FICHA TÉCNICA



Notas El autor reflexiona sobre los efectos de una politica cultural basada en los ingresos de la taquilla

Referencia Rodolfo Obregón, “Tener éxito”, en Proceso, 11 agosto 2002, pp. 69-70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tener éxito

Rodolfo Obregón

Hace algunas semanas, al hablar de 1822 (Proceso 1339), rematé mis comentarios con una expresión que me ha valido algunos cuestionamientos y recriminaciones privadas. La frase, “ya veremos luego como salvar al teatro de los salvadores del teatro”, parodiaba un juego de palabras del padre Mier, incluido en la propia obra, y hacía alusión a la política cultural en boga que privilegia la relación teatro-público (en términos exclusivamente cuantitativos) bajo el supuesto de que llenar las salas a toda costa es la única forma de revitalizar al teatro. Como en el resto de las áreas de la actividad pública, la demagogia neoliberal ha terminado por permear a las instituciones culturales.

El objetivo, que es perfectamente natural en cualquier empresa comercial, se contamina sin embargo, cuando éstas comienzan a navegar con banderas artísticas y los intereses comerciales se mezclan con los dineros y los espacios públicos. El problema radical es que todas las instancias de producción oficial siguen actualmente el mismo parámetro, que todas se someten gustosas al “juicio mediocre de la taquilla” y en ninguna se estimula o son preponderantes, el proceso y el hecho creativos.

Esta política uniforme desconoce la exacta observación de Jorge Ibargüengoitia, según la cual “los espectadores, en general, no están vivos, sino sólo funcionando, que son dos cosas muy diferentes” e identifica así el éxito de público con un fenómeno de consumo. Entre los teatreros, que buscan el reconocimiento público sin dolores de conciencia, y los funcionarios, que dan gusto a las administraciones “eficientistas”, campea el mismo argumento: el éxito de estas obras menores, “light”, “limítrofes” (las llama con su habitual agudeza Ludwik Margules), servirá para acercar al público amplio al hecho teatral y así, paulatinamente, podrá elevarse la calidad de las obras a las que asista.

En realidad se trata de una falacia que remite a la situación del teatro mexicano de principios del siglo XX, donde, como lo señala Antonio Magaña Esquivel, las obras de amplia repercusión “fueron comedias de fácil éxito que entraron en el público sin esfuerzo ni talento y salieron de él sin asomo de arraigo”. Sin antecedentes y sin consecuencias, como sucede prácticamente toda la actividad teatral en nuestro país, esas obras están condenadas, como el resto, a su momento y, por ende, a la intrascendencia.

El argumento además, ni siquiera es novedoso. En México en el teatro, Rodolfo Usigli fustiga a los dramaturgos que, con este afán, se ponen a la altura de su público y que son como “el padre de familia que, en vez de enseñar a hablar tradicionalmente a sus hijos, aprende a balbucear como ellos, (y por tanto) tendrá que verse despreciado por ellos cuando alcancen edad de razón, aunque lo aplaudan al principio”.

Me temo que Usigli pecaba de optimismo al creer que puede alcanzarse “edad de razón” con padres semejantes, y la prueba está en que el público mexicano nunca creció y, un siglo después, quiere seguir viendo obras abreviadas.

El éxito entonces resulta un concepto muy discutible, y el problema medular es que en la actual promiscuidad no hay forma de distinguir la valía artística de un proyecto o un trabajo, que no existen parámetros para ésta porque, en la mayoría de los casos, no se sabe qué teatro se quiere, porque se ignora que en materia artística no todo lo que brilla es oro y que hay fracasos que ennoblecen.