FICHA TÉCNICA



Título obra La cara oculta de la luna

Dirección Robert Lepage

Elenco Ives Jacques

Música Laurie Anderson

Grupos y compañías Ex Machina

Eventos XVIII Festival del Centro Histórico

Referencia Rodolfo Obregón, “El lado oscuro de Robert Lepage (I)”, en Proceso, 28 abril 2002, pp. 65-66.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

El lado oscuro de Robert Lepage (I)

Rodolfo Obregón

Los espectáculos de Peter Brook y Robert Lepage presentados durante el XVIII Festival del Centro Histórico parecen representar dos polos radicalmente opuestos de la creación contemporánea. Si no fuera porque conozco el trabajo de Brook en torno del conocimiento científico y los misterios de la mente, podría coincidir con un director de escena mexicano que explicaba la diferencia entre ambos basado en la brecha generacional que los separa.

Sin embargo –y pensándolo bien–, nuestro mundo tiende a mitificar el desarrollo técnico y científico y a ocultar sus miserias ancestrales. La fábula primitiva africana (El traje) no es menos actual que la sofisticada historia a partir de la conquista espacial (La cara oculta de la luna), y, para comprobarlo, una estadística citada hace apenas tres años por Carlos Fuentes: si la población de la tierra se redujera a 100 habitantes y conservara los porcentajes humanos actuales, “habría cincuenta y siete asiáticos, veintiún europeos, catorce habitantes de las Américas y ocho africanos. La mitad de la riqueza del mundo estaría en manos de sólo seis personas. Las seis serían de nacionalidad norteamericana. Ochenta vivirían en casas de calidad inferior. Setenta serían iletradas. Cincuenta estarían desnutridas. Una estaría a punto de fallecer y otra, a punto de nacer. Sólo una entre las cien personas tendría educación universitaria y ninguna tendría computadora”.

El hecho de reconocer esta dicotomía (no en términos materiales, sino en el contraste existente entre el desarrollo tecnológico y la pobreza espiritual) es, sin duda, la cualidad que otorga su brillantez al punto de partida de Lepage: la carrera por la conquista del espacio, con la eventual derrota de los cosmonautas soviéticos, se yuxtapone al desencuentro y posterior reconciliación de dos hermanos quienes, ante el reciente fallecimiento de la madre, se encuentran en el mundo solos.

A la vez que otorga humanidad a una situación clave del mundo contemporáneo (y por lo tanto convierte la información histórica en materia artística), el planteamiento del director quebequense revierte la preocupación común colocando el acento de su cuestionamiento en un punto neurálgico. Como atinadamente lo definió el director mexicano al que he aludido, “la verdadera pregunta no es si existe vida inteligente fuera de la tierra, sino qué hacemos si en verdad estamos solos en el universo”.

Arrojados de pronto frente a un fenómeno tan fascinante como inexplorado y al planteamiento de preguntas tan relevantes (amén de la extraordinaria realización técnica del espectáculo de la que nos ocuparemos en la próxima entrega), no deja de ser frustrante que, con frecuencia, la dimensión terrena del relato se diluya en la excesiva cotidianeidad de los protagonistas, en esos detalles (citábamos hace dos semanas) “tan importantes para nosotros como triviales para los demás”.

A diferencia de la gran mayoría del teatro quebequense que hemos conocido en estas latitudes, mismo que se caracteriza por la suplantación melodramática de los conflictos auténticos, en el lado oscuro de Robert Lepage (un creador que dado su nivel se cuece aparte) anida una cierta frivolidad que detecta genialmente la presencia del conflicto para rehuirlo inmediatamente con un chiste o un artificio técnico, y así impide que su trabajo, pese a su inmensa calidad, cale profundo en el ánimo de los espectadores. (Continuaremos…).