FICHA TÉCNICA



Título obra El traje

Dirección Peter Brook

Elenco Isaac Koundé

Eventos XVIII Festival del Centro Histórico

Referencia Rodolfo Obregón, “Peter Brook”, en Proceso, 7 abril 2002, pp. 70-71.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Peter Brook

Rodolfo Obregón

Dos acontecimientos notables marcan, en materia de teatro, al Festival del Centro Histórico que llega ya a su edición XVIII: los respectivos regresos a México de dos de los directores más prestigiados del teatro mundial, Peter Brook y Robert Lepage.

En el caso del primero, como he mencionado ya en múltiples ocasiones, se trata del director de escena y del hombre de teatro –junto con Samuel Beckett– más importante en la segunda mitad del siglo XX.

Espíritu jamás satisfecho, Peter Brook se instaló en París a principios de los años setenta, después de conquistar todo lo conquistable en el teatro inglés donde revolucionó la concepción de las puestas en escena shakespeareanas.

A diferencia de casi todos sus contemporáneos (Grotowsky a la cabeza) que eligieron llevar al cabo sus búsquedas en terrenos claramente delimitados, la trayectoria de Brook siguió una inicial amplitud –rayana en el eclecticismo– y una progresiva concentración que le permitió trazar el objetivo central de su teatro: ofrecer satisfactores simultáneamente al público menos preparado y al más exigente.

En aras de conseguir ese teatro de gran complejidad que respeta, sin embargo, “el primer nivel” (el contacto elemental con cada uno de sus espectadores), el director comenzó por rechazar toda manifestación de “teatro mortal” y formular como su antítesis a un “teatro inmediato” que mantuviera incesantemente la fluidez de la vida sobre los escenarios.

A través de sus viajes experimentales por Persia, África y los Estados Unidos y su posterior etapa de investigación en París, el director y un grupo de actores de las más diversas nacionalidades, se entregaron a la exploración de lo que el mismo Brook había calificado en El espacio vacío como un “teatro sagrado”, un “teatro tosco” y su posible alternancia, ese “dinamismo sabiamente entretejido” (ha dicho Georges Banu) que caracteriza al “teatro inmediato”.

Muestra de aquella etapa experimental, y particularmente del “teatro tosco”, fue el Ubú Rey que se presentó en México en el ya lejano 1979. Desde entonces y hasta La tempestad de 1989, Brook creó algunos de los espectáculos más significativos de su “ciclo del corazón” (La conferencia de los pájaros, Carmen, y el mundialmente difundido Mahabharata), un teatro pleno de sensualidad, sencillez y elementos orgánicos.

“Hombre de transiciones”, como lo describe Georges Banu, el director inglés pasó entonces a explorar un nuevo universo: su “ciclo del cerebro”, donde aparece la preocupación por incorporar al teatro el conocimiento científico (El hombre que…, Soy un fenómeno) y donde reaparecen los elementos escenográficos; un teatro en el cual las convenciones escénicas se multiplican ofreciendo la impresión, gracias a la decantada pureza con que se emplean, de haber desaparecido.

Mientras prepara su más reciente versión de la obra cumbre de la literatura dramática, el Hamlet con que cerró el simbólico año 2000, y presenta en París la obra de un joven dramaturgo inglés (Faraway de Caryl Churchill), otro trabajo suyo visita México: Le costume (El traje).

A lo largo de su amplísima carrera, Brook ha alternado siempre la creación de obras secundarias (que son pequeños pasos en su trayectoria exploratoria) y obras maestras donde concreta sus hallazgos. Todo parece indicar que Le costume pertenece a la primera categoría pues se trata de una obra naif, pero, sobre todo, porque en su elenco no participan los actores que han desarrollado durante más de treinta años el lenguaje de complejidad humana que caracteriza los mejores espectáculos de Peter Brook.

Las espectativas que pesan sobre su visita a México podrían pues nulificar la experiencia. El espectador deberá estar consciente que este teatro resulta difícil de identificar a través de un solo trabajo pues, más que un universo definido (a la manera de Kantor o Bob Wilson), su esencia es el movimiento. Como él mismo parece reconocer, al citarlo constantemente, Brook es al teatro del siglo XX lo que Picasso a la pintura.