FICHA TÉCNICA



Título obra Mujeres en el encierro

Autoría María Morett

Dirección María Morett

Elenco Claudia Ríos, Tere Rábago, Erando González, Dana Berman

Escenografía Álvaro Hegewisch

Grupos y compañías Me xihc co Teatro

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Rodolfo Obregón, “Mujeres en el encierro”, en Proceso, 10 marzo 2002, pp. 68-69.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Mujeres en el encierro

Rodolfo Obregón

Al trazar, en la entrega anterior, la genealogía de las mujeres directoras de escena, no imaginé que habría de añadir esta misma semana a María Morett, autora, directora y motor del grupo Me xihc co Teatro que conocíamos por su trabajo al abierto (Proceso 1202) presentado durante la Muestra Nacional de Teatro 1999.

Tal parece que las restricciones espaciales le sientan bien a esta tenaz hacedora de teatro que ha logrado con Mujeres en el encierro un resultado mucho más atractivo que el extraño Quijote neomexicanista que comentamos en aquella ocasión y que dirigía Álvaro Hegewisch, ahora responsable de la escenografía.

A decir verdad, la diferencia no parece ser tanto el espacio abierto o cerrado, sino la cercanía de la autora-directora con el material de su drama; a saber, las vicisitudes de mujeres encarceladas que conoció como maestra de teatro en algunos centros penitenciarios.

La fuerza de tal vivencia es evidente desde la primera imagen de Mujeres en el encierro, donde cinco o seis actrices transmutan sus cuerpos, más o menos desnudos, en los de sendas criaturas mitológicas, mientras el Cronos de Goya devora a uno de sus hijos.

A partir de esa primera relación metafórica entre el encierro real y los laberintos creados por la imaginación poética, Morett teje un relato de historias personales, situaciones compartidas y formas de sublimar tan dolorosa experiencia.

Al ejercer como “directurga”, las imágenes alegóricas (la única fuga posible) se entremezclan con diálogos y escenas de un crudo realismo donde, a pesar de los pesares, predominan los rasgos de humanidad: el lazo amoroso, la solidaridad entre las internas, la convivencia –en el mejor sentido del vocablo– con las custodias.

Tal parece que dicha mirada deriva de la conmiseración de la autora frente a las mujeres de carne y hueso que conoció, sentimiento que ha sabido contagiar a todo el elenco.

Y es éste, sin duda, el mayor atractivo de una escenificación y un texto de aciertos claros si bien permeados por cierta arbitrariedad, como el hecho de relatar únicamente algunas historias individuales que explican la forzada estadía de sus protagonistas, en lugar de relatarlas todas o concentrarse en la vida suspendida del encierro.

Del mismo modo, la escenografía de Álvaro Hegewisch plantea ciertas indecisiones al crear el adentro y afuera de la prisión o abrirse definitivamente al plano de la fantasía, y se ve obligada, por ende, a recurrir al convencional y poco convincente disfraz de los tramoyos para realizar sus cambios.

Pese a ello, hay que agradecerle plenamente el haber sabido presentar un nuevo rostro del Teatro Sor Juana Inés de la Cruz, que, después de tantos años, confirma su auténtica vocación de lucha con la arquitectura teatral que suele ser cárcel del ejercicio imaginativo.

Como ya he dicho, Mujeres en el encierro encuentra su mayor virtud en la convicción de sus participantes, un elenco desigual en términos de eficacia pero parejo en su compromiso con la materia de la ficción.

Lamento en verdad (dadas la personalidad y trayectoria de la actriz) no haber podido ver la obra con su protagonista original, Tere Rábago; pero Claudia Ríos se ha plantado con fuerza y coraje en su sitio y encabeza, desde ahí, un buen grupo donde sobresalen la prudencia cómplice de Erando González y, sobre todo, la transparente sinceridad de Dana Berman.