FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del director Ludwik Margules, a propósito de la representación de Los justos, de Albert Camus

Referencia Rodolfo Obregón, “Ludwik Margules (II)”, en Proceso, 24 noviembre 2002, pp. 69-70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ludwik Margules (II)

Rodolfo Obregón

Después del extraordinario realismo poético conseguido en De la vida de las marionetas, un realismo “elevado a la décima potencia” como gustaba citar por aquel entonces, y consciente de que un “espectáculo teatral que no conlleve el intento de ensanchar el idioma, el lenguaje teatral, está estancado: no es teatro…”, Ludwik Margules comenzó un proceso de depuración de lo que considera con justicia su “habla escénica”, un despojamiento de elementos realistas explotados anteriormente hasta el límite de su veracidad.

Admirador secreto de Meyerhold mucho más que de Stanislavski (los antípodas de la puesta en escena), Margules volvió en la segunda mitad de los años ochenta a la concepción del espectáculo como convención consciente. La experiencia operística y la presencia del humor en ese quizás fallido pero genial recorrido por la historia de las representaciones que fue Manuscrito encontrado en Zaragoza, resultaron sin duda fundamentales en esa nueva etapa que, lejos de un regreso a la espectacularidad de sus primeros años, representa el paulatino despojo de elementos ilusionistas tal y como se manifestó en la entrañable puesta en escena de Jacques y su amo, o en el realismo convencional de Señora Klein (un texto menor que el director catapultó a alturas insospechadas gracias a la profundidad actoral conseguida por sus tres intérpretes sobre una angosta pasarela), o, incluso, en el extremadamente detallado realismo de O’Neill (Largo viaje…) que Margules sometió al área de una pequeña plataforma teatral.

En la última década, sin embargo, Ludwik Margules ha radicalizado esta depuración de su lenguaje escénico, siguiendo los caminos abiertos por Brecht y Peter Brook. Desde entonces, sus puestas en escena renuncian de antemano a cualquier ornamento y se concentran en la búsqueda de lo esencial. En el amplio formato del Don Juan de Molière o en la agobiante intimidad del Cuarteto de Heiner Müller, el principio permanece el mismo, su definición última del teatro: “un gramo de emoción en un centímetro de espacio”.

Calificado por el chauvinismo local como un director extranjerizante (cuando no definitivamente extranjero), Margules ha sabido convertir siempre la materia de los grandes autores universales en una experiencia de conocimiento y autoconocimiento sensible, al asumir el hecho teatral como expresión vívida del máximo rigor intelectual. En diálogo de iguales con el gran teatro del mundo, ha emprendido, en años recientes, una relectura de autores mexicanos que los redimensiona en el panorama de la literatura dramática universal: Ante varias esfinges de Jorge Ibargüengoitia1 a la luz de Chejov, Las adoraciones de Juan Tovar (su dramaturgo de cabecera), El camino rojo a Sabaiba de Óscar Liera (traducido al polaco y en espera de ser escenificada en Polonia por el propio director) donde el mentado “realismo mágico” quedó reducido a una construcción mental, Un hogar sólido de Elena Garro vista a través de A puerta cerrada.

Dos veces director del Centro Universitario de Teatro (UNAM) donde implementó, junto con Alejandro Luna, las carreras de Dirección Escénica y Escenografía, y, desde 1991 de El Foro/Teatro Contemporáneo, la experiencia pedagógica de Margules se concentra en sus dos preocupaciones iniciales, el conocimiento profundo del lenguaje escénico y la formación del actor como responsable de la poética interna del teatro.

Otra faceta artística permanece, en cambio, menos conocida: su trabajo como fotógrafo. Paralelo al montaje de El camino rojo..., Margules realizó una exposición fotográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica, donde ha sido maestro por muchos años. En ella era posible atestiguar la pasión del artista que observa-espía el proceso creador de sus actores y comprobar que su especialidad, como en el escenario, sigue siendo el retrato, los acercamientos radicales al rostro que recuerdan la obsesión por la mirada que comparte con un Ingmar Bergman. (Continuará…)


Notas

1 Gabriel Zaid saludó en la prensa con entusiasmo el redescubrimiento teatral de este autor (texto recogido en Leer poesía).