FICHA TÉCNICA



Título obra El Quijote

Notas de autoría Miguel de Cervantes Saavedra / autor de la novela homónima

Dirección Leonardo Kosta

Referencia Rodolfo Obregón, “Heroísmos”, en Proceso, 26 mayo 2002, p. 71.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Heroísmos

Rodolfo Obregón

Para Franco, boquiabierto espectador de este tinglado

El teatro, está claro, no palpita tan sólo en las obras que en él se producen; aunque la crítica tienda a fijar en ellas su excluyente mirada. El teatro, como todo hecho artístico, suele vibrar con mayor ahínco en los procesos de trabajo y en los seres que lo habitan.

Guiado seguramente por la propia nostalgia de un proyecto artístico que la medianía provinciana (amén de los errores personales) no supo cobijar, me conmuevo profundamente frente a la figura quijotesca de Leonardo Kosta.

Hará unos 25 años que este titiritero sudamericano entró, con la única compañía de sus bártulos, en la muy noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro y, durante un corto pero intenso periodo, sentó ahí sus reales.

Director de escena acostumbrado a los rigores de la independencia, a la que nunca estuvo dispuesto a renunciar merced a sus convicciones políticas, Kosta fue capaz de crear un espectáculo con la cáscara de una naranja.

Su irrupción en el desierto imaginativo del teatro queretano, fue un aire tan fresco como el que produjo el paso por aquellas tierras “calánimes” de otro personaje de aspecto quijotesco: Hugo Gutiérrez Vega, y marcó para siempre a gente como Manuel Naredo, teatrero que hoy es responsable de la principal institución de cultura del Estado.

En estrecho contacto con un excepcional funcionario universitario de sensibilidad y mirada amplia, Leonardo Kosta fundó, en 1981, la revista Repertorio, que sería a la postre nuestro vaso comunicante.

Pese a ello, la mezquindad que se agazapa en aquel pueblo chico echó mano de la ignorancia y, con un argumento supino –que el malhadado teatrero había faltado al respeto a Cervantes con su desenfadad versión escénica de El Quijote–, comenzó a cerrarle las puertas hasta que Leonardo levantó su tinglado y marchó en busca de un sitio mejor.

¡Cuánta estupidez! Como si alguien tuviera que defender una obra que en su grandeza se basta a sí misma. ¡Cuánto desconocimiento! Como si en su caudal no confluyeran, para gloria de la tragicomedia, las límpidas aguas del ideal (la novela de caballerías) y las turbias corrientes de la picaresca.

¡Y cuánta insensibilidad! Pues más de veinte años después, Leonardo Kosta ha vuelto a Querétaro con una versión para marionetas de El Quijote que he gozado, en la compañía atónita de mi hijo, por su amorosa serenidad, por su conmovedora sencillez, por la veneración (libre de cualquier aspaviento) con que el encanecido titiritero maneja los hilos y comparte la vida de sus criaturas.

Hacia el final del espectáculo, Don Quijote yace en su lecho de muerte. La marioneta descansa, con su fragilidad expuesta, sobre el escenario desnudo. Leonardo Kosta se arrodilla y, con toda parsimonia, dobla los brazos del difunto y los cruza sobre su pecho. El teatrero se santigua y, acto seguido, vuelve a extender los brazos del muñeco que eleva hacia el cielo mientras él inclina respetuosamente la cabeza.

Cierto, nada hay más importante en el teatro que los hombres que trabajan en él.