FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 2002

Referencia Rodolfo Obregón, “Balances (II y último)”, en Proceso, 5 enero 2003, p. 70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Balances (II y último)

Rodolfo Obregón

No sólo en el ámbito de la tradición universitaria puede hablarse de una “generación perdida” equiparable a aquel grupo de dramaturgos bautizados así por un investigador norteamericano. En realidad, el relevo generacional de quienes siguen siendo los maestros de la puesta en escena mexicana, se desvaneció poco a poco.

La ausencia ya difícil de remontar de Marta Luna y los fallidos intentos por volver al teatro, carcomido el oficio por la práctica en otros medios, de Salvador Garcini y Jesusa Rodríguez, dejan solo en el panorama de la dirección escénica a José Caballero. Mientras Jesusa resintió el desgaste de combatir en múltiples campos de batalla y llegó minada a un muy discutible Macbeth, Caballero consiguió en el 2002 uno de sus trabajos escénicos más redondos (Fedra y otras griegas).

Acaso Ricardo Ramírez Carnero, quien a principios del año que se ha ido logró también una de sus mejores realizaciones (El lector por horas), acompañe en la marcha al único sobreviviente de la tercera generación de directores universitarios.

El vacío y agotamiento de este grupo contrasta lógicamente con el encumbramiento de un nutrido núcleo de directores, alrededor de los treinta años, que llenan las carteleras oficiales, algunas salas comerciales y, a últimas fechas, escalan puestos en la burocracia cultural.

A la amplia aunque desigual producción de Mauricio García Lozano (Como te guste, Juan y Beatriz) y Carlos Corona (que acumula reposiciones y estrenos), se suma la repetición del éxito comercial de Antonio Castro (Las obras completas de William Shakespeare… y 1822), un espectáculo de Francisco Franco (una de las presencias a todas luces injustificables del SNCA) que pasó sin pena ni gloria (Boing), la veloz caída del candelero de Israel Cortés, y el nombramiento por decreto misterioso, de una no menos misteriosa comisión, de Claudio Valdéz Kuri como el representante internacional del teatro mexicano (a pesar de la falta de consecuencias de su más reciente trabajo: La banda del automóvil gris).

A la actitud evasiva del juego por el juego y el humor condescendiente, el cuidado del lenguaje plástico y descuido del compromiso actoral con la ficción, habría que añadir ahora un rasgo de carácter que explica parcialmente su encumbramiento en el ámbito cultural: este grupo de practicantes del teatro ha hecho de la amabilidad tanto su actitud como su programa estético.

Pero quizás el desarrollo que ahora observamos no tenga nada de excepcional, pues corresponde exactamente a los señalamientos de André Gregory sobre el proceso de madurez individual del artista y su liga con la sociedad: entre los 20 y 30 años de edad (dice Gregory), todo es aprender de la vida y las reglas del oficio; entre los 30 y los 40, decir al mundo con pasión y convicción lo que se cree haber aprendido; y, entonces, alrededor de los 40, todo son preguntas y reconocer que tal vez no se sabe lo suficiente. Una sociedad que no tiene tiempo para las preguntas y el desafío personal que acarrea la duda, explican el porqué existen tan pocos artistas maduros.

En el caso de los directores de escena mexicanos, entre quienes no resistieron este tránsito y quienes aún no se acercan a él, existe otro grupo que se decanta justo en ese momento definitivo y que corresponde (parcialmente) a la cuarta generación del Teatro Universitario, la última formada en CU.

Junto a la constancia de Martín Acosta (quien suma reposiciones a nuevas obras) y las radicales concepciones de Ricardo Díaz (No ser Hamlet), hay que destacar el riesgoso trabajo de Mauricio Jiménez (Después del terremoto), el desarrollo internacional de Jorge A. Vargas, y el regreso de David Olguín en su mejor faceta: como autor de los textos que lleva a escena (Belice). Estos dos últimos directores, además, representan a sendos grupos que pretenden modificar las condiciones de inmediatez en que se realiza el teatro en México, como lo demuestran las aspiraciones del Tríptico de Copi producido por El Milagro.

Polvos de aquellos lodos, cuando el Teatro Universitario poseía una poderosa identidad, estos directores en pleno proceso de madurez, conservan aún la idea de un teatro que se relacione auténticamente con su entorno al ser algo más que una sucesión de puestas en escena determinadas por la moda o el azar.