FICHA TÉCNICA



Notas Balance anual del teatro en México en 2002

Referencia Rodolfo Obregón, “Balances (I)”, en Proceso, 29 diciembre 2002, p. 69.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Balances (I)

Rodolfo Obregón

El cerrojazo del año del señor de 2001 estuvo marcado en materia teatral (y lo festejamos a su debido tiempo), por la entrega del Premio Nacional de Artes y Ciencias, en la rama de Bellas Artes, al escenógrafo Alejandro Luna. El segundo en la especialidad después de don Julio Prieto.

La edición 2002 del prestigiado premio tiene como consuelo literario el reconocimiento a la obra de Luisa Josefina Hernández, pero, en términos escénicos, dejó en el camino las candidaturas de dos de los formuladores esenciales de la teatralidad moderna en México: Juan José Gurrola y Ludwik Margules.

Sin embargo, el año del señor que desfallece significó para ambos creadores un momento crucial en sus brillantes trayectorias. Testigo fortuito de un par de acontecimientos separados por escasas 24 horas (la celebración de un trabajo académico en El Foro/Teatro Contemporáneo y la función de El doliente designado en presencia de su autor, Wallace Shawn), este cronista puede dar fe de la extraordinaria sensibilidad que una trombosis reavivó en el director de origen polaco y del quiebre emocional con que el legendario enfant terrible agradeció la complicidad de sus amigos y secuaces en un espectáculo que significa toda una resurrección.

La extraña sincronía dejó en claro la conciencia de ambos hacedores de teatro respecto a la posibilidad de que estas obras (en el caso de Margules, el éxito de Los justos no se había dado así desde Cuarteto) se conviertan en su testamento artístico, la responsabilidad ética de afrontar cada creación a sabiendas que puede ser la última. Para quien esto escribe, tales acontecimientos resultaron el entrañable testimonio de la importancia vital que ambos hombres otorgan al arte, más allá de cualquier declaración retórica.

El carácter mismo de El doliente…, un lúcido y no menos sentido homenaje a una estirpe intelectual que se extingue, parece confirmar mis impresiones; al tiempo que Los justos se revela como la culminación, en términos progresivos, en la estética de su director.

El ciclo del Teatro Universitario (aquel cuyos orígenes míticos se remontan a Poesía en voz alta y que abandonó la UNAM desde la segunda mitad de los años 80) se cierra, como lo muestra también el carácter culminatorio de Santa Juana de los mataderos puesta en escena por Luis de Tavira al finalizar el 2001 (aun cuando esta culminación obedece más bien a las dimensiones de la obra y la calidad de la realización y no al desarrollo de elementos estéticos que permanecen, desde hace ya varios años, los mismos).

Así, junto a la ausencia de sobresaltos que caracteriza las últimas dos décadas de la labor escénica de Héctor Mendoza, la segunda generación de aquel teatro, fundado en la convicción del genio y el entendimiento de la escena como crisol de la experiencia humana, hace sonar su voz sobre los escenarios mexicanos en los albores del siglo XXI.

La fuerza de su emisión, que parecía haber dejado de repercutir en el grueso del público y en las nuevas camadas de teatreros, contrasta con la virtual desaparición de una tercera generación de directores universitarios (una auténtica “generación perdida”) y con el encumbramiento de un grupo heterogéneo de directores en la treintena, sin nexo filial con la corriente universitaria, cuya ausencia de radicalidad les permite sobrevivir con éxito en tiempos que exaltan la tibieza. De ambos nos ocuparemos en la segunda parte de este balance prematuro.