FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace una semblanza crítica del director Ludwik Margules, a propósito de la representación de Los justos, de Albert Camus

Referencia Rodolfo Obregón, “Ludwik Margules (I)”, en Proceso, 17 noviembre 2002, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Ludwik Margules (I)

Rodolfo Obregón

La experiencia poética no es otra cosa que revelación de la condición humana, esto es, de ese trascenderse sin cesar en el que reside precisamente su libertad esencial.
Octavio Paz (El arco y la lira).

En diferentes espacios críticos, he considerado la puesta en escena de De la vida de las marionetas, a partir del guión cinematográfico de Ingmar Bergman, como la muestra contundente de la plenitud alcanzada por el teatro mexicano en la segunda mitad del siglo XX.

A la vez que condensaba la experiencia y madurez del Teatro Universitario surgido de Poesía en voz alta, la puesta en escena de Ludwik Margules reunía, en su perfección formal1 y su estremecedora complejidad emotiva, las dos líneas fundamentales del director nacido en Polonia y formado profesionalmente bajo la tutela de los grandes constructores de la escena mexicana (Salvador Novo, Fernando Wagner, Seki Sano): por un lado, la rigurosa articulación del lenguaje polifónico del teatro, que había explorado en espectáculos como El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, y La trágica historia del doctor Fausto de Christopher Marlowe, donde “finalmente se conformó con un escenario de 60 m. de boca (el Frontón Cerrado de C.U.), torres góticas lanzacohetes, algunas máquinas renacentistas y un vestuario de astronautas medievales”2; por la otra, la minuciosa disección del comportamiento humano, materializada en una profundidad actoral sin parangón en el teatro mexicano3, que Margules desarrolló explorando en los abismos insondables de la condición humana presentes en obras como Severa vigilancia de Jean Genet, Fiesta de cumpleaños de Harold Pinter y, sobre todo, El tío Vania de Anton Chejov.

En estos autores, así como en otros poetas isabelinos (Ricardo III, un Hamlet ensayado durante un año y no estrenado), el director escudriñó, y adaptó a su visión, la condena del hombre sujeto a los mecanismos del poder, la tragedia del hombre moderno, su soledad en el mundo, “la omnipresencia y omnisciencia del absurdo como regidor de nuestras vidas”4. Dotado de una mirada extremadamente atenta a la experiencia y una obsesión por los detalles reveladores, el realismo5 (en el más amplio sentido del término) cultivado hasta entonces por el director, quien se declara “un agnóstico creyente”, parecía seguir un principio de la gnosis: “reconoce lo que está ante tus ojos y lo que está oculto te será revelado”.

El dominio absoluto de la sintaxis de los lenguajes escénicos, aunado a un permanente espíritu transgresor, trajo como resultado puestas en escena de madurez, plenas de tensión y equilibrio, como Querida Lulú de Frank Wedekin, Jacques y su amo de Milan Kundera, Largo viaje del día hacia la noche de E. O’Neill, y, sobre todo, su renovadora visión de la puesta en escena operística con The Rake’s progress de W.H. Auden-Stravinski, Fausto de C. Gounod y Aura, de Mario Lavista, sobre el relato de Carlos Fuentes adaptado por Juan Tovar. (Continuará…)


Notas

1 La apreciación coincide con la de Vicente Leñero: “…sin esos factores escenográficos y actorales Margules-Luna no habrían logrado alcanzar esa perfección que sólo el recuerdo mantiene viva”.
2 Alejandro Luna, “Mi trabajo con Margules”, Boletín CITRU 2, Nueva época, Centro de Investigación e Información Teatral Rodolfo Usigli, abril-junio 1987.
3 La coincidencia ahora es con Alejandro Aura, “El tío Vania”, op. cit.
4 Ludwik Margules, “Ludwik Margules, por él mismo”, op. cit.
5 Luis de Tavira resalta esta aportación de Margules a la puesta en escena universitaria en entrevista con Esther Seligson, El teatro, festín efímero, México, UAM, 1989.