FICHA TÉCNICA



Título obra Los justos

Autoría Albert Camus

Dirección Ludwik Margules

Espacios teatrales Foro de Teatro Contemporáneo

Notas El autor hace una semblanza crítica del director Ludwik Margules, a propósito de la representación de Los justos, de Albert Camus

Referencia Rodolfo Obregón, “Ludwik Margules (III y último)”, en Proceso, 1 diciembre 2002, pp. 84-85.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ludwik Margules (III y último)

Rodolfo Obregón

La obsesión de Ludwik Margules por la mirada poco tiene que ver, sin embargo, con la psicología, de cuyos dogmatismos abomina, sino con la posibilidad de abismarse a través de ella en la intimidad de la criatura.

Lejos del análisis in vitro del individuo, de su aislamiento, la minuciosa exploración de su conducta no se desliga jamás de su función social, de sus repercusiones en el ámbito de lo político. De aquí su desdén frente a Stanislavski y su profunda filiación brechtiana (no exenta de rechazo a las posturas didácticas, el signo político y la contradictoria conducta del personaje real).

Una última pasión del director explica su interés por el comportamiento del individuo in situ, por su accionar en el mundo: la pasión por la Historia; y, en particular, por la historia de los totalitarismos que Ludwik Margules conoció en carne y exilio propios. Como lo ha escrito con impecable claridad Rubén Ortiz, respecto a su más reciente escenificación, el director se asoma al individuo para buscar el origen del mal común: “en cualquier hombre puede estar la semilla del tirano expresada en conductas inofensivas: en el silencio del esclavo o en el excesivo amor del revolucionario”.

En efecto, Los justos de Albert Camus (que se representa a casa llena en El Foro/Teatro Contemporáneo), significa la culminación de ese cruel indagar, de ese escudriñamiento sin tregua en los terrenos de la vida en común (de Severa vigilancia hasta los simbólicos sepelios de Antígona en Nueva York y Un hogar sólido, pasando por El tío Vania, De la vida…, Luz de luna de H. Pinter, o Cuarteto), de la organización social o en el destino mismo del ser humano, en busca de respuestas para una misma pregunta (con la que Leonor Fuentes ha puesto el dedo en la seductora llaga de todo su teatro): “¿dónde en el amor, empieza la destructividad?”

Dueño de una coherencia tan poco común entre nuestros hombres de teatro, Los justos es también la culminación de la estética de Ludwik Margules, el punto sin retorno de un espíritu transgresor.

Modificado por el propio director, el texto de Camus sirve para realizar su íntimo homenaje (no exento de dolor) a la mentalidad y la cultura rusa (Dostoievski a la cabeza), para plantearse el reto de convertir en Teatro (con mayúscula) aquello que más lo dificulta: la sobreideologización, la retórica, un cierto sentimentalismo.

Radicalizando hasta el límite sus propuestas escénicas, somete a actores y espectadores a un mutuo desafío: hacer que el Teatro exista con el apoyo exclusivo de ambas imaginaciones. Obliga al espectador, iluminado al parejo del escenario, a asomarse sin pudor en el mecanismo mental del actor que basta para encender el relámpago de la ficción que se hace carne. Expone sin misericordia al actor, quien observa inevitablemente las reacciones del público; lo arranca de toda situación dramática (último grado del despojo) y, a escasos 60 centímetros de sus observadores, estampado contra un muro, le exige que cree ahí, en el instante, sin enmienda posible: pintura al fresco del conflicto.

Propuesta originalmente por Otto Minera, como parte de un atractivísimo proyecto que pretendía mostrar dos visiones del terrorismo (nada más actual, sobra decir) enfrentadas por la distancia y la experiencia histórica, y dos visiones escénicas divididas por una brecha generacional, Los justos ha servido al viejo director para ajustar sus cuentas pendientes con Camus y con muchos de sus íntimos fantasmas, y ha servido al teatro mexicano para comprobar que Ludwik Margules sigue siendo el más joven de sus creadores.