FICHA TÉCNICA



Título obra Murmullos

Notas de autoría Juan Rulfo / autor de Pedro Páramo

Dirección Germán Castillo

Elenco Rodrigo Cervantes, Fidel Monroy, Rafael Pimentel, Humberto Yañez, Ángeles Cruz

Escenografía Germán Castillo

Iluminación Germán Castillo

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Rodolfo Obregón, “Murmullos (II)”, en Proceso, 24 febrero 2002, pp. 69-70.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Referencia Electrónica

Proceso

Columna Teatro

Murmullos (II)

Rodolfo Obregón

Concluimos. En palabras del propio Germán Castillo, “la primera mitad de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo se me reveló de pronto como un guión escénico extraordinariamente contemporáneo…”

Su adaptación, que convoca a un amplio público al Teatro El Galeón, viene pues a sumarse al interés que desde hace ya varios años, los hombres teátricos experimentan por ubicar sus relatos en los linderos que otrora separaron los géneros literarios.

De las adaptaciones de Luis Mario Moncada y Martín Acosta a Las metamorfosis de Ovidio escenificadas por un equipo al cargo de José Caballero o el Frankenstein de Juliana Faesler, los directores de escena parecen denunciar un agotamiento de la dramaturgia habitual o transgredir las leyes tradicionales de la dramática (que “debe ser activa y actual y no pasada ni rememorada”, diría el ya citado don Rodolfo Usigli), en busca de la independencia narrativa de una puesta en escena liberada del imperativo de la acción.

Así, lejos de reproducir una imposible Comala, el escenógrafo Castillo dispone un atractivo espacio pasarela por donde deambulan las figuras rulfianas, expelidas o devoradas por una doble boca, que, cual fauces del infierno, contribuye con su vaho canicular al sofocante clima del relato.

El camino que “sube o baja según…” corre aquí paralelo y en él se mezclan los restos de osamentas y guijarros, como una materialización (quizás demasiado clara, pero clara al fin) de los planos temporales de la novela.

A pesar del cuidado por la imagen, que se complementa con una sutil musicalización, un discurso lumínico hecho de hilos apenas o de sombras y con un juego de convenciones abiertas (rasgo estilístico desde aquella entrañable Escuela de las mujeres), el director sabe muy bien que ésta jamás podrá competir, en amplitud sugestiva y en abundancia, con la palabra. De ahí su aventura por la narración.

Y de ahí el principal escollo de su escenificación al pretender dar cuenta de un mundo de voces con actores que carecen de ellas. El rumor rulfiano, tan conocido y reconocido por el espectador (Pedro Páramo viene a ser entre nosotros uno de esos textos, como señala Borges, que no se necesita haber leído para conocer), se ahoga así en un elenco terriblemente irregular donde los escasos ecos sensibles se dan entre los actores más jóvenes (en particular en Rodrigo Cervantes, un Juan Preciado que se distingue del correcto pero lineal personaje enunciado también por Fidel Monroy).

Quizás porque la juventud permite a estos actores vibrar aún con el “descubrimiento” del texto, la consigna del reparto parece ser “a mayor experiencia, peor dará”: de la indiferencia ante la palabra de Rafael Pimentel, pasando por la rigidez de Humberto Yañez (Pedro Páramo), hasta Ángeles Cruz, que en su cuádruple rol (Eduviges, Damiana Cisneros, Hermana y Dorotea) preside invariablemente la escena con sus descontrolados resuellos y una voz atorada en el cogote que irrita tanto a su garganta como al espectador.

“Son los tiempos. Por eso se ve esto tan triste”, diría el patriarca. Son los tiempos, en efecto, donde parece desaparecido el arte del actor. Y pese a todo, la enésima escenificación de Pedro Páramo reserva para su final una importante impresión en torno a aquello que Usigli designara como la manifestación de México “en la abstracta y alta tierra del Teatro”.

En las últimas imágenes de Murmullos parece condensarse el homenaje a un México que se derrumba, la nostalgia por una tierra que otrora brilló en la madurez de sus obras artísticas, que arroja asomos entre la polvareda donde todo se confunde. La escena se va llenando de tiliches y una idea del país se desmorona a la par del mayor de sus arquetipos literarios. Final.