FICHA TÉCNICA



Título obra Tío Vania

Autoría Antón Chejov

Dirección Yuri Kordonsky

Grupos y compañías Teatrul Bulandra

Eventos XXX Festival Internacional Cervantino

Referencia Rodolfo Obregón, “Tonalidades chejovianas”, en Proceso, 20 octubre 2002, p. 85.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tonalidades chejovianas

Rodolfo Obregón

Tal y como lo anticipamos, el Tío Vania presentado por el Teatrul Bulandra de Rumania, como parte del XXX Festival Internacional Cervantino, reunió a un grupo de magníficos actores con una puesta en escena de imágenes singulares. La salvedad, en este caso, es que las últimas pertenecen a la fantasía del director ruso Yuri Kordonsky.

El director huésped concentra la acción de la obra chejoviana en un kiosco que, cual auténtico palafito, se sostiene sobre las aguas y al que sólo puede accederse por medio de puentes. La fragilidad del espacio, de innegable belleza, contrasta con la fiereza del medio ambiente (tormenta incluida) estableciendo así una clara simetría con la vulnerabilidad de los protagonistas una vez enfrentados a su íntima naturaleza.

Ahí, la influencia de la escuela stanislavskiana hace su aparición pues la puesta en escena, que demuestra su coherencia y solidez a todo lo largo de sus 2 horas y media, se sustenta definitivamente en las acciones físicas de unos personajes poseídos por la manía de hacer. Incapaces de detenerse, de concederse un momento de reposo, los habitantes de la famosa finca contradicen el ocio, el estancamiento temporal, tan determinantes en las obras del autor ruso que reinventó el teatro para el siglo XX.

Quizás sea esta falta de contraste lo que impide una mayor profundidad emotiva que, con un elenco tan capaz, se echa de menos. El Tío Vania rumano consigue una impecable eficacia, la creación de muy diversas atmósferas, pero no cala profundo en la sensibilidad del espectador. A pesar de su belleza, la manía de hacer, y hacer cosas extrañas, revela un afán de originalidad (como beber el té por el ombligo) no siempre orgánico ni asumido plenamente por los actores. El significado íntimo que las acciones físicas deberían aflorar, queda en muchos casos ilustrado, como el humor metido con calzador.

Pese a ello, éste resulta en nuestro contexto el punto de mayor interés, pues la escenificación de Yuri Kordonsky acentúa la clara comicidad del texto y sus elementos de absurdo. Las risas del público de Querétaro (donde asistí a ver la obra), embebido en la historia que se le contaba, daban toda la razón al autor que solía llamar a sus textos “comedias”.

Como en el caso de la inolvidable puesta en escena del lituano Eimuntas Necrosiuss (Proceso 1211), o la escenificación del húngaro Tamaz Asher del Platonov (en el número 25 de la desaparecida revista Repertorio dediqué un extenso artículo a tan brillantes versiones chejovianas) este Tío Vania contradice definitivamente la teoría que durante años ha identificado en México las “piezas” de Chejov con un pretendido “medio tono”, una contención emotiva y expresiva.

Los grandes saltos tonales que pueden apreciarse en la obra que nos ocupa, la amplitud expresiva que comparte, por ejemplo, con la puesta en escena de Peter Stein de Las tres hermanas, dan cuenta al mismo tiempo de la efusividad idiosincrásica del pueblo ruso y de la increíble capacidad de Chejov para subrayar en la vida de todos los días, lo alto y lo bajo, para mostrar en los mismos personajes, individuos comunes y corrientes, lo sublime y lo grotesco de la condición humana. La vida pues. La vitalidad que rebasa toda clasificación genérica.

Las alternadas risas y sollozos del generoso público queretano frente al Tío Vania del Teatrul Bulandra, como sucede con cualquier teatro verdadero, justifican plenamente la genial definición de Juan Tovar: “los siete géneros dramáticos son dos: la tragicomedia”.