FICHA TÉCNICA



Título obra Macbeth

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Jesusa Rodriguez y Luz Aurora Pimentel / traducción y adaptación

Dirección Jesusa Rodríguez

Elenco Arturo Ríos

Escenografía Carlos Trejo

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Rodolfo Obregón, “Tragedia social (I)”, en Proceso, 9 junio 2002, p. 73.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tragedia social (I)

Rodolfo Obregón

Ya he citado aquí la frase de Norman Mailer: “… porque al poco tiempo, el estilo con que trabajas es la forma en que percibes”. Y no es poco tiempo el que separa las dos aproximaciones de Jesusa Rodríguez al Macbeth de William Shakespeare.

De aquel ¿Cómo va la noche, Macbeth?, realizado en un contexto de experimentación y firmado colectivamente por el grupo Atrezzo, a su actual versión de la tragedia han transcurrido los años del cabaret y la militancia política. Y eso se nota en su percepción de la materia dramática shakespeareana.

A diferencia de aquella irregular pero gozosa puesta en escena realizada en el Teatro de la Capilla, que exploraba primordialmente en los terrenos del sueño y su reflejo en la teatralidad, la actual versión (que después de un caótico inicio en el no menos caótico Teatro de la Ciudad, realiza temporada en el Julio Castillo) está permeada por los afanes redencionistas de la defensora de toda causa justa.

Y aquí su desafortunado punto de partida pues, como lo ha demostrado George Steiner, el optimismo que subyace en la denuncia y las luchas sociales es incompatible con la misteriosa fatalidad de la tragedia. En ésta, la catástrofe es irremediable.

“Cuando tiene vigencia una concepción trágica de la vida no se puede acudir a remedios seculares o materiales. El destino de un rey Lear no se resuelve estableciendo hogares adecuados para ancianos”, escribió Steiner en 1960, condenando al fracaso la magnífica traducción y pésima adaptación del Rey Lear que Jesusa y Luz Aurora Pimentel llevarían al cabo más de 30 años después.

Una vez más, en Macbeth, la mancuerna ha acertado al verter el texto original en un español rotundo, pleno de violenta sonoridad o humor descarnado, rescatando la extraordinaria gama tonal que caracteriza al poeta inglés, y ha fracasado al anclar su mirada en la realidad inmediata y, para colmo, sujetarla a un esquematismo políticamente correcto: el mal anida entre los ricos mientras que la sabiduría está del lado de los pobres quienes, a través de conjuros en náhuatl, rigen sus torpes destinos.

Y no es que la puesta en escena no deba responder a la realidad que convierte al autor clásico en “nuestro contemporáneo”, sino que a diferencia de los géneros mínimos que viven exclusivamente de la oportunidad y con ella desaparecen, el teatro establece un diálogo entre pasado y presente, entre la dimensión particular y el carácter universal de los acontecimientos.

Por ello, muy lejos de la inquietante ambigüedad shakespeareana, identificar los ejes del bien y del mal con imágenes del ataque a las torres gemelas y el discurso de Bush es tan sólo una obviedad, e incluir un fragmento grabado en video y en el cual Carmen Ariztegui y Javier Solórzano leen textos shakespeareanos como si fueran el último e intrascendente comunicado de una agencia de prensa, no dota a la obra de un contexto concreto, sino que distancia al espectador a través de una muestra del hábito autocelebratorio con que el red set se mofa de los otros desde la mesa del cabaret.

Y, pese a todo, el Macbeth de Jesusa pone en evidencia dos aspectos medulares del fenómeno teatral que comentaré en la próxima entrega: por una parte, la afluencia de público nos habla de su necesidad de presenciar los grandes textos dramáticos; por la otra, la obvia relación que existe entre éstos y el arte del actor. Macbeth requiere la piel de un gran actor y Arturo Ríos es un actor que merece hacer un Macbeth.