FICHA TÉCNICA



Notas El autor reflexiona sobre la incorporación de lo real, frente a la ficción, en el teatro del siglo XX

Referencia Rodolfo Obregón, “Reality Shows”, en Proceso, 14 julio 2002, p. 71.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Reality Shows

Rodolfo Obregón

En el fragor de las discusiones a la mode, renombramos los fenómenos y creemos otorgarles así nueva vida. En realidad –y ésta es la palabra clave–, el interés por meter las narices en la vida de los otros no tiene nada de novedoso. Tampoco el hecho de hacerlo.

Del periodismo encubridor a la nota roja, del cuento de hadas al teledrama naturalista, del barullo musical al voyerismo convenido, la televisión intenta contrarrestar ahora la distorsionada imagen del mundo que creó durante años. Y lo hace por caminos que exactamente un siglo atrás agotó el arte.

En alguna ocasión, Luis de Tavira refería su experiencia vivencial del Manifiesto Naturalista: tal y como lo pedía Zolá, el director de escena se sentó durante cuatro horas en el balcón a contemplar el paso de la vida, que resultó –en sus propias palabras– aburridísimo.

Otro tanto sucede al observar dos minutos la “rebanada de vida” que ofrecen los personajes de Big brother: el único interés está en comprobar tan fácilmente su carácter anodino. La cámara oculta ha resuelto, no obstante, el problema que planteaba Alejandro Luna en su propuesta para La visita del ángel de Vicente Leñero: la única escenografía naturalista posible implica construir un muro entre la representación y sus espectadores.

El recurso sin embargo no es desdeñable en sí, pues hay de vidas a vidas y el chiste está en saber escoger la rebanada. El interés por el material real, por el individuo con una existencia comprobable, por encima del interés en la ficción-ficción, queda clarísimo en la tendencia del siglo XX a convertir al autor en personaje.

Desafiando la frase con que cierra La noche de Oscar Wilde (espectáculo que ha acompañado a Guillermo Murray durante años y que realiza temporada de fin de semana en el Foro Coyoacanense), las obras dramáticas del escritor irlandés han caído en el olvido mientras las obras sobre su vida se reproducen con ahínco: de El dandy del Hotel Savoy a las recientes temporadas de Los tres juicios de Oscar Wilde, El fantasma del Hotel Alsace, pasando por la obra citada.

El propio Wilde fue en parte responsable de esta tendencia que constituiría uno de los fenómenos más fascinantes del arte del siglo XX, la extensión de la obra hasta los terrenos del propio individuo. Pues una vez superado el afán naturalista, las vanguardias revaloraron la supremacía del arte en relación a la vida, como queda manifiesto en una de las clásicas estocadas verbales del esteta: “el siglo XIX es una invención de Balzac”.

La realidad se refunda en la imaginación y los efectos de ésta se extienden a la persona del artista hasta constituir una auténtica ética de la vanguardia, una postura que enfatiza la intensidad de la experiencia artística de cara a un mundo insatisfactorio.

Es esto lo que vemos en la creación del personaje de don Ramón del Valle Inclán y todas sus leyendas, en el voluntario cultivo del misterio de un Jean Genet, en la autoexaltación de un Henry Miller, y, gesto último de la radicalidad, en el teatral suicidio de Yukio Mishima.

Se antoja imposible pensar que algún día un personaje de esta magnitud azote las puertas de la casa de Big brother. No mientras la TV viva de alimentar las exigencias inmediatas del vulgo, que como señalaba Ortega y Gasset, “es incapaz de acomodar su atención al vidrio y transparencia que es la obra de arte; (que) en vez de esto, pasa al través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida”.