FICHA TÉCNICA



Título obra No ser Hamlet

Dirección Ricardo Díaz

Espacios teatrales Museo Carrillo Gil

Referencia Rodolfo Obregón, “Hamlet… o no (I)”, en Proceso, 18 agosto 2002, pp. 67-68.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Hamlet... o no (I)

Rodolfo Obregón

Instrucciones para el espectador<

Si es usted un espectador que, como el viejo Polonio, sólo gusta de ver cantos y bailes o de oír asuntos que se expresan con gritos y berridos, y si no se duerme; si está usted habituado a la comodidad de un punto de vista único, si suele arrellanarse en la butaca a esperar que lo entretengan, entonces lo mismo daría que la obra fuera la de cualquier escritorzuelo o que fuera dirigida y actuada con la insensibilidad que la costumbre ha provocado en tantos actores y directores.

Por el contrario, si usted como el buen Hamlet, recuerda con entusiasmo alguna representación, como aquella de El veneno que duerme (no faltó quien dijo que no había en esa obra, orden, claridad; no era ciertamente manjar para el vulgo, pero a mí me pareció, e incluso a otros cuya opinión excede en mucho la importancia de la mía, una excelente pieza, admirablemente estructurada y realizada con entrañable virtud); si gusta usted de la templanza, de que el arte estimule su inteligencia, si es usted propenso a este género de placeres, entonces deleitará y revelará su ánimo con No ser Hamlet, un título a todas luces metafórico.

Como en las otras obras del director Ricardo Díaz (Stabat Mater, El veneno…, El vuelo sobre el océano), en este caso tendrá usted que ser capaz de acomodar el antes y después de la fábula shakespeareana, de ordenar por usted mismo (como lo pedía el viejo Brecht) el material humano que, bajo los ropajes del príncipe de Dinamarca, le presenta un grupo de jóvenes y valientes actores.

Condenado a errar por las salas y pasillos del Museo Carrillo Gil, a entremezclar los elementos de la obra con las exposiciones en turno, se verá usted obligado a elegir sus puntos de vista, a establecer los ángulos desde los cuales enfocar el drama, a escoger entre las múltiples imágenes que se le ofrecen.

Un consejo es pertinente: no pierda la paciencia. No busque descifrar el sentido sin antes sumergirse en sus sensaciones, no se amedrente frente a las dificultades o, incluso, la posibilidad de ausentarse por momentos. No se sorprenda si los actores lo interpelan directamente con preguntas o comentarios tan directos que llegan a sonar panfletarios, en realidad son las líneas que el escéptico príncipe dirige a los escurridizos Rosencrantz y Guildenstern.

Tenga en cuenta que la desarticulación anecdótica implica también la supresión del personaje y que, por tanto, el director sustituye las relaciones entre las criaturas de ficción por aquellas entre actor y espectadores.

Piense que la crudeza con que Hamlet rechaza todo aquello que huele a podrido en Dinamarca, es la misma con que Ricardo Díaz restriega en el rostro del espectador los hábitos palaciegos del arte. Que consciente de lo poco o nada que Hamlet (o Hécuba o cualquier otra criatura urdida en el engaño) es para él, de la extrañeza que implica llorar sus infortunios, se concentra en el drama de los seres verdaderos que asisten cada noche al antiguo juego de representar.

Entonces, sólo entonces, comprenderá usted que el abandono de toda la acción resolutoria del Hamlet original responde a la necesidad de insistir en sus preguntas. No en vano, en una hermosa paradoja, el título de esta versión (realizada al alimón con Ileana Diéguez) excluye la duda del gran soliloquio. Entonces, insisto, se dará usted cuenta que, por medio de la modificación radical de sus formas, No ser Hamlet logra sacar a flote el espíritu del drama, logra calar en el sentido profundo del texto de los textos.