FICHA TÉCNICA



Título obra El doliente designado

Autoría Wallace Shawn

Dirección Juan José Gurrola

Elenco David Hevia, Héctor Téllez, Gabriela G. Hopkins

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Rodolfo Obregón, “El doliente…”, en Proceso, 29 septiembre 2002, pp. 81-82.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

imagen facsimilar 2

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El doliente…

Rodolfo Obregón

Existe un inquietante filme de Louis Male, Mi cena con André, en el cual el dramaturgo y actor, Wallace Shawn, se sienta a la mesa durante casi dos horas y conversa con el director de escena André Gregory. El guión, escrito al alimón por ambos teatreros neoyorquinos, retoma las experiencias parateatrales del segundo e implica un sacrificio del primero, autor de la idea. Shawn se pone “de pechito”, como un incrédulo y rutinario escritor que se limita a dar pie o a comentar tímidamente las exóticas aventuras y los intensos puntos de vista de Gregory.

Tal parecería que para dar cuenta de esos “otros mundos”, hace falta un relator, un intermediario con un pie dentro y otro fuera, un ser fascinado por esa franja oscura de la realidad y, a la vez, con la distancia suficiente para no quedar cegado por ella. Ese es el caso de Jack, El doliente designado para redactar la elegía del mundo de las ideas, para contar entre lamentos la agonía del pequeño e inmenso mundo de la intelligensia.

En la exigente apropiación de este personaje, resentido y nostálgico, admirado y repelente, David Hevia se enfrenta a un auténtico tour de force y sale de él triunfante y abatido, pleno de sensaciones y exhausto de expresión. En su regreso teatral a México, después de una década de trabajo con el alemán “Theater an der Ruhr”, Hevia encarna un conmovedor testimonio del arte del actor, otra especie (cuando menos en nuestro territorio) en vías de extinción.

Concentrado y atlético, generoso, complejo sin menoscabo de su espontaneidad, David se compromete a fondo con su criatura y demuestra, como lo escribió Juan José Gurrola hace ya unos veinte años, que “el actor es el primer poeta, el poeta primario…” del teatro.

Acompañado discreta y eficientemente por Héctor Téllez y Gabriela G. Hopkins, encargados de personificar al intelectual (Octavio) atrapado en el mundo de las ideas y a su amanuense (Elena), encargada de construir y perpetuar el mito que lo rodea, el histrión de cuenta de un mundo que ha desaparecido tras la explosión de esa otra franja de realidad, violenta y sigilosa, que las teorías, las grandes conceptualizaciones, las sutilezas del arte y la cultura, no permitieron observar.

Desafiando las convenciones dramáticas tradicionales, como en el caso del filme aludido donde los personajes no hacen otra cosa sino cenar y platicar, o como en las obras de Harold Pinter donde la vida civilizada se asienta sobre un horror perceptible pero innombrable, El doliente designado de Wallace Shawn, sucede todo en el pasado, en la reconstrucción mental, a manera de tres inquietantes monólogos que, en el presente de la percepción del espectador, intentan cohabitar.

El éxito de este hipnótico relato, cuya construcción verbal ofrece también grandes desafíos para los actores (enturbiados por momentos por la dificultad de verter al español las formas coloquiales del habla) y para el espectador, estriba nuevamente en la noción del sacrificio.

En el mismo texto que he citado, y como lo ha recalcado en casi todas sus escenificaciones, Juan José Gurrola apunta que el director de escena carece de la “posibilidad de creación (…) a menos que reescriba el texto”. En El doliente designado, cuya temporada se lleva a cabo en la Sala Villaurrutia, Gurrola se ciñe como nunca al texto, crea un impecable espacio de convivencia y desaparece tras el trabajo de sus actores.

Amén de alguna posible liga metateatral entre uno de los grandes renovadores de la escena mexicana y la naturaleza de sus personajes, de la amargura elegíaca que se desprende del texto y la de una era de nuestro teatro que se agota, la puesta en escena de El doliente designado restablece la duda respecto a las líneas que separan a la creación del auténtico arte de interpretar, dos nociones que tampoco pueden vivir de espalas a la realidad específica de cada hecho artístico.