FICHA TÉCNICA



Título obra No ser Hamlet

Notas de autoría William Shakespeare / autor de Hamlet

Dirección Ricardo Díaz

Espacios teatrales Museo Carrillo Gil

Referencia Rodolfo Obregón, “Hamlet… o no (II y último)”, en Proceso, 25 agosto 2002, pp. 71-72.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Hamlet... o no (II y último)

Rodolfo Obregón

La crítica del teatro

Como muestra de su habilidad en la deconstrucción y nuevo ensamblaje de los textos, Ricardo Díaz enfatizaba en El veneno que duerme el eje temático vigilia-sueño y su relación natural con los procesos de la ficción teatral. En El vuelo sobre el océano, valiéndose de Brecht, avanzaba al incorporar a la escena el análisis crítico de dicho proceso e intercalarlo con el juego de la representación.

En No ser Hamlet, el discurso crítico enriquece a la vez el tejido de planos y de medios expresivos (video), pero vuelve a su natural papel secundario en relación a los fragmentos representados que subrayan una palabra pródiga en el texto shakespeareano (y quizás en la obra toda del poeta): la apariencia.

Así, en el filo que cuestiona nuestras percepciones habituales, la obra se adentra en la ambigüedad de aquello que parece y no es, en sus implicaciones en la identidad del individuo o el juego de la máscara social, en la referencia metateatral o su clara dimensión metafísica.

No ser Hamlet pone en cuestión la identidad de los actores que no representan, del espectador conducido a la fosa donde comparte el suelo con Yorick; fustiga a un medio artístico plagado de acomedidos Polonios, de lengua almibarada, que se arrodillan en los lugares propicios para que sus lisonjas sean recompensadas; reconstruye, en medio del estrépito de escaleras y martillazos, la sublime muerte de un ser ficticio; y abre, literalmente, las puertas al espectador para salir del espacio teatral y adentrarse en los misterios de Hamlet.

Como en sus trabajos anteriores, Ricardo Díaz muestra aquí un gusto barroco (quizá a veces excesivo) que se manifiesta en el entramado de los planos narrativos y la multiplicidad de estímulos, principalmente visuales, que ofrece a sus interlocutores. El rasgo estilístico más atractivo mostrado hasta ahora por el director es, en mi opinión, el contraste de ese tejido externo con una capacidad poética que logra descubrir el gesto, el elemento escenográfico, la acción escénica, más simples para sintetizar la esencia del fenómeno puesto en juicio.

Ayer, una bicicleta fija y un gorro de aviador eran suficientes, aunados a una actitud actoral para convocar a Lindbergh y sus fatigosas batallas a lomos del Espíritu de San Luis. Hoy, un simple caminar, correr por los pasillos del Carrillo Gil, crea el clima de tensión que se respira en los pasadizos palaciegos; unos lentes oscuros, un apenas contoneo, unas sonrisas leves, satirizan brutalmente la frivolidad en que se desarrollan los rituales de los comediantes. En las obras de Díaz, la escena muda, la imagen, evoca el argumento del drama. Jamás lo ilustra.

Como el buen Hamlet, el actor de Díaz no se oculta tras las sombras sino que se coloca “demasiado a la luz”. Y ahí muestra su grandeza y sus debilidades. A diferencia de El veneno…, es posible percibir aquí cierta impostación de un discurso que no le pertenece del todo, la confusión habitual entre neutralidad (aquello que llamé entonces “el grado cero de la actoralidad”) y el abandono de cuerpos y de voces, una disposición a lo imprevisto y una incapacidad para conducirlo a buen cause.

Al confrontarse cada noche con un espectador diferente y darle un papel protagónico –“señores: bienvenidos a escena”–, el actor se coloca no sólo ante una disposición espacial diferente, sino a tiempos diferentes, reacciones, e incluso, impertinencias que bien pueden arruinar la velada.

Muy lejos del teatro rutinario que condena, No ser Hamlet asume con orgullo el riesgo de revivir el diálogo del príncipe shakespeareano y su madre frente al fantasma del rey Hamlet: “¿No ves nada ahí? / Nada y veo todo lo que hay / ¿Tampoco oíste nada?”