FICHA TÉCNICA



Título obra La cara oculta de la luna

Dirección Robert Lepage

Elenco Ives Jacques

Música Laurie Anderson

Grupos y compañías Ex Machina

Eventos XVIII Festival del Centro Histórico

Referencia Rodolfo Obregón, “El lado oscuro de Robert Lepage (II y último)”, en Proceso, 5 mayo 2002, pp. 66-67.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El lado oscuro de Robert Lepage (II)

Rodolfo Obregón

La extraordinaria realización de El cara oculta de la luna, de Robert Lepage –decíamos–, se sustenta en una mixtura genérica muy acorde a los temas y situaciones de que da cuenta.

Como el nombre de su compañía (Ex Machina) lo indica, en sus espectáculos permanece un sustrato teatral que justifica el sentido representacional; pero en ellos hay también una fascinación por los lenguajes posibles gracias a la tecnología contemporánea, como si sólo a través de ellos pudiera construirse una expresión artística acorde a los hábitos de la vida “desarrollada”.

Los ilimitados recursos desplegados por Lepage van desde la utilización del filme documental (en este caso las aventuras y logros de los cosmonautas soviéticos), a la manera propuesta hace casi un siglo por Erwin Piscator, o su interacción con la tridimensionalidad del cuerpo del actor, pasando por un ambiente sonoro que acentúa intimidad, atmósferas, referencias temporales (como el “gis” de las transmisiones televisivas que a los miembros de mi generación remiten a la infancia), hasta el empleo de la robótica y un diseño espacial que se multiplica con impecable precisión para crear todos los espacios requeridos por el relato.

Con un ritmo de pausada fluidez, el desarrollo de este género, mitad teatro mitad cine, consigue una serenidad de claro tinte oriental (característica recurrente del director) donde se entrecruzan las variaciones de sus diversos motivos (como el pez, herencia de la madre recién fallecida, símbolo de continuidad y metáfora de nuestro encierro en un planeta que, ante la inmensidad del universo, no es sino una pecera).

Como si las soluciones escénicas estuvieran de acuerdo con las dos dimensiones extremas de la historia (la soledad cósmica y la pequeña vida cotidiana), éstas se sustentan en la alta tecnología o en la sencillez de la convención teatral que convierte unos botes de refresco y un lápiz en un memorable cohete espacial.

La cara oculta de la luna –sería necio negarlo– alcanza la perfección en el manejo de todos estos elementos, y la calidad de sus colaboradores es sobresaliente: de la música original de Laurie Anderson, al trabajo excepcional del actor bilingüe Ives Jacques, quien con un simple cambio de energía o de acento, interpreta nítidamente a todos los personajes de la obra.

Sin embargo, desde la perspectiva esencialmente teatral, la parafernalia tecnológica no logra desprenderse de un mal que parece serle inherente: su efecto anímico sobre el espectador desaparece al instante en que se desentrañan los mecanismos que lo posibilitan.

Y aquí la gran diferencia con los mecanismos de la imaginación que graban con fuego su huella en la memoria anímica de quien observa un acto creativo. Y aquí también una interesante comparación entre los dos grandes espectáculos teatrales presentados en el XVIII Festival del Centro Histórico.

La infinidad de recursos empleados por Robert Lepage parecen eclipsar la elementalidad de las convenciones empleadas por Peter Brook. Todo parecería indicar que en el segundo, la imaginación hubiera desaparecido. Mas en una hermosa paradoja, materia prima del arte (pues como indica Frances A. Yeats, las paradojas son “pequeños ensayos para contradecir la opinión prevaleciente de la estirpe humana”), resulta que el verdadero ejercicio imaginativo no estriba en el despliegue de soluciones e ideas, sino en la profunda capacidad para convertir el acto más simple en un hecho entrañable.