., mátame, duda de mí... duda de tu madre!" el hombre amargado por esta duda que desafía la esposa porque tiene ella el convencimiento de su propia honra y de la honra de aquella calumniada mujer –la madre de Manuel y José Luis (Orduna)– que hubo de verse en situación semejante a la que sufre, y el hermano que vivió desde la infancia con el dolor del recelo paterno, pero no menos con la serenidad de quien no conoce el egoísmo ni tiene sobre sí el estigma de la deshonra...

La representación de El nido ajeno por la compañía de don Luis Fernández Ardavín será recuerdo imborrable para quienes aman –yo de los primeros– el teatro de Benavente.