FICHA TÉCNICA



Título obra Santa Juana de los mataderos

Autoría Bertolt Brecht

Notas de autoría Eduardo Weiss, Stefanie Weiss, Antonio Zúñiga y Luis de Tavira / adaptación

Dirección Luis de Tavira

Escenografía Philippe Amand

Música Luis Rivero

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Rodolfo Obregón, “Tavira - Brecht (II)”, en Proceso, 24 marzo 2002, pp. 64-65.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Tavira-Brecht (II)

Rodolfo Obregón

Consciente de que “no hay nada más antibrechtiano que la ortodoxia”, Luis de Tavira ha emprendido, junto con Eduardo Weiss, Stefanie Weiss y Antonio Zúñiga, su propia adecuación de la parábola dramática de Bertolt Brecht, de la que se aleja paulatinamente hacia la segunda parte de la obra, introduciendo el necesario debate en términos de nuestra contemporaneidad.

Inscrito innegablemente en la tradición artística del barroco, Tavira, el gran conceptualizador de nuestro teatro, suele en su práctica –como en su discurso teórico– envolver en un complejo dispositivo escénico, algunas ideas simples.

En su versión libre de Santa Juana de los mataderos, que pone en juego interrogaciones tan relevantes e intercala citas que van desde Goethe y (seguramente) Nietzche, hasta la frase de Marx (“todo lo sólido se desvanece en el aire”) que da título a la aguda reflexión sobre la modernidad de Marshall Berman, irrita de pronto la idea de identificar a las grandes empresas transnacionales con la cadena de comida rápida McDonald’s* o las alusiones, con la cara vuelta directamente al espectador, a una guerra provocada para reactivar la economía.

Copartícipe convencido del carácter utópico del teatro brechtiano, y del teatro en general, el director y adaptador insiste en su versión en la crítica de los complejos mecanismos que sostienen al capital y su camaleónica capacidad de adaptación, y, fiel reflejo de la desorientación de aquellos que se oponen al ciego triunfalismo del mercado, deja pasar de largo la crítica a las soluciones simples del socialismo, propuestas por Brecht, y que resultan, a la luz de los acontecimientos históricos, tan poco vigentes como su fe en los logros del hombre de la era científica vistos a la luz de la destrucción ecológica que conllevan.

Al lenguaje de Brecht, la historia habría de añadir una verdad no menos concreta: el fracaso del socialismo; y habría de mostrar también que junto con el derrumbe del Muro de Berlín (mismo que parece no haber existido cuando los actores cantan La Internacional plenos de convicción), “un milagro no menos notable” se llevaba al cabo en estas latitudes: América Latina comenzaba a optar por la democracia, ese sistema que –según Brecht– permite “a algunos países estar en capacidad de mantener sus relaciones de propiedad con medios menos brutales que otros” **.

No obstante las diferencias, es justamente esta discusión la que favorece, posibilita y –podríamos decirlo– exige, la rica obra de B. B. porque, como lo señala con tino el citado Marshall Berman, “una de las virtudes distintivas del modernismo es la de dejar que el eco de las interrogaciones permanezca en el aire mucho después de que los propios interrogadores, y sus respuestas, hayan abandonado la escena.”

Lejos de las bipolaridades que marcaron el tiempo de Brecht y se reflejan en el acento melodramático de sus personajes (al que tampoco se resisten los actores que hoy los interpretan), la posible respuesta a la unilateralidad de nuestros tiempos podría estar en la recuperación de aquello que el propio Berman denomina “las visiones abiertas de la vida moderna (mismas que) han sido suplantadas por visiones cerradas; el esto y aquello por el esto o aquello”. (Continuará…)


Notas

* Identificación que resulta poco “científica” pues posee implicaciones culturales más que económicas, y aun ahí, sigue siendo una verdad demasiado simple.
** Párrafo tomado de la ponencia citada.