FICHA TÉCNICA



Eventos XXIII Muestra Nacional de Teatro

Referencia Rodolfo Obregón, “XXIII Muestra Nacional de Teatro (I)”, en Proceso, 8 diciembre 2002, pp. 83-85.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

XXIII Muestra Nacional de Teatro (I)

Rodolfo Obregón

No son buenos tiempos para la lírica. Eso está claro. La edición número XXIII de la Muestra Nacional de Teatro no permite, por fortuna, buscar culpables, pues fue organizada con premura por el Instituto Veracruzano de la Cultura –que entró a salvar pellejos norteños– y la Coordinación Nacional de Teatro del INBA en plena transición de administraciones.

Al no existir chivo expiatorio, podemos asumir que lo visto en medio de la neblina jalapeña es un panorama claro del estado del teatro nacional. Y el balance revela amplios desfalcos.

La ausencia de trabajos que dieran brillo a la reunión anual de los teatreros del país no disminuye desde luego su importancia, pero obliga a replantear sus objetivos y estrategias. Si en todo el territorio nacional no pueden reunirse cinco puestas en escena de calidad (el problema no está en los métodos de selección –créanme: no hay maravillas ocultas tras las piedras), hay que reformular la vocación del encuentro en espera de otros tiempos.

En primer lugar, la Muestra Nacional debería confrontar a los teatreros del país y al público de la ciudad sede (ya se sabe que ésta cambia cada año) con 4 ó 5 producciones seguramente defeñas (y por qué no internacionales) cuya calidad oriente a creadores y públicos en la construcción de un gusto estético, una sensibilidad y una exigencia.

Acaso éste sea el punto que hay que reprochar a la dirección artística de este año (formada por Eduardo Ruiz Saviñón, Janet Pinela y Raúl Santamaría, cuyos créditos por cierto no aparecen en los programas) y a los funcionarios entrantes o salientes, pues varias de las obras llevadas del Distrito Federal no sólo decepcionaron ampliamente a públicos y teatristas, sino que dieron señas de falta de profesionalismo al presentarse en condiciones totalmente disímbolas a aquellas en que se presentaban originalmente, o al hacerlo después de meses de abandono y con elencos parchados.

En segundo lugar, la Muestra debería limitar la presencia de producciones de los estados de acuerdo con estándares mínimos de solvencia artística. Así no haya sino una o dos obras. Bajar en cambio tales estándares o responder al miedo de que alguna región no esté representada resultan medidas contraproducentes, como podrán atestiguarlo ahora algunos grupos vapuleados por la crítica y despreciados por un público que dormía o abandonaba las salas.

Pero el acento primordial de la Muestra Nacional de Teatro, su vocación definitiva, debería proponerse en términos de una reactivación del teatro en los estados sede. Ofrecer al público local y a los especialistas del país un panorama del teatro que se realiza en la entidad, avalado por el marco del encuentro, como sucedió en Tijuana hace tres años y como sucedió esta vez en Xalapa.

No se trata, empero, de trazar únicamente el mapa teatral de la República, que tardaría 31 años en completarse, sino de enriquecerlo con producciones especiales, con ediciones o actividades que rescaten la memoria artística local, con coproducciones con otros estados o países, con cursos y talleres, seminarios de discusión y análisis (como los que suelen hacerse ya) enfocados a las necesidades específicas de cada estado.

Una Muestra así no se conformaría con exhibir nuestras posibles riquezas o miserias, sino que incidiría directamente en la generación de las primeras y la paulatina supresión de las segundas. Por lo demás, avivaría el interés de las instituciones culturales de los estados por convertirse en sede, pues obtendrían un beneficio adicional a cambio del generoso esfuerzo que implica organizar un encuentro de estas magnitudes.